Nicole.
Hay entradas triunfales en la historia que merecen un lugar de honor: la de Cleopatra en Roma, la de Napoleón en Milán, la de Elvis en Las Vegas. Y luego está la de Svetlana Smirova en Smirov Industrial, a las ocho y diez de una mañana de jueves, con un abrigo marrón, un pañuelo de seda y una escolta de siete personas que avanzaban por el vestíbulo como si fueran a firmar la rendición de un país vecino.
Yo iba un paso por detrás, con el bolso en bandolera, un loro con restos de harina todavía en las plumas y la sensación de que alguien había apretado el botón de «catástrofe» y se había ido a tomar un café.
—Respira —me susurró Gravriel al oído.
—Estoy respirando.
—Estás apretando el bolso como si fuera un salvavidas.
—Es que es un salvavidas.
—Mm —dijo el bolso.
—No ahora, Fabio.
—Estoy asustado, nena.
—¿Tú?
—Esa señora me mira como si supiera todos mis secretos.
—Los sabe. Se los contaste tú.
—Ese es el problema.
El vigilante de la entrada, un hombre mayor con bigote de morsa que llevaba treinta años en el edificio, se levantó de su silla al vernos llegar. Abrió la boca para decir algo, miró a Svetlana, miró al violonchelo de Dasha, miró a Katya con su abrigo de leopardo, miró a Boris, a Pasha y a Vanya, y la volvió a cerrar. Tenía la cara de un hombre que acaba de decidir que su sueldo no incluye esto.
—Buenos días, señor Smirov —logró decir.
—Buenos días, Walter.
—¿Viene… acompañado?
—Es mi familia.
—Toda.
—Toda.
—Entendido.
Walter se sentó. Se sirvió un café. Bebió un sorbo largo, con la expresión de quien necesita un respiro antes del Armagedón.
El ascensor, un modelo de cristal para doce personas, nos tragó a todos a la vez. Nunca había visto un ascensor tan lleno de abrigos de piel. Tuve que apretarme contra la pared para dejar espacio a Ludmila, que ocupaba, por derecho natural, un metro cuadrado y medio. Raisa, pegada a mi codo, me miraba a través de sus gafas de culo de botella con una sonrisa curiosa.
—Qué ascensor tan bonito.
—Gracias.
—¿Es suyo?
—Es del edificio.
—¿Y quién es el dueño del edificio?
—Gravriel.
—¡Ah!
—Bueno, su empresa.
—¡Ah, ah!
—Es… un edificio de oficinas. Hay varias compañías.
—¡Ah, ah, ah!
Raisa me guiñó un ojo, se volvió hacia Ludmila y le murmuró algo en ruso. Ludmila soltó una exclamación de aprobación. Escuché la palabra «bogataya», que significa rica. Me ruboricé hasta las orejas.
—No soy rica —protesté.
—Todavía —dijo Katya, con su sonrisa de dentífrico.
El ascensor se detuvo. Un «ding» limpio, cristalino. Las puertas se abrieron. Y la doceava planta se desplegó ante nosotros con la fría elegancia de siempre: alfombras grises, paredes de cristal, plantas que alguien riega los lunes.
Y ochenta pares de ojos clavados en nosotros.
No exagero. Habían corrido la voz. Estaban todos allí, de pie detrás de sus escritorios, con las manos en los bolsillos, los cafés a medio camino de la boca y la expresión de público en el estreno de una película. Los de contabilidad, los de marketing, los de logística, los de sistemas, los de recursos humanos. Hasta el chico de reprografía, que normalmente no sale de su cuarto, se había asomado con una grapadora en la mano. La becaria, en primera fila, había sacado un teléfono y lo apuntaba hacia nosotros con disimulo, como un paparazzi aficionado.
El silencio duró cuatro segundos. Después, alguien, desde el fondo, susurró:
—Es ella.
—La de la nota —murmuró otro.
—La que se la pidió.
—¿El qué?
—Ya sabes.
—No, no sé.
—Un deseo.
—¿Qué deseo?
—Un bebé.
—¡Un bebé!
—Shhh.
—¿Y él ha dicho que sí?
—Parece ser.
—¡Imposible!
—¡Te lo juro!
—Pero si él no sonríe ni en las fotos de empresa.
—Ahora sonríe.
—¿Sonríe?
—Mira.
Todos miraron. Gravriel, a mi lado, con su traje oscuro y su gesto de general sitiado, tenía en efecto una sonrisa pequeña, contenida, imposible de borrar. Una sonrisa que llevaba puesta desde la cocina, la pobre, como un tic involuntario.
—Disimula —le dije entre dientes.
—No puedo.
—Pon cara de jefe.
—Estoy poniendo cara de jefe.
—Estás poniendo cara de hombre enamorado.
—Es lo mismo.
—No lo es.
—En mi caso, sí.
—Gravriel.
—¿Sí?
—Me estás poniendo colorada.
—Es un efecto colateral.
Svetlana, ajena a nuestro diálogo, había avanzado por el pasillo con paso de reina, evaluando el terreno. Inspeccionaba las mesas, las pantallas, las plantas, con las manos a la espalda. Se detuvo delante de una joven de contabilidad que sostenía una taza.
—¿Tú quién eres?
—Eh… Claire.
—¿A qué te dedicas?
—Facturación.
—¿Cobras bien?
—¿Perdone?
—¿Te pagan lo que mereces?
—Eh… creo que sí.
—¿Crees?
—Bueno, siempre se puede mejorar.
—¡Eso es una respuesta inteligente! —exclamó Svetlana, y le dio una palmada en el hombro que casi la tira al suelo—. Me gustas.
Siguió avanzando. Se paró frente a un chico de sistemas, que se encogió en su silla como un caracol.
—¿Y tú?
—Tom.
—¿Tienes novia, Tom?
—Eh…
—¿Tienes madre?
—Sí.
—¿La llamas?
—A veces.
—¡Todos los días! Una madre quiere noticias.
—Sí, señora.
—Eso me parece bien.
Y siguió. Y siguió. Un rastro de desconcierto y pánico la acompañaba por toda la planta, como la estela de un barco en un mar tranquilo. Detrás de ella, la comitiva seguía en formación. Katya posaba junto a las plantas con aire de modelo. Ludmila examinaba las impresoras con interés técnico. Raisa tomaba nota de las conversaciones con una libreta que había sacado de su bolso, tan pequeña que parecía de juguete. Boris se había quedado plantado delante de un cuadro abstracto, con las manos a la espalda y una expresión de absoluto desconcierto estético. Pasha y Vanya se habían sentado en un sofá de recepción y habían sacado los teléfonos.