¡ Jefe concédeme un deseo!

Capítulo 10: Ilya y el arenque de la verdad.

Gravriel.

Hay hombres que celebran sus compromisos con una cena íntima, una copa de champán y un anillo escondido en un postre. Yo iba a celebrar el mío con ochenta empleados, una familia rusa al completo, un grupo de doce músicos con acordeón y un guacamayo que había aprendido, en veinticuatro horas, a cantar «Kalinka» en versión ranchera.

Y todo, por supuesto, sin que yo hubiera preguntado nada a nadie, empezando por la novia.

—Gravriel Aleksandrovich —dijo mi madre, el viernes por la mañana, entrando en mi despacho sin llamar, como entra la artillería en una ciudad—. Necesito tu tarjeta.

—¿Mi tarjeta de visita?

—Tu tarjeta de crédito.

—¿Para qué?

—Para la fiesta.

—¿Cuánto vas a gastar?

—Lo necesario.

—¿Cuánto es lo necesario?

—Eso lo decide la fiesta.

—Mamá, no pienso darte mi tarjeta.

—Ya la tengo.

Se la había sacado del bolsillo interior de mi chaqueta, que colgaba del respaldo de mi silla, con la destreza de un carterista de Estambul. La agitó entre dos dedos, me dedicó una sonrisa dulcísima y se fue taconeando.

Me quedé mirando la puerta cerrada. Pensé en perseguirla. Pensé en cancelar la tarjeta. Pensé en irme a vivir a una cabaña de Siberia, sin teléfono, sin madre y sin loros.

Entonces sonó el interfono.

—Señor Smirov —dijo la voz de Walter, el vigilante—. Tiene una visita. Dice que es su abogado, que viene con un bocadillo y que no piensa soltarlo.

—Que suba.

—Dice también que, si le pido que lo suelte, se queda abajo.

—Que suba con el bocadillo.

—Entendido.

Cuatro minutos después, Ilya Voronov entraba en mi despacho.

Ilya mide uno ochenta y cinco, tiene el pelo rubio ceniza y una barba cuidada que le da aire de poeta ruso del siglo diecinueve, de esos que acaban batiéndose en duelo por una sombrilla. Lleva trajes caros que siempre parecen ligeramente arrugados, gafas de montura fina y una expresión de eterna ironía. Lo conozco desde la universidad. Hemos compartido habitación, exámenes, una tormenta de nieve y una novia que ninguno de los dos supo conservar. Es el único hombre en el mundo capaz de decirme una verdad desagradable sin que me den ganas de despedirlo.

En la mano derecha llevaba, en efecto, un bocadillo de arenque envuelto en papel de estraza.

—Smirov —dijo, a modo de saludo.

—Voronov.

—Tienes mala cara.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo he deducido.

Se dejó caer en el sillón frente a mi escritorio, desenvolvió el bocadillo con una solemnidad casi litúrgica y le dio un mordisco enorme. Masticó con los ojos cerrados. Me hizo un gesto con la mano libre, señalándome: «Habla».

—Tengo un problema —dije.

—Tienes cuatro.

—¿Cuatro?

—Un novio de pega, una novia de verdad, una madre peligrosa y un contrato con una cláusula sobre bolígrafos.

—La cláusula cuatro es importante.

—Lo sé. Me lo has dicho cuarenta veces.

—Cuarenta y una.

—Gracias por la precisión.

Se limpió las manos con una servilleta de papel. Después sacó de su maletín una carpeta gris, la abrió sobre mis rodillas y me mostró un documento de doce páginas.

—Esto es el contrato revisado.

—¿Revisado por quién?

—Por mí. Lo he reducido de veintiocho cláusulas a once.

—¿Once?

—Algunas eran ilegales. Otras, absurdas. Otras, simplemente tristes.

—¿Tristes?

—«La parte A se compromete a decir "gracias" al menos una vez por semana». Eso no es una cláusula, Gravriel. Eso es una confesión.

Me removí en la silla.

—Era una concesión.

—Era un grito de auxilio.

—Ilya.

—Dime.

—Anoche pasó algo.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque desde las siete de la mañana me han llamado cuatro personas que no conozco para felicitarme.

—¿Felicitarte a ti?

—«Enhorabuena por la boda de su amigo».

—¿Qué boda?

—Eso mismo pregunté yo. Y me respondieron que era el comentario del día en la ciudad. Una mujer de la tintorería me lo ha dicho en el ascensor.

—¿La tintorería?

—Una tal Beatrice. Es amiga de una tal Margaret.

—Dios mío.

—También me ha llamado un periodista.

—¿Un periodista?

—De una revista local. Quiere hacer un reportaje titulado «El jefe amargado y la nota del cielo».

—¿Qué le has dicho?

—Que consulte con el abogado.

—¿Y quién es el abogado?

—Yo.

—¿Y qué le has respondido tú?

—Que le mandaría una factura por la consulta.

Solté un suspiro. Me incorporé y fui hasta la ventana, desde donde se veían los coches diminutos y las hormigas que eran personas. Llevaba dos días sin pensar, sin respirar, sin parar, y aquella vista, que en teoría debía calmarme, solo me recordó que el mundo seguía girando mientras mi vida se convertía en una telenovela.

—Ilya —dije, de espaldas a él—. ¿Tú crees que estoy loco?

—Sí.

—¿Sí?

—Pero eso ya lo sabía antes de lo de la nota.

—Gracias.

—Era una broma.

—Lo sé.

—Era a medias.

Me volví. Ilya había dejado el bocadillo en el escritorio y me miraba con seriedad. No esa mirada irónica de siempre, sino otra más sosegada, la que usa cuando alguien le da pena de verdad.

—Gravriel —dijo—. ¿Qué quieres tú?

—¿Cómo?

—Olvida a tu madre. Olvida la nota. Olvida el contrato, las cláusulas, la fiesta, el loro y los doce músicos. ¿Qué quieres tú?

Me quedé callado. Era una pregunta sencilla. Y sin embargo, la respuesta no me salía.

—No lo sé —dije al fin.

—Mentira.

—Ilya…

—Sí lo sabes. Lo que pasa es que te da miedo decirlo.

—Es que es ridículo.

—¿Por qué?

—Porque llevo cuatro años trabajando con ella y nunca le he dicho nada. Ni una palabra. Ni una sonrisa. Ni un «gracias». La ignoraba. Me comportaba como un… como un…

—¿Como un idiota?

—Como un tronco.

—Un tronco.




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