¡ Jefe concédeme un deseo!

Capítulo 11: Cita sin loro.

Nicole.

Si alguna vez les dicen que una cita va a ser «sin loro», les aconsejo que pidan un contrato por escrito, tres testigos y un notario.

—Es una excepción —había dicho Gravriel, esa tarde, apoyado en mi escritorio con las manos en los bolsillos y la mirada de un hombre que ha ensayado la frase frente al espejo—. Solo por esta noche.

—Cláusula nueve.

—Cláusula nueve, apartado b: «salvo circunstancias extraordinarias».

—Esa no la recuerdo.

—Es una enmienda de última hora.

—¿La has redactado tú?

—Hace cuatro minutos.

—Qué eficiente.

—Gracias.

—Es la quinta vez hoy.

—Voy ganando.

Me había sonreído de esa forma suya, con la comisura derecha un poco más arriba que la izquierda, y yo había sentido que mis rodillas se convertían en gelatina. Llevaba así toda la semana. Cada vez que me sonreía, un pequeño terremoto interno derribaba mis defensas, y yo, que me consideraba una mujer sensata, acababa asintiendo como una autómata.

Así que acepté. Y a las siete y media de la tarde, con el pelo todavía lleno de purpurina y un vestido amarillo que había sacado del fondo de mi armario («Es alegre», había dicho Gravriel el día anterior, y yo, como una tonta, lo recordaba), me encontraba en la puerta de mi apartamento intentando negociar con un guacamayo.

—No —dijo Fabio.

—Es solo una noche.

—No.

—Volveré temprano.

—No.

—Te dejaré el documental de las aves tropicales.

—Ya lo vi.

—Y semillas premium.

—Ya las probé.

—¿Y qué quieres?

Fabio ladeó la cabeza. Me miró con un solo ojo, con la gravedad de un sindicalista ante una patronal esquiva.

—Quiero ir —dijo.

—Eso no es una opción.

—Quiero estar presente.

—No es una cita para presencias.

—Quiero supervisar.

—Fabio…

—Soy el único testigo de la negociación.

—La negociación terminó.

—Nunca termina.

—Esta noche, sí.

—Mmm —gruñó el loro, con un dramatismo digno de Shakespeare—. Abandonado. Abandonado como un perro en una gasolinera.

—Fabio, por favor.

—Una noche de ópera y de tragedia.

—Es una cena.

—Con las lágrimas de un ave.

—No estás llorando.

—Estoy llorando por dentro.

Resoplé. Tomé una decisión salomónica: lo dejé a cargo de Katya, que se había ofrecido a «cuidarlo con cariño» y que, al parecer, tenía planes para esa noche que consistían en ver telenovelas turcas en el sofá de Gravriel, con una botella de vino dulce. Fabio, al enterarse, cambió de actitud en cuestión de segundos.

—Telenovelas turcas —dijo, con la voz de un viejo marinero que divisa tierra.

—Con subtítulos.

—Me encantan los subtítulos.

—Pórtate bien.

—Siempre me porto bien.

—Eso no es verdad.

—Me porto bien cuando me interesa.

Y con esa sabia reflexión filosófica, se instaló sobre el hombro de Katya, que me guiñó un ojo con complicidad.

—Vete tranquila, americana. Yo me encargo de que no cometa ninguna indecencia.

—Eso es imposible.

—Entonces, que las cometa con dignidad.

---

Gravriel pasó a recogerme a las ocho en punto, con un traje oscuro, la camisa abierta en el cuello (por primera vez, sin corbata) y una expresión de nerviosismo infinito. Al verme, abrió la boca, la cerró y se pasó la mano por el pelo.

—Estás… —empezó.

—¿Sí?

—Amarilla.

—Es un vestido.

—Lo sé.

—Es alegre.

—Es… —dudó— …una descarga eléctrica de buen gusto.

—¿Una qué?

—Un cumplido. Mal formulado.

—Ya veo.

—En mi defensa, llevo seis horas sin comer.

—Entonces, vamos.

—Sí.

Me ofreció el codo. Se lo acepté. Y allí, en el rellano de mi edificio, bajo una bombilla parpadeante, con un hombre de uno noventa temblando levemente a mi lado, sentí una dulzura tan honda y tan extraña que me asustó.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—Es una sorpresa.

—Me dan miedo tus sorpresas.

—Lo sé.

—Una de ellas era un contrato de veintiocho cláusulas.

—Esta tiene solo una.

—¿Cuál?

—Que te guste.

No dije nada. Me apreté un poco más contra su brazo.

---

Subimos al taxi. Bajamos del taxi. Entramos en un edificio. Y mi corazón dio un vuelco cuando reconocí el vestíbulo, con sus suelos de mármol, su mostrador de madera y a Walter, el vigilante, de pie junto al ascensor con una expresión de solemnidad militar y el uniforme impecable.

—Buenas noches, señorita Hathaway.

—Walter… ¿qué hacemos aquí?

—Cumplo órdenes.

—¿De quién?

—Del señor Smirov.

—Gravriel, ¿por qué estamos en la oficina?

—No estamos en la oficina.

—¿No?

—Vamos más arriba.

—¿Cuánto más arriba?

—Catorce metros.

Me quedé inmóvil. Miré a Gravriel. Él miraba un punto indefinido del suelo, como un niño que espera la reprimenda por una travesura.

—No me digas que… —empecé.

—Sí.

—¿La azotea?

—La azotea.

—¿Tu sorpresa es una cena en la azotea de la oficina?

—Es un lugar significativo.

—Es el lugar donde tiré tu nota.

—Exactamente.

—Por accidente.

—Del destino.

—Gravriel…

—¿Sí?

—Eso es lo más romántico y lo más absurdo que me han propuesto jamás.

—Lo sé.

—Es las dos cosas.

—Soy un hombre complejo.

—Eres un desastre.

—Un desastre complejo.

Sonreí. No pude evitarlo. Entramos en el ascensor, subimos hasta la doceava, recorrimos el pasillo vacío en penumbra, abrimos la puerta de la escalera de emergencia (la misma por la que yo había huido aquel martes con un loro en el bolso) y subimos los tres tramos de peldaños de cemento. Al final, una puerta metálica entreabierta dejaba pasar una luz cálida, temblorosa, de color dorado.

—Cierra los ojos —dijo Gravriel.

—¿Por qué?

—Es parte de la sorpresa.

—No me gustan las sorpresas con los ojos cerrados.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.