¡ Jefe concédeme un deseo!

Capítulo 12: Dos madres y un ático.

Gravriel.

He sobrevivido a una huelga de transportistas, a una auditoría fiscal y a un invierno sin calefacción en Novosibirsk. Pero en toda mi carrera no había tenido un momento de pánico tan puro como el que sentí al abrir la puerta de mi ático y ver, en el recibidor, a una mujer menuda de cabello castaño recogido en un moño, con un abrigo de lana color mostaza y un pastel de manzana entre las manos.

—Usted debe de ser Gravriel —dijo, con una sonrisa que me recordó a las que usan los dentistas antes de sacar una muela.

—Eh… sí.

—Soy Marjorie Hathaway. La madre de Nicole.

—Es un placer, señora.

—Ya lo veremos.

Detrás de ella, apiñados en el rellano del ascensor como una expedición de montañeros, esperaban otras cuatro personas: un hombre alto y fornido, de barba pelirroja y camisa de cuadros, con aspecto de leñador de anuncio de cerveza; una anciana diminuta, con un sombrero de ala ancha decorado con cerezas de plástico; un chico de unos dieciséis años con cara de sueño y auriculares colgados del cuello; y un perro.

Sí. Un perro. Un salchicha de pelo largo, con un jersey de lana rojo y la expresión de quien ha sido arrancado de su sofá contra su voluntad.

—Él es mi hijo Jake —dijo Marjorie, señalando al leñador—. Ella es la tía Dorothy. Aquel es Elliott, el hijo de mi prima Carol. Y este es Waffles.

—¿Waffles?

—El perro.

—Ya veo.

—Es sensible.

—¿Con qué?

—Con los extraños. Y con los rusos.

—Qué casualidad. Yo soy ruso.

—Lo sé. Me lo ha dicho una mujer llamada Beatrice.

Se hizo un silencio. Un silencio muy largo, en el que Waffles me olfateó la pernera del pantalón con una desconfianza admirable. A mi espalda, desde el salón, se oía un barullo de risas y de voces, y la inconfundible melodía de un acordeón, que alguien había sacado de una maleta sin pedir permiso.

—¡Mamá! —exclamó Nicole, apareciendo a mi lado, jadeante, con el vestido amarillo arrugado y los labios todavía algo hinchados por el beso de la azotea.

—¡Nicole, cariño!

—¿Qué hacéis aquí?

—Sorpresa.

—Ya lo veo. ¿Cómo habéis llegado tan rápido?

—Tu hermano conduce como un loco.

—Conduzco con eficiencia —dijo Jake, con la voz de un oso con resfriado.

—Conduces como un loco.

—Pero hemos llegado.

—Hemos llegado con tres multas.

—Y una persecución.

—Una persecución pequeña.

—¡Jake!

Nicole se llevó las manos a la cabeza. Detrás de mí, Fabio, que se había encaramado a mi hombro (sin mi permiso, y con la cola cubierta de purpurina), soltó un silbido de admiración.

—Mira cuántos, jefe. Una verdadera invasión.

—Fabio, ahora no.

—Estoy tomando nota para mi diario.

—No tienes diario.

—Lo estoy empezando.

—¿Eso es un loro? —preguntó la tía Dorothy, alzando una ceja bajo las cerezas de plástico.

—Es Fabio —dijo Nicole, con un hilo de voz.

—Ven aquí, preciosa —dijo Fabio, ladeando la cabeza y mirando el sombrero con evidente interés.

—¡Ay, qué atrevido! —exclamó Dorothy, llevándose una mano al pecho y sonriendo como una colegiala—. Hacía años que nadie me decía eso.

—Tía.

—Es un loro muy simpático.

—Tía, no lo animes.

—Hay que tener mundo, Nicole.

Waffles, el perro, miró a Fabio. Fabio, desde mi hombro, miró a Waffles. Se estudiaron como dos boxeadores antes del primer asalto.

—Guau —dijo Waffles, con desgana.

—Brrr —respondió Fabio, con una voz que imitaba un motor en frío.

—¡Se están entendiendo! —gritó Elliott, el adolescente, por primera vez con una chispa de vida en los ojos.

—Eso es buena señal —murmuró Marjorie.

—¿De qué? —pregunté.

—De que esta casa tiene salvación.

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La entrada de la familia Hathaway en mi salón fue una de esas escenas que uno recordará hasta el día de su muerte, y que contará a sus nietos en las noches de invierno, con una mezcla de horror y de ternura.

Primero pasó Marjorie, con su pastel de manzana en alto, como quien porta el Santo Grial. Detrás, Jake, que tuvo que agacharse para no darse con el marco de la puerta. Después Dorothy, con su sombrero de cerezas bamboleándose. Y por último, Elliott y Waffles, que se deslizaron a lo largo de la pared como dos espías.

El salón estaba lleno. Había rusos en el sofá, rusos en los sillones, rusos sentados en el suelo sobre cojines, rusos de pie junto a las ventanas. Boris tocaba el acordeón con la concentración de un virtuoso. Pasha y Vanya, rojos como cangrejos, bailaban una danza cosaca que consistía en agacharse y patear. Raisa y Ludmila daban palmas al ritmo. Katya, que había llegado detrás de nosotros, jadeante, se dejó caer en el brazo de un sillón y se abanicó con una revista. Dasha, con el violonchelo apoyado en la rodilla, acompañaba la melodía con una elegancia que no tenía nada que ver con el desorden circundante.

Y en el centro de todo, de pie sobre la mesa de centro, con un vaso de vodka en una mano y una cuchara de madera en la otra, dirigiendo la orquesta con vigor, estaba mi madre.

—¡MÁS RÁPIDO, BORIS! ¡ESO ES UNA POLKA, NO UN FUNERAL!

La música se detuvo de golpe. Todos se volvieron hacia la puerta. Un silencio absoluto cayó sobre el ático. Marjorie Hathaway, con su abrigo mostaza y su pastel de manzana, se quedó plantada en medio del salón, parpadeando ante el espectáculo.

Svetlana Smirova bajó de la mesa con la agilidad de una gimnasta. Se arregló el delantal. Se alisó el pañuelo. Y, con una majestuosidad impropia de un salón lleno de humo de cigarrillo y botellas vacías, avanzó hacia la recién llegada con las manos extendidas.

Las dos mujeres se quedaron frente a frente.

Una medía un metro cincuenta y ocho y llevaba un delantal de flores. La otra medía un metro sesenta y dos y llevaba un abrigo mostaza. Una había nacido en Siberia. La otra, en Ohio. Una hablaba con voz de trueno. La otra, con voz de maestra de escuela dominical. Y sin embargo, en sus ojos, en la forma en que se miraban, en la tensión de sus hombros y en la rigidez de sus manos, había un parentesco extraño, instantáneo, casi ancestral.




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