Nicole.
Hay frases que uno dice sin pensar y que, en el instante mismo de salir de la boca, se transforman en un meteorito que atraviesa la atmósfera de tu vida a ciento veinte mil kilómetros por hora.
«¿Y si no es tan mala idea?»
Lo dije yo. Con mi voz. En mi cocina prestada, o más bien en la cocina de Gravriel, descalza, con un vestido amarillo arrugado y el corazón latiéndome en las orejas. Y en cuanto la taza de té estalló contra el suelo, supe que había cometido el error más grande, más hermoso y más aterrador de mi vida.
—Nicole —dijo Gravriel, con la voz de un hombre al que acaban de golpear con un jamón—. ¿Qué has dicho?
—Nada.
—Has dicho «¿Y si no es tan mala idea?».
—Era una pregunta retórica.
—No parecía retórica.
—Era… filosófica.
—Nicole.
—Estaba soñando en voz alta.
—Estabas despierta.
—Era sonambulismo.
—Hablas muy bien para ser sonámbula.
—Es un talento.
Mi madre, desde la mesa del comedor, se llevó las manos al pecho con los ojos brillantes. La madre de Gravriel, a su lado, lloraba en silencio, con una dignidad de estatua soviética. Entre las dos formaban un cuadro tan emotivo que me entraron ganas de salir corriendo y esconderme en la lavadora.
—Hija mía —dijo mi madre, con la voz quebrada.
—No, mamá.
—Hija mía…
—Mamá, no empieces.
—¡Mi niña!
—¡No he dicho que sí!
—Pero has dicho «y si».
—¡Un «y si» no es un «sí»!
—¡Es el vestíbulo del sí!
—¿El qué?
—El recibidor. La antesala.
—¡Mamá!
—¡Vas a casarte, cariño!
—¡Nadie va a casarse mañana!
—Es verdad —dijo Gravriel, con un hilo de voz—. Nadie va a casarse mañana.
—¿Ves? Él también opina lo mismo.
—Pero tampoco ha dicho que no —observó Svetlana, secándose una lágrima con el delantal.
—¡Mamá! —gritó Gravriel.
—¿Qué?
—¡Es una cuestión de principios!
—¿De qué principios?
—¡De los míos!
—Ya.
—¡No me lo has preguntado!
—¿Y qué habrías respondido?
Gravriel abrió la boca. La cerró. Me miró. Volvió a mirar a su madre. Se pasó la mano por el pelo, que a esas horas parecía el nido de una cigüeña en plena tormenta. Y yo, que lo estaba observando con una mezcla de ternura y de pánico, noté un detalle que no me esperaba: tenía las orejas rojas.
Rojísimas.
—Eso es otro asunto —murmuró.
—¿Qué asunto? —preguntó mi madre.
—Uno personal.
—¿Cómo de personal?
—Muy personal.
—¿Tanto como para no contárselo a tu suegra?
—Señora Hathaway…
—Marjorie.
—Marjorie… es la una de la madrugada.
—Lo sé.
—Estoy descalzo en un charco de té.
—Lo veo.
—Y mi prometida acaba de decir algo muy… estremecedor.
—Ajá.
—Necesito un momento.
—¿Para qué?
—Para respirar.
—Concedido.
Mi madre, con la elegancia de una diplomática que acaba de lograr un alto el fuego, hizo un gesto con la mano. Svetlana asintió, solemne. Y entre las dos, con una coordinación sospechosa, recogieron sus papeles, el calendario, las gafas de leer y el folleto del juzgado, y se retiraron al fondo del salón, en dirección al sofá donde roncaba la tía Raisa, murmurando entre ellas como dos generales que se repliegan para estudiar el siguiente movimiento.
Nos quedamos solos. O más o menos solos, si se descuenta a una docena de personas dormidas, un salchicha en un jersey rojo y un loro que fingía dormir con un ojo entreabierto.
—Fabio —dije.
—Zzzzz —respondió.
—Sé que estás despierto.
—Zzzzz… zzzzz… ay, qué guapo el ruso… zzzzz…
—¡FABIO!
—Estoy durmiendo, nena. No molestes.
Gravriel se agachó, recogió los trozos de la taza con una concentración exagerada y los fue depositando uno a uno en la palma de la mano. Yo lo miraba desde arriba. Era un hombre de uno noventa, hombros de leñador y mandíbula de granito, arrodillado en el suelo de su propia cocina recogiendo pedazos de porcelana con la ternura de un niño que ha roto el juguete de un hermano.
Me agaché a su lado.
—Déjame ayudarte.
—No hace falta.
—Quiero hacerlo.
—Te vas a cortar.
—Tengo mucho cuidado.
—Nicole.
—¿Sí?
—Tengo que preguntarte una cosa.
—Dime.
—Lo que has dicho… —se detuvo, tragó saliva— ¿lo has dicho en serio?
El silencio se espesó entre nosotros. Una gota de té resbaló por una esquirla de porcelana y cayó al suelo con un «plic» minúsculo. Yo miraba sus manos, grandes, con ese pequeño corte en el pulgar de la lucha contra la caja de grapas.
—No lo sé —dije, con una sinceridad que me sorprendió a mí misma.
—¿No lo sabes?
—Me ha salido solo.
—¿Y qué crees que significa?
—Creo que… —respiré hondo— creo que hace cuatro días me desperté con un plan muy sencillo. Quería un hijo. Escribí una nota. Y ahora estoy en tu cocina a la una de la madrugada, con la familia al completo, un loro con complejo de galán, y el hombre más gruñón del mundo me ha dicho que lleva tres años y siete meses queriéndome. Y yo… —me mordí el labio— yo no sé en qué momento todo se ha convertido en esto.
—¿Esto qué?
—En una vida.
Gravriel me miró. Sus ojos de hielo estaban húmedos. No sé si fue la luz de la cocina o el cansancio, pero me pareció que, en el fondo de aquellos ojos, se movía algo muy parecido al agua de un deshielo.
—Nicole —dijo, muy bajo.
—¿Sí?
—No tienes que decidir nada esta noche.
—Lo sé.
—Ni mañana.
—Eso es más discutible.
—Mañana no hay boda, si tú no quieres.
—Tu madre ha contratado a un juez.
—Se lo cancelo.
—Mi madre ha traído un pastel.
—Se lo comemos.
—Tu madre ha sacado un vestido de 1991.
—Eso sí es un problema.
Nos reímos. Una risa baja, ahogada, de las que se hacen en la madrugada cuando todo el mundo duerme. Gravriel dejó los trozos de la taza en el fregadero y se apoyó en la encimera. Yo me senté sobre la isla, con las piernas colgando como una niña pequeña, y nos quedamos mirándonos en la penumbra.