Gravriel.
Hay hombres que han visto el amanecer sobre el Himalaya, la aurora boreal sobre un lago helado o una puesta de sol en la Costa Amalfitana. Yo, Gravriel Aleksandrovich Smirov, vi lo más hermoso que existe en el mundo a las cuatro y diez de la madrugada, sentado en un sofá de una plaza, descalzo, con un cojín derrotado en el suelo y la cara de un hombre al que acaban de dar un golpe en la nuca con un violonchelo.
Nicole estaba en la puerta de mi despacho con un vestido de novia de 1991.
Ya sé lo que están pensando. Hombreras. Mangas de globo. Un lazo del tamaño de un neumático. Una falda que ocupaba el umbral entero y que, por su volumen, se habría podido usar como paracaídas. Pero había algo en la forma en que la luz del pasillo le iluminaba el pelo revuelto, algo en sus mejillas encendidas y en esa sonrisa temblorosa de quien se ha lanzado al vacío con los ojos abiertos, que me dejó sin palabras ni argumentos.
—Di algo —susurró.
—Ya lo he dicho.
—Has dicho «lo más hermoso que he visto en mi vida».
—Es lo único que sé decir en este momento.
—Es un buen comienzo.
—Es un resumen completo.
Se rio. Con esa risa suya que encoge los hombros y cierra los ojos. Entró en el despacho arrastrando la falda, que barría el suelo con un susurro de seda vieja, y se detuvo frente a mí. Yo me puse en pie con la torpeza de un adolescente en su primer baile. Se me enganchó el pie en el cojín. Casi me caigo. Ella me sujetó el brazo con una mano pequeña y cálida.
—Cuidado.
—Gracias.
—Es la sexta del día.
—Voy ganando por goleada.
—¿Estás bien?
—Estoy… —busqué la palabra— …recalibrándome.
—¿Eso es bueno?
—Es un proceso.
Nos quedamos mirándonos. En el silencio del despacho se oía, a lo lejos, el ronquido de Boris, el murmullo de alguien que hablaba en sueños y, muy bajito, el sonido de un loro cantando un bolero en el pasillo, con voz de enamorado de balcón.
—Gravriel —dijo ella.
—¿Sí?
—No he venido a decirte que sí.
—Lo sé.
—Ni a decirte que no.
—Lo sé.
—He venido… —se miró las manos, se las retorció un poco— …a que me veas.
—Te estoy viendo.
—No. Quiero decir… a que me veas de verdad. Con este vestido absurdo, con el pelo hecho un desastre, con las ojeras de dos noches sin dormir. Antes de tomar ninguna decisión, quiero que sepas qué es lo que hay. No una secretaria con una agenda. No una chica que te sirve café. Esto. Una mujer de veintiocho años con miedo y con un vestido de hombreras.
Algo se me rompió por dentro. No fue doloroso. Fue más bien como cuando se rompe el hielo de un lago en primavera, con un crujido largo que anuncia el agua.
—Nicole.
—¿Sí?
—Yo llevo tres años y siete meses viéndote.
—Lo sé.
—Cada día.
—Lo sé.
—Con y sin vestido.
—Gravriel…
—Y puedo asegurarte que esto —señalé el vestido con un gesto de la mano— es lo único que no había visto nunca.
—¿Las hombreras?
—El miedo.
Ella parpadeó.
—Siempre pareces tan segura —continué—. Entras en mi despacho con la agenda y esa forma de decir «señor Smirov» que me cuesta un año de vida. Resuelves mis crisis sin que yo me entere. Callas a los proveedores. Domas a los de contabilidad. Y todo con una calma que yo nunca he tenido. Y ahora me doy cuenta de que, durante todo este tiempo, tú también tenías miedo.
—Muchísimo.
—¿De qué?
—De ti.
—¿De mí?
—Eras el hombre más intimidante que había conocido en mi vida.
—Soy un tronco con corbata.
—Eres un tronco con corbata que cuenta mis terrones de azúcar.
Sonreí. No pude evitarlo. Me pasé la mano por el pelo.
—Es mi forma de decir «te quiero».
—Lo sé. Me costó dos años descifrarlo.
—Eres muy lista.
—Soy muy lenta.
—Sois lo mismo.
—No lo somos.
—En tu caso, sí.
Dio un paso hacia mí. La falda crujió. Una hombrera se le deslizó un poco, y ella la recolocó con un gesto de fastidio tan natural, tan doméstico, tan suyo, que tuve que apretar los puños para no abrazarla allí mismo.
—Tengo una pregunta —dijo.
—Dime.
—Si mañana… hoy… —corrigió, mirando el reloj de la pared— …si dentro de unas horas todo esto desapareciera. Si no hubiera juez, ni pastel, ni invitaciones, ni madres conspirando. Si solo estuviéramos tú y yo, en esta oficina, un martes cualquiera, con mi taza de «Mejor secretaria del mundo» y tu tarro de caramelos. ¿Seguirías queriendo esto?
—¿Qué es «esto»?
—A mí.
No lo pensé. No necesité pensarlo. La respuesta estaba en algún lugar muy profundo, esperando desde hacía tres años y siete meses.
—Sí —dije.
—¿Sin hijo?
—Con hijo, o sin hijo.
—¿Sin boda?
—Con boda, o sin boda.
—¿Sin nada?
—Contigo.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Se las secó con el dorso de la mano, con rabia, como quien se aparta un mechón insolente. Después soltó una carcajada rota, de esas que se escapan en los momentos más inoportunos.
—Eres un desastre —dijo.
—Lo sé.
—Eres el hombre más desastroso que he conocido.
—Lo sé.
—Y te quiero.
Silencio.
El tiempo, que había estado corriendo con prisa toda la semana, se detuvo por completo. Dejé de oír los ronquidos. Dejé de oír al loro. Dejé de oír los latidos de mi propio corazón, que habían pasado a otra dimensión.
—¿Qué has dicho? —pregunté, con un hilo de voz.
—Que te quiero.
—¿Estás segura?
—Más o menos.
—¿Más o menos?
—Un noventa y siete por ciento.
—¿Y el tres por ciento restante?
—Son las hombreras.
Me eché a reír. Una risa que me salió del estómago, profunda, ronca, incontenible, de esas que no tenía desde que era niño y mi abuelo me hacía cosquillas en el invierno de Novosibirsk. Ella se rio también. Nos reímos los dos, abrazados, con la frente contra la frente y el vestido de 1991 aplastado entre nuestros cuerpos como un acordeón de seda.