Nicole.
Hay cosas que una no espera ver a las seis y cuarto de la mañana en un ático de Manhattan: una persecución de globos, un martillo volando, a Boris afinando un acordeón con un destornillador, a Margaret dirigiendo el tráfico con un silbato.
Y desde luego, un ministro ruso con sombrero de astracán besándole la mano a la madre de mi novio mientras dos guardaespaldas con auriculares inspeccionaban la nevera en busca de amenazas.
—Es un hombre muy discreto —me susurró Gravriel, con la voz de quien intenta convencerse a sí mismo.
—Ha entrado con un ramo de claveles del tamaño de un neumático.
—Es discreto para ser ministro.
—Gravriel, hay un señor con gafas negras mirando dentro del microondas.
—Es protocolo.
—Ha sacado un yogur y lo ha olido.
—Es un yogur caducado.
—Lo sé. Lo he visto hacer una mueca de dolor.
Dimitri Petrovich Volkov, ministro de Industria de la Federación Rusa (o de algo parecido, porque cada vez que se lo preguntaba a alguien me daban una respuesta distinta), era un hombre de espalda ancha, cejas como dos orugas peludas y un bigote plateado que se movía cuando hablaba, como si tuviera opiniones propias. Había conocido a Svetlana hacía cuarenta años, en una escuela de baile de salón de Novosibirsk, donde, según me contó con lágrimas en los ojos, ella lo había dejado plantado en mitad de un vals porque «bailaba como un camión de basura».
—Cuarenta años —repetía, mirándola con adoración—. Y todavía me duele el pie.
—Te lo mereces —respondía mi suegra en potencia, con una sonrisa de cocodrilo.
—Svetlana, mi alma.
—Dimitri, mi cruz.
Se abrazaron. Se dieron tres besos en las mejillas, a la rusa. Y en ese instante, detrás de ellos, vi pasar a Margaret con su silbato, su carpeta y su pañuelo de seda, y noté cómo se detenía en seco al ver al ministro. Abrió la boca. Se alisó el pelo de acero. Se retocó el pintalabios con una precisión de cirujana, mirándose en el reflejo de la puerta del frigorífico.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó, con una voz que no le conocía.
—El ministro de Industria de Rusia.
—¿Soltero?
—Viudo.
—¿Fumador?
—No lo sé.
—¿Bailarín?
—Mala bailarín, según la madre de Gravriel.
—Me gustan los hombres con defectos.
—Margaret…
—Son más honestos.
Y desapareció entre los invitados con el aire decidido de un tiburón que acaba de oler sangre y bigote.
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Tengo que contarles el plan.
No el plan de Svetlana, ni el de Marjorie, ni el de Gravriel, ni el de Margaret, ni el del ministro, que parecía tener uno bastante turbio relacionado con un vals. Hablo de mi plan. El mío. Uno que nació a las cinco y cuarenta de esa madrugada, mientras esperaba mi turno para ducharme detrás de Katya, que llevaba veinticinco minutos cantando una canción de amor en ruso con una desafinación conmovedora.
Lo que pasó fue esto: Gravriel había dicho una frase. Una sola. «Quiero pedírtelo bien». Y yo, mientras me secaba el pelo con una toalla de rayas, pensé: «¿Y por qué tiene que pedírmelo él?».
Porque la nota la había escrito yo. Porque la propuesta había empezado en mi letra redonda, con mis tres postdatas, con mi miedo y mi valentía. Porque si algo había aprendido en esa semana de locos era que el amor, como los blinis con yogur viejo, se hace con lo que hay, sin recetas y sin esperar a que otro tome la iniciativa.
Así que decidí que esa noche, en la fiesta, delante de ochenta empleados, doscientos invitados y un ministro ruso, lo iba a hacer yo.
Iba a pedirle matrimonio.
Y como sé que ahora estarán pensando «Nicole, estás loca», me adelanto y les respondo: sí. Pero también estaba en la cocina de un ruso, con un vestido de 1991 colgado en el armario, un loro que cantaba boleros y una madre que me había dicho que el amor llega en una furgoneta rota. Así que la locura, a esas alturas, era mi estado natural.
Necesitaba ayuda.
—¡Rebecca! —susurré por teléfono, escondida en el baño, con la puerta cerrada con pestillo y una toalla bajo la puerta—. ¡Necesito que vengas!
—¿Ahora? Son las seis de la mañana.
—Lo sé.
—Oliver tiene la tos de la leche.
—Tráelo.
—¿A una fiesta rusa?
—Es de compromiso.
—Con juez.
—Con juez, pero opcional.
—Nicole, no entiendo nada de lo que dices.
—Lo sé. Ven.
—¿Qué me pongo?
—Lo que quieras. Pero necesito tu ayuda con un anillo.
—¿Te ha dado un anillo?
—Me lo ha dado, sí, pero tengo que comprar otro.
—¿Para qué?
—Para él.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Después, el sonido inconfundible de un bebé aplaudiendo con las manos llenas de papilla y de Rebecca gritando con la voz de una niña de ocho años:
—¡Vas a pedirle matrimonio al ruso!
—Shhh.
—¡Vas a pedírselo tú!
—¡Rebecca, baja la voz!
—¡Te quiero, Nicole Hathaway! ¡Voy para allá!
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Sin embargo, antes de que Rebecca llegara, ocurrió algo que lo cambió todo.
Eran las siete menos veinte. Yo había salido del baño con la cara recién lavada, la camisa de Gravriel arremangada hasta los codos y un plan en la cabeza que comprendía tres fases: conseguir un anillo, escribir un discurso y no desmayarme. Caminaba por el pasillo, esquivando globos, cuando vi a Fabio.
Estaba en el suelo, junto a la puerta del despacho. Lo cual era raro, porque Fabio odia el suelo. Dice que es «un lugar de gente sin altura». Pero allí estaba, con las plumas erizadas, el pico entreabierto y una expresión de profunda culpabilidad, delante de un cajón.
Un cajón que no pertenecía al despacho de Gravriel.
Era un cajón de madera oscura, mediano, con un tirador de latón. Lo reconocí al instante. Era el segundo cajón de la izquierda del escritorio de Gravriel, el mismo donde guardaba el cargador del teléfono. Pero aquel cajón no estaba en su escritorio. Estaba en el suelo del pasillo, sacado de sus guías, apoyado contra la pared, con la parte trasera hacia mí.