¡ Jefe concédeme un deseo!

Capítulo 16: La tía Zinaida y el pájaro de la discordia.

Gravriel.

En mi familia hay tres cosas que no se nombran en voz alta: la deuda que mi abuelo contrajo con un contrabandista de Vladivostok, el jarrón azul que se rompió en 1987 y la tía Zinaida.

Las dos primeras las enterramos hace décadas. La tercera acababa de aparecer en el umbral de mi ático con un traje rosa chicle, unas gafas de sol del tamaño de dos platos y un bolso con forma de perro.

-Gravriel Aleksandrovich -dijo, quitándose las gafas con un gesto de actriz de cine mudo-. Qué alto estás. Qué delgado. Qué poco has cambiado desde que te hiciste pis en mi alfombra persa.

-Tenía tres años.

-Y cuánta puntería.

Un murmullo recorrió el salón. Doscientas cabezas giraron de ella a mí, de mí a mi madre, y de mi madre otra vez a ella, con la sincronización de un público de tenis. Svetlana Smirova, que hasta ese instante había sido la mujer más temida del ático, se había quedado inmóvil en medio del pasillo, con el megáfono caído a un lado y la cara del color de la leche.

-Zinaida -susurró.

-Svetlana.

-Hace treinta y un años.

-Treinta y uno y medio.

-No te esperaba.

-Eso es evidente. No me has invitado a la boda de tu propio hijo.

-Es una fiesta de compromiso -dije, con un hilo de voz.

-Cállate, sobrino. Esto es entre hermanas.

-¿Hermanas? -susurró Nicole, a mi lado, con la mano helada dentro de la mía.

-Es la hermana mayor de mi madre -murmuré-. Se pelearon en 1993.

-¿Por qué?

-Por el jarrón azul.

-¿Cuál jarrón?

-No se pregunta.

-Gravriel, ¿qué hay en ese jarrón?

-Treinta años de silencio.

Zinaida avanzó por el pasillo central con un taconeo seco, rítmico, que resonaba en el suelo de madera como un metrónomo del destino. Detrás de ella, la comitiva de rusos se apartaba a su paso como el mar Rojo ante Moisés. Ludmila se santiguó. Raisa se subió las gafas. Boris dejó el acordeón en el suelo con delicadeza, como quien deposita un arma antes de una negociación.

Y el bolso con forma de perro, que colgaba de su brazo, empezó a ladrar.

-¡Guau! -dijo el bolso.

Todos nos quedamos mirándolo.

-¿Eso es un perro? -preguntó la tía Dorothy.

-Es Kiss -dijo Zinaida, sin detenerse.

-¿Kiss?

-Mi chihuahua.

-¿Y por qué lleva un bolso en forma de perro?

-Para que se sienta en casa.

La cremallera se abrió y asomó una cabecita diminuta, de ojos saltones, con un lazo rosa entre las orejas. Miró a su alrededor con la desconfianza de un inspector de sanidad. Debajo de la mesa, Waffles, el salchicha, levantó la cabeza y soltó un gruñido bajo, de caballero ofendido.

-Grrr.

-¡Guau! -respondió Kiss, con voz de flauta rota.

-¡Grrr!

-¡Guau, guau!

-¡Grrr, grrr, grrr!

-Perfecto -murmuró Nicole-. Lo único que nos faltaba era una guerra canina.

-Y un duelo de hermanas -dijo Rebecca, con Oliver en brazos.

-Y un ministro -añadió Jake, con su vaso de vodka.

-Y la tía Dorothy -agregó Elliott.

-Yo no he hecho nada -protestó Dorothy.

-Todavía -sentenció su sobrino.

---

Zinaida llegó hasta el centro del salón y se detuvo frente a mi madre. Eran dos mujeres que se parecían de un modo inquietante, con la misma barbilla obstinada, la misma mirada afilada, los mismos pómulos de estepa. Pero donde Svetlana era pequeña y compacta, como una roca de río, Zinaida era alta y angulosa, como un ciprés con tacones. Una miraba de frente. La otra, por encima del hombro.

-Estás gorda -dijo Zinaida.

-Estás vieja -replicó Svetlana.

-Tengo sesenta y cuatro años.

-Y yo cincuenta y ocho.

-Eso es lo que he dicho. Estás gorda y yo estoy vieja. Seis años de diferencia no se perdonan con un bollo.

-¡Esto es un ultraje!

-Es una observación.

-¡En mi propia fiesta!

-Pues no me has invitado.

-¡Porque tú me rompiste el jarrón!

-¡Fuiste tú quien lo tiró!

-¡Fuiste tú quien lo empujó!

-¡Era mi jarrón!

-¡Era el jarrón de la abuela!

-¡Que me lo dejó a mí!

-¡Que te lo dejó a ti para que lo cuidaras, no para que lo exhibieras!

-¡Lo exhibía con dignidad!

-¡Lo exhibías con vodka!

Nicole se inclinó hacia mí, con los ojos muy abiertos.

-Gravriel -susurró-. Esto es peor que el duelo entre tu madre y la mía.

-Mucho peor.

-¿Hay forma de pararlo?

-Hay una.

-¿Cuál?

-Esperar a que se cansen.

-¿Cuánto tardan?

-Treinta y un años y medio, aproximadamente.

-Dios mío.

-Ilya -llamé, entre dientes.

-Estoy aquí -dijo el abogado, materializándose a mi lado con su bocadillo de arenque-. ¿Necesitas mis servicios?

-Necesito que pares esto.

-¿Cómo?

-Con tu título.

-No existe una ley contra las hermanas rusas.

-Invéntala.

-Gravriel, no hay jurisprudencia para esto. Ni en Rusia, ni en Estados Unidos, ni en ningún tribunal de La Haya.

-Entonces, ¿qué hacemos?

Ilya masticó. Tragó. Miró el techo.

-Rezar.

-¿A quién?

-A lo que tengas más a mano.

---

Mientras las dos hermanas intercambiaban reproches sobre el jarrón con la solemnidad de dos notarios a punto de declarar la guerra, el resto del salón se había fragmentado en cuatro facciones.

La primera, la de los partidarios de Svetlana, estaba capitaneada por Ludmila y Raisa, que murmuraban en ruso con vehemencia y señalaban a Zinaida con el dedo.

La segunda, la de los seguidores de Zinaida, se reducía a Kiss, el chihuahua, que ladraba con entusiasmo desde su bolso.

La tercera, la de los neutrales, la formaban los empleados de mi oficina, que habían optado por una táctica de supervivencia basada en mirar el suelo y comer pelmeni.

Y la cuarta, que no figuraba en ningún mapa, la integraban dos personas: el ministro Dimitri Petrovich Volkov y Margaret Dunn, sentados en un sofá, con las manos entrelazadas, observando el espectáculo con la expresión de un matrimonio de ancianos que ve la televisión.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.