¡ Jefe concédeme un deseo!

Capítulo 17: El juicio del siglo (con plumas)

Nicole.

Hay momentos en la vida de una mujer en los que, al ver a un agente federal en la puerta de su fiesta de compromiso, lo único que se le ocurre pensar es: «Menos mal que no he comprado el pastel de nata, porque esto se pone feo».

—Agente Whitfield —dijo Ilya, avanzando con su bocadillo de arenque en una mano y la otra extendida—. Ilya Voronov, abogado. ¿En qué puedo ayudarle?

—¿Es usted el representante legal del guacamayo?

—Soy el representante legal de todo lo que ocurra en esta sala durante las próximas dos horas.

—Eso es muy amplio.

—Es mi tarifa de fin de semana.

Whitfield le miró con unos ojos grises, fríos, de funcionario que no ha visto el sol desde 2011. Sacó una carpeta del maletín, la abrió sobre una de las bandejas de pelmeni y empezó a pasar hojas con una precisión milimétrica.

—Hemos recibido una denuncia anónima —dijo—. Un guacamayo de pecho azul, macho, de edad indeterminada, sin microchip, sin certificado CITES y sin licencia de tenencia de especies exóticas, vive en un apartamento de segunda planta, en el domicilio de la señorita Nicole Hathaway.

—Es un pájaro con mucha personalidad —dije, con la voz de quien intenta defender a un hijo problemático.

—Eso consta en la denuncia.

—¿Consta?

—Textualmente. «El ave profiere frases de contenido sexual inapropiado a horas intempestivas, con perjuicio para la vecindad».

—Eso es una exageración.

—Ay, mi amor, no pares —dijo Fabio, desde el hombro de Zinaida.

—No ayudas, Fabio.

—Estoy siendo transparente, mami.

—Eres un peligro.

—Soy un ciudadano honesto.

Una carcajada recorrió el salón. Whitfield no se inmutó. Apuntó algo en un cuaderno. Después levantó la vista y recorrió la sala con la mirada, deteniéndose en cada uno de nosotros: en mi madre, que se había llevado la mano al pecho; en Svetlana, que había recuperado el megáfono; en el ministro, que se había puesto de pie con las cejas en posición de combate; en el juez de paz, que seguía plantado junto a la puerta con su birrete torcido, como una estatua olvidada.

—¿Quién es el propietario legal del ave? —preguntó.

—Yo —dijo Zinaida.

—Yo —dije yo.

—Ella —dijo mi madre.

—Ella —dijo Svetlana, señalando a su hermana.

—Él —dijo Jake, señalando a Fabio.

—Un loro no puede ser propietario de sí mismo —dijo Ilya.

—Un loro tiene derechos —dijo Rebecca.

—Un loro tiene hambre —dijo Elliott.

—Un loro tiene demasiado vodka en el cuerpo —dijo Dorothy, mirando con sospecha a Fabio, que había aprovechado el despiste general para beber de un vaso de chupito sobre la mesa.

—¡Fabio! —grité.

—¡Era agua, nena!

—¡Era vodka del tío Misha!

—Pues sabía a agua con fuego.

El agente Whitfield cerró la carpeta. Respiró hondo. Se ajustó las gafas con un dedo.

—Señores —dijo—. Esto requiere un procedimiento formal.

—¡Pues lo tendremos! —tronó Zinaida.

—¡Con juez! —gritó mi madre.

—¡Y con vodka! —gritó Dorothy.

—Hay un juez —dijo el hombrecillo de la toga, dando un paso al frente con la solemnidad de quien lleva toda la noche esperando su momento—. Josiah Pennington. Juez de paz. Jurisdicción en asuntos civiles, familiares y de convivencia.

—¿Y de aves exóticas? —preguntó Whitfield.

—Es un territorio gris.

—Yo tengo competencia federal.

—Yo tengo toga.

Se quedaron mirándose. Fue un duelo tenso, de esos en los que cada parte examina los argumentos del contrario con una mezcla de respeto y desconfianza. Entonces, para sorpresa de todos, el juez Pennington sonrió. Una sonrisa pequeña, enigmática, de hombre que ha esperado cuarenta años para decir una frase.

—Agente Whitfield —dijo—. ¿Ha leído usted la Ley de Resolución de Conflictos Domésticos Interculturales de 1974?

—No.

—Tampoco yo. Pero suena muy bien.

—Eso no es un argumento jurídico.

—Es un argumento de autoridad. Llevo toga.

Y con un gesto teatral, tomó una cuchara de madera de la mesa, la levantó en el aire como si fuera un mazo y golpeó con ella la bandeja de pelmeni.

—¡Queda abierta la sesión!

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En media hora, mi salón se había transformado en una sala de juicio.

Los muebles volvieron a moverse. La mesa del comedor, con sus blinis y sus encurtidos, quedó convertida en estrado. El sofá central se transformó en el banquillo de los testigos. Las sillas alquiladas formaban dos bloques enfrentados: a la derecha, la defensa (yo, Gravriel, mi familia, Ilya y una cantidad desconcertante de empleados de contabilidad que se habían apuntado por pura curiosidad); a la izquierda, la acusación (Whitfield, Zinaida, Kiss en su bolso y, por motivos que nunca quedaron claros, el ministro, que se había colocado allí porque Margaret se había sentado en el lado contrario).

En el centro, sobre una silla alta que alguien había traído de la cocina, con la toga arrugada y la cuchara de madera en la mano, presidía el juez Pennington.

—¡Silencio en la sala! —gritó Svetlana, con el megáfono.

—Señora Smirova, esto es un tribunal —dijo el juez.

—Soy la alguacil.

—¿Quién la ha nombrado?

—Yo.

—Admitida.

El jurado, por improvisación y por decreto de mi suegra, quedó compuesto por doce personas elegidas al azar: Boris, Pasha, Vanya, Claire, Tom, el chico de reprografía, Walter (que había subido a ver qué pasaba y se había quedado), Dasha, Katya, la becaria, Elliott y, tras un breve forcejeo, Waffles, el salchicha, que fue admitido por unanimidad con el argumento de que «un perro entiende de lealtades».

—¿Y Kiss? —preguntó Zinaida.

—¿Qué pasa con Kiss?

—También es un animal.

—Es parte interesada.

—Es un chihuahua imparcial.

—Es un chihuahua con lazo rosa.

—Es un chihuahua con derecho a un jurado de sus pares.

—Entonces —dijo el juez—, que se siente en la fila de los acusadores.




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