¡ Jefe concédeme un deseo!

Capítulo 19: La prueba de las nueve y cuarto.

Nicole.

Si alguna vez deciden hacerse una prueba de embarazo en un ático ocupado por veintitrés personas, un guacamayo, dos perros y un ministro, les recomiendo hacerlo con una capucha, un nombre falso y una vía de escape a Canadá.

Yo no tuve nada de eso. Tuve una camisa de Gravriel, una resaca de vodka georgiano y una amiga con un bebé de once meses en cada brazo (uno propio y otro prestado, porque Elliott se había quedado dormido sobre Oliver).

—Respira —dijo Rebecca.

—Estoy respirando.

—Estás hiperventilando.

—Es un estilo.

Estábamos encerradas en el baño de invitados desde las nueve y cuarto de la mañana, con la puerta atrancada con un taburete y una toalla enrollada en la rendija, como en una película de atracos. Sobre el lavabo, alineados con precisión militar, había tres cajitas de farmacia, un vaso de plástico, un reloj de cocina con forma de gallina y un tarrito de caramelos de menta, que Rebecca había traído «para los nervios».

—¿Tres pruebas? —pregunté.

—Marcas distintas.

—¿Y eso por qué?

—Estadística.

—Rebecca, solo llevamos cuatro días.

—Lo sé.

—Cuatro días desde la nota.

—Lo sé.

—Y de eso, tres de convivencia con una delegación rusa.

—Lo sé.

—Y anoche dormí en un sofá de una plaza con las rodillas de un hombre de uno noventa clavadas en el hígado.

—Nicole, cariño —dijo Rebecca, con la paciencia de una madre con experiencia—. ¿Por qué me has dicho que tenías una sospecha?

—Porque estaba emocionada.

—¿Y por qué estabas emocionada?

—Porque me acababa de comprometer.

—¿Y por qué dijiste lo de la prueba?

—Porque… porque se me ocurrió.

—¿Se te ocurrió?

—Fue una broma.

—¿Una broma?

—Quería ver la cara de Gravriel.

—¿Y la viste?

—Se le cayó la copa de vino.

Rebecca se quedó mirándome un buen rato. Después, con un suspiro de cansancio infinito, se sentó sobre la tapa del váter, apoyó la cabeza en la pared y soltó una carcajada tan larga que Oliver, que dormitaba en su hombro, abrió un ojo y protestó con un «gah» ofendido.

—Eres una desgraciada —dijo.

—Lo sé.

—Me has sacado de la cama a las seis de la mañana. Me has hecho conseguir un anillo. Me has hecho venir con un bebé a una fiesta rusa. Y ahora me dices que lo de la prueba era una broma.

—Una broma con fundamento.

—¿Qué fundamento?

—Que estoy mareada.

—¿Mareada?

—Un poco.

—¿Cuándo?

—Desde que me desperté.

—¿Y qué más?

—Tengo el estómago revuelto.

—¿Qué más?

—Me dan ganas de llorar cada tres minutos.

—¿Qué más?

—Y he comido seis blinis con mermelada de arándanos.

—Nicole.

—¿Sí?

—Eso se llama resaca emocional.

—¿Existe?

—Es el diagnóstico más frecuente después de una boda.

—Pero no ha habido boda.

—Ha habido tribunal, reconciliación, compromiso y vodka casero. Es lo mismo.

Me dejé caer sobre el borde de la bañera. Me tapé la cara con las manos. Por la rendija de la puerta llegaba el ruido del ático: pasos, cacharros, una discusión en ruso sobre un hornillo, un acordeón afinándose y, por encima de todo, una voz grave y teatral que anunciaba:

—¡Atención, señoras y señores! ¡El desayuno está servido! ¡Y la novia está en el baño!

—¡Fabio! —susurré—. ¡Cállate!

—¡Con una prueba de farmacia!

—¡FABIO!

—¡Se lo estoy contando a todo el mundo!

Rebecca y yo nos miramos. Un silencio helado cayó sobre el baño. Se oyó, al otro lado, el estruendo de una bandeja que se estrellaba contra el suelo. Y después, una voz de mujer, grave y potente, que reconocí al instante:

—¿QUÉ PRUEBA?

—Tu madre —murmuró Rebecca.

—La suya —dije.

—La mía —confirmó Fabio, desde la puerta, con voz de pregonero—. ¡Y la tuya! ¡Y la de todos!

—¡Fabio, te vendo a un circo siberiano!

—¡Ya lo he contado, nena! ¡No tiene vuelta atrás!

—¿Qué has contado exactamente?

—Que hay una prueba, una novia y una cajita con tres rayitas.

—¡No hay ninguna rayita!

—Todavía.

Se oyeron pasos. Muchos pasos. Cada vez más cerca. Un tropel de zapatillas, tacones y botas de nieve avanzaba por el pasillo como una manada de búfalos. Voces entremezcladas, en ruso y en inglés, formaban una sinfonía de exclamaciones.

—¿Una prueba?

—¿De embarazo?

—¿Ya?

—¡Pero si acaban de comprometerse!

—¡En Rusia, a veces, el orden se invierte!

—¡En Ohio también!

—¡Dejadme pasar!

—¡Dejadme ver!

—¡Es un asunto de familia!

Alguien golpeó la puerta con la palma de la mano.

—¡Nikol! —gritó Svetlana—. ¡Abre, hija mía!

—¡Cariño! —gritó mi madre—. ¡Estamos aquí!

—¡Todos! —añadió Dorothy.

—¡Ay, qué emoción! —aulló Katya.

—¡Abre, abre, abre! —coreó Ludmila.

Rebecca me tomó la mano. Me miró a los ojos. Dijo, con una calma de cirujana:

—Tienes dos opciones.

—Dime.

—La primera: abrir la puerta y explicar que es una falsa alarma.

—¿Y la segunda?

—Hacer la prueba. Salir. Y que el resultado hable por sí solo.

—¿Cuál prefieres tú?

—La segunda. Porque así, al menos, tendrán algo que mirar mientras te desmayas.

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Hice la prueba.

No voy a entrar en detalles, porque hay cosas que una mujer se lleva a la tumba con elegancia. Basta decir que seguí las instrucciones de las tres cajitas con la precisión de una pastelera, que Rebecca cronometraba con la gallina, que Oliver, en su regazo, aplaudía con las manos llenas de babas, y que durante los tres minutos más largos de mi vida, mientras fuera se oía una discusión ensordecedora entre cuatro lenguas, me pasaron por la cabeza muchas cosas.

Pensé en el bebé arrugadito de Rebecca. En la ventana abierta. En una casa con ruido y juguetes por el suelo. En un hombre de uno noventa cambiando pañales con un manual de cuarenta minutos y un muñeco. En un loro enseñándole a decir «papi» antes de saber andar.




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