Gravriel.
Hay nombres que, pronunciados en voz baja en una terraza, tienen el poder de apagar una sonrisa más rápido que un cubo de agua helada. «Craig» fue uno de ellos.
—¿Quién es Craig? —pregunté, con la voz más neutra que fui capaz de fabricar.
—Nadie.
—Nicole.
—Un ex.
—¿Cuántos exes tienes?
—Tres.
—¿Y por qué este me ha cambiado el color de la cara?
—Porque es el peor.
—¿Cómo de peor?
—Me dejó plantada en un restaurante, con la cuenta sin pagar, para «encontrarse a sí mismo».
—¿Y se encontró?
—No lo sé. Hace tres años que no sé nada de él.
—Pues parece que ahora ha decidido llamarte.
Desde el marco de la puerta, Fabio carraspeó con la dignidad de un maître que anuncia la llegada de un mal pagador.
—Está al teléfono, jefe. Dice que es «un viejo amigo». Dice que ha tenido «una revelación». Y dice que tiene mucha energía.
—¿Energía? —preguntó Nicole.
—Esa fue la palabra. Dos veces.
—Es Craig —murmuró ella, cerrando los ojos—. Seguro que es Craig.
Crucé el ático a zancadas. Sentí cómo algo viejo, oscuro y profundamente ruso se removía en mi pecho. Lo había notado ya la primera vez, cuando leí la nota en la terraza: unos celos preventivos, de los que se activan antes de que exista un rival. Ahora el rival existía. Tenía voz. Tenía teléfono. Y, según Fabio, tenía energía.
Tomé el auricular del aparato fijo. Svetlana, desde la cocina, dejó de pelar patatas. Marjorie dejó de escribir. Zinaida dejó de acariciar a Kiss. En la sala, el silencio se extendió como una mancha de aceite.
—Smirov.
—¡Hermano! —respondió una voz masculina, cálida, pastosa, con un tono de masaje tailandés—. ¡Qué buenas vibraciones tienes!
—¿Quién es?
—Craig. Craig Pemberton. Tercer… no, perdón. Primer… no, ya sabes. Un amigo de Nicky.
—Nicole no tiene amigos que se llamen así.
—Hace tres años me dijo que era su alma gemela.
—Hace tres años estaba equivocada.
—Eso es muy negativo, hermano. Las equivocaciones son oportunidades para crecer.
—Las equivocaciones —dije, apretando el auricular— también son oportunidades para colgar.
—¡Espera, espera! Estoy abajo.
—¿Abajo dónde?
—En la puerta de tu edificio. Un señor con bigote de morsa me ha dicho que no puedo subir sin invitación.
—Walter está aquí arriba.
—Pues un señor muy parecido.
—Es su primo.
—Hermano, no te enfades. He venido en son de paz. Vengo a pedir perdón. Vengo a abrir mi corazón. He tenido una revelación en un retiro de silencio, en las montañas de Bali, y mi gurú me dijo que mi camino de regreso pasaba por Nicky.
—¿Tu gurú sabe quién soy yo?
—Le hablé de ti.
—No me conoces.
—Margaret me habló de ti.
Cerré los ojos. Conté hasta diez. Conté hasta cuarenta y siete.
—¿Margaret?
—Y una mujer muy amable de la tintorería. Y mi madre, que vive al lado de la madre de Nicky, y que ayer se tomó un té con una tal Dorothy, y esta le contó lo de la fiesta, el ministro, el loro, el juicio… Me ha parecido una historia tan bonita que he cogido el primer avión.
—Craig.
—Dime.
—Tienes cinco segundos para colgar.
—Cinco segundos no me bastan para expresar lo que siento.
—Pues cuatro.
—¿Y si subo y lo hablamos como hombres?
—¿Como hombres?
—Con los chakras abiertos.
Colgué. Con una delicadeza que me sorprendió, dadas las circunstancias, dejé el auricular sobre su base. Me volví. Todo el ático me miraba.
—Es un ex de Nicole —informé.
—Lo sabemos —dijeron veintidós voces.
—Está abajo.
—Lo sabemos.
—Quiere subir.
—Lo sabemos.
—¿Cómo lo sabéis?
—Porque Fabio ha puesto el altavoz —dijo Katya, con una sonrisa traviesa.
Miré al loro. Fabio ladeó la cabeza con una inocencia admirable.
—Era un servicio público —dijo.
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No sé qué esperaba. Quizá un hombre con aspecto de villano de película, de esos con bigote fino y sonrisa de hiena. Lo que llegó, veinte minutos después, en el ascensor de cristal de mi edificio, fue algo muchísimo peor.
Craig Pemberton medía uno ochenta, tenía el pelo castaño recogido en un moño sobre la coronilla, una barba trenzada con una cuenta de madera en la punta, ojos azules de cachorro abandonado y una dentadura tan blanca que molestaba. Iba vestido de lino. Todo, de lino: pantalón de lino, camisa de lino, chaleco de lino y una especie de pañuelo de lino atado al cuello, a modo de bufanda tropical. Descalzo. En Manhattan. En octubre. Con una mochila de yute al hombro y, en la mano derecha, un cuenco de metal del tamaño de un casco.
—¡Namasté, familia! —proclamó, juntando las palmas sobre el pecho.
Nadie respondió. Svetlana, plantada en el centro del salón con el megáfono, lo miraba con los ojos entrecerrados de una mujer que ha sobrevivido a invasiones mongolas. Marjorie, a su lado, tenía la expresión de quien acaba de ver un fantasma. El ministro se había puesto de pie. Los dos guardaespaldas se habían colocado, sin pedir permiso, a ambos lados de la puerta.
—Perdone —dijo uno de ellos, con voz de trueno—. ¿Lleva armas?
—Solo amor, hermano.
—Voy a registrarle.
—Con mucho gusto. Mi cuerpo es un templo abierto.
—Eso lo decidiré yo.
Lo registraron de arriba abajo. Le sacaron de la mochila un cuenco tibetano, un libro titulado *Respira y Prospera*, una barra de proteína vegetal, un incienso de sándalo, un diario con tapas de cuero y un pasaporte con tantos sellos de Indonesia que casi no cabía en el bolsillo. Whitfield, que se había colado en la comitiva con un cruasán a medias, le examinó el visado con el ceño fruncido.
—¿Motivo de la visita?
—Reconciliación.
—¿Duración de la estancia?
—Hasta que mi alma lo decida.
—Eso no es una fecha.
—Es una cuestión de energía.
—Le voy a dar setenta y dos horas.