Nicole.
Hay mujeres que entran en una habitación, y hay mujeres que la ocupan. Camila, la del vestido rojo, la del abrigo de visón blanco y los tacones homicidas, hizo algo distinto: entró en el ático de Gravriel como entra el sol en una cueva, y todos los murciélagos nos quedamos quietos, parpadeando.
Yo llevaba puesto, y esto lo digo para que se hagan una idea del contraste, el vestido de novia de 1991 con veintisiete alfileres que nadie había tenido el valor de quitarme desde la noche anterior, unas hombreras que me daban aspecto de defensa de fútbol americano, el pelo con restos de pétalos y la mancha de un blini en la manga izquierda.
—Nicole —susurró Rebecca, a mi oído—. Respira.
—Estoy respirando.
—Estás apretando la taza hasta partirla.
—Es un hobby.
—¿Quién es?
—No lo sé. Pero Gravriel acaba de ponerse del color de la leche.
Y era verdad. Gravriel, el hombre que había resistido huelgas, auditorías y a un exnovio con cuenco tibetano, estaba plantado en medio del salón con la boca entreabierta y los brazos colgando, como un muñeco al que le han cortado los hilos. A su lado, Ilya Voronov, el abogado más sereno de la costa este, sostenía su bocadillo de arenque a la altura de la barbilla, inmóvil, con una expresión de ciervo ante los faros de un camión.
—Camila —repitió Gravriel, con una voz que parecía venir del fondo de un pozo.
—Gravrielushka —respondió ella, con un acento imposible de situar, mezcla de Río de Janeiro y de Moscú—. Qué guapo estás. Qué serio. Qué poco has cambiado.
—Tú…
—Yo.
—Estás…
—Divina, lo sé.
—Iba a decir «en mi casa».
—También.
Se acercó con un taconeo lento, que resonaba en el suelo de roble como una cuenta atrás. Se detuvo frente a él, se puso de puntillas, le rozó una mejilla con los labios y después, sin mover un músculo de la cara, hizo lo mismo con Ilya. Ilya dejó caer el bocadillo. El arenque aterrizó sobre la alfombra con un «plaf» elocuente.
—Ilyushka —dijo ella.
—Ca… Cami…
—¿Tan difícil es?
—Camila.
—Eso está mejor.
—¿Qué haces aquí?
—He venido con un amigo.
Señaló con un gesto elegante a Craig, que seguía en el sofá con el vaso de vodka en la mano, las mejillas encendidas y los ojos vidriosos.
—¡Camii! —exclamó él, levantando el vaso—. ¡Mi compañera de respiración!
—Hola, cariño.
—¡Ven, ven! ¡Hay una alfombra de oro y un hombre que destila el alma de Siberia!
—Ahora voy.
—Es todo muy hermoso. Hay una señora con megáfono. ¡Me está dando de comer!
—Qué bien.
Y se volvió hacia el salón, con las manos en las caderas y la barbilla alta. Recorrió con la mirada a cada uno de los presentes, deteniéndose un segundo en cada rostro, como quien pasa lista. Pasó por Svetlana, por Marjorie, por Zinaida, por el ministro y por Margaret. Pasó por Dasha, por Katya, por la tía Dorothy con su sombrero de cerezas. Pasó por mí.
Se detuvo.
Me miró de arriba abajo. Con una lentitud deliberada, quirúrgica. Los alfileres, las hombreras, el lazo, la mancha de blini. Sonrió. Era una sonrisa enorme, luminosa, de dientes perfectos, y lo peor de todo es que no tenía ni un gramo de maldad.
—Tú debes de ser Nicole —dijo.
—Eh… sí.
—La de la nota.
—Eh… sí.
—Craig me lo ha contado todo en el avión. Doce horas. Me lo ha contado cuatro veces. Es una historia preciosa.
—Gracias.
—«Jefe, concédame un deseo». —Se llevó una mano al pecho—. Qué valentía. Yo nunca recibí una nota así.
—¿No?
—Recibí un sofá.
—¿Un sofá?
—Gravriel me dejó un sofá cuando rompimos.
—Era un sofá muy bueno —murmuró Gravriel.
—Era de cuero italiano.
—Con reposapiés.
—Y lo vendí por cuatro mil dólares.
—Me alegro.
—Para pagarme el billete a Bali.
—Es… un buen uso.
Se hizo un silencio incómodo. Camila se rio. Una risa grave, cálida, que hizo vibrar la sala entera. Me di cuenta de que algunos de los empleados de oficina, en una esquina, habían dejado de masticar para mirarla con admiración. Boris se había quedado con la boca abierta. Pasha y Vanya habían olvidado los teléfonos. Incluso el ministro, que hacía un instante tenía la mano de Margaret entre las suyas, la había soltado sin darse cuenta.
—¡Dimitri! —protestó Margaret.
—Perdón, Margarita.
—¡Margaret!
—Perdón, Margaret.
—Suelta esa cara de pez.
—Es mi cara habitual.
—Pues cámbiala.
Entonces, desde la cocina, se oyó el estruendo de un megáfono caer al suelo y una voz que atronó el ático con una alegría inmensa y escandalosa:
—¡CAMILITAAAA!
—¡Svetlana! —gritó Camila, abriendo los brazos.
—¡MI NIÑA!
Mi suegra en potencia atravesó el salón a una velocidad que no sabía que tuviera. Se abalanzó sobre la mujer del vestido rojo, la abrazó con una fuerza que casi la deja sin visón y le plantó dos besos sonoros en las mejillas.
—¡Has venido!
—Te lo prometí.
—¡Después de tres años!
—Y siete meses.
—¡Qué guapa estás! ¡Qué delgada! ¿Comes?
—Me alimento de luz.
—¡Eso no es comida!
—Y de arroz integral.
—¡Eso sí! ¡Eso ya es otra cosa!
Se hizo un silencio muy extraño. Un silencio con una pregunta flotando. Giré la cabeza lentamente hacia Gravriel, que había palidecido todavía más. Y después hacia Marjorie, que miraba a Svetlana con los ojos entrecerrados.
—Mamá —dijo Gravriel, con una voz muy bajita—. ¿Tú invitaste a Camila?
—Yo.
—¿Por qué?
—Era el plan B.
—¿Cómo?
—Plan A: Dasha. Plan B: Camila. Plan C: la prima Katya.
—¡Svetlana! —protestó Katya.
—No me mires así. Eras el plan C. No se tomaba en serio.
—¡Me siento ofendida!
—Y yo, aliviada —murmuró Dasha.
—¡Mamá! —gritó Gravriel—. ¡Tenías tres planes! ¿Para qué?
—Para casarte.
—¡Ya me había comprometido con Nicole!