¡ Jefe concédeme un deseo!

Capítulo 23: Singapur desembarca.

Nicole.

Hay cosas que una aprende tarde en la vida. Que los jueves no existen cuando hay una boda en camino. Que el color de las servilletas puede provocar una guerra civil. Y que cuando un cliente de Singapur dice que va a traer a cuarenta familiares, lo más sensato es creerle y empezar a comprar sillas.

—Cuarenta y uno —corrigió Gravriel, el sábado por la mañana, con la hoja de cálculo abierta en el móvil y ojeras de color ciruela—. Más el consejo de administración, que son nueve. Más la suegra.

—Cincuenta y uno, entonces.

—Cincuenta y dos. Hay un bebé.

—¿Un bebé?

—Lo ha confirmado la secretaria del señor Tan. Se llama Little Dragon.

—¿Así, en inglés?

—Dice que es el nombre oficial.

Estábamos en el aeropuerto, a las siete y media de la mañana, de pie ante la puerta de llegadas internacionales. Gravriel llevaba un traje gris marengo que le quedaba como un guante, una corbata azul y una expresión de capitán que se dispone a abordar un barco enemigo. Yo, un vestido verde pálido que Rebecca me había obligado a ponerme con la frase «si vas a conocer a un cliente de cuarenta millones, que no se te vea el pánico en los hombros».

A nuestro alrededor, formando un semicírculo con una disciplina que habría llenado de orgullo a un sargento prusiano, estaban los miembros más presentables del Comité Organizador: Svetlana, con un abrigo nuevo y el megáfono guardado bajo una funda de terciopelo (una concesión diplomática que le había costado una hora de negociación); Marjorie, con su libreta y una sonrisa de maestra de escuela; Zinaida, con Kiss en el bolso y un sombrero de ala ancha; Margaret, con el silbato colgado del cuello y la carpeta de protocolo; Ilya y Camila, cogidos de la mano, él con un bocadillo de arenque y ella con una expresión de felicidad un poco pasmada; y Rebecca, con Oliver y una bolsa de pañales del tamaño de una maleta.

Por si fuera poco, a un lado, agrupados detrás de una columna, con la mirada puesta en el techo, estaban los guardaespaldas del ministro.

—¿Por qué están aquí? —susurré.

—Dimitri Petrovich ha pedido seguridad «preventiva» —murmuró Margaret.

—¿Y por qué no está él?

—Está en el servicio de caballeros.

—¿Desde hace cuarenta minutos?

—Está nervioso.

—¿Por qué?

—Porque va a conocer a mi hermana.

—¿Tu hermana?

—Viene con el consejo de administración. Es la contable jefe de una empresa de Singapur.

—¿Y por qué le asusta?

—Porque le he dicho que es mejor que yo.

Un silencio tembloroso. Margaret se retocó el pintalabios con una mano que no era del todo firme. Por primera vez desde que la conocía, la mujer más cotilla de la ciudad tenía la expresión de una colegiala el día del examen.

—Margaret.

—¿Sí?

—Es tu hermana.

—Sí.

—No va a morderte.

—No. Pero va a mirarme.

—¿Y qué?

—Con esa mirada de «ya te lo dije».

—¿Qué te dijo?

—Que un día me enamoraría de un hombre con bigote.

—Ay, madre.

—Y que sería un desastre.

—¿Y lo es?

Margaret se quedó pensando. Miró el reloj. Miró la puerta de llegadas. Miró a los guardaespaldas, que seguían estudiando el techo con una concentración monástica. Y con una voz muy baja, un poco ronca, susurró:

—Es un desastre precioso.

---

Las puertas automáticas se abrieron a las ocho menos diez con un siseo de cortina de teatro.

Y por ellas, con una puntualidad y una elegancia que nunca había visto en un ser humano, empezó a salir Singapur.

Primero apareció un joven con un cartel plastificado que decía, en letras doradas: «TAN FAMILY — SMIROV WEDDING». Detrás, en formación de a dos, aparecieron los nueve miembros del consejo de administración, todos de traje negro y gafas de montura fina, con maletas idénticas y la expresión grave de quien va a firmar un tratado de paz. Después, un grupo de mujeres con vestidos de seda de colores brillantes, que sostenían abanicos con una elegancia casi coreográfica. Después, unos veinte primos y tíos en distintos grados de vistosidad, con camisas de flores, sombreros de paja y cámaras con teleobjetivos que apuntaban a todas partes. Después, cuatro niños con mochilas de dibujos animados y una tableta cada uno. Y después, en un cochecito de bebé de color rojo lacado con ruedas doradas, durmiendo como un ángel, un diminuto ser envuelto en una mantita bordada con dragones.

Al final de la comitiva, flanqueado por dos asistentes, caminaba un hombre bajito, de unos sesenta años, con un traje color crema, un pañuelo de seda en el bolsillo y una sonrisa que le ocupaba la cara entera.

—Mr. Smirov! —gritó, abriendo los brazos—. My friend!

—Mr. Tan —respondió Gravriel, con la voz más suave que le he oído jamás—. Welcome to New York.

Se abrazaron. Fue un abrazo largo, torpe, entre un gigante ruso con corbata y un empresario menudo con zapatos de charol. Cuando por fin se separaron, el señor Tan tenía los ojos húmedos y Gravriel, un tono rosado en las orejas.

—And this —dijo Tan, volviéndose hacia mí con una reverencia— is the famous Miss Hathaway.

—Un placer, señor Tan.

—The lady of the paper airplane!

—Eh… sí.

—I have read everything. «Jefe, concédame un deseo». A beautiful story. Very Chinese.

—Es… ¿china?

—It reminds me of an old legend. A young woman, a wish, a letter in the wind.

—Qué bonito.

—My wife cried for three days.

—¿Su esposa?

—Mrs. Tan.

Una señora elegante, de pelo plateado recogido en un moño perfecto, con un vestido de seda azul y un collar de perlas, dio un paso adelante con una sonrisa serena. Me tomó las manos entre las suyas. Eran manos pequeñas, cálidas, y me miraron con una ternura que me desarmó por completo.

—Congratulations, my dear —dijo, con una voz casi musical—. You have brought a miracle to our dear Mr. Smirov.

—Gracias, señora Tan.




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