Nicole.
Hay mujeres que se despiertan el día de su boda con el pelo perfecto, la piel radiante y una calma zen de monja tibetana. Yo me desperté a las cinco y cuarto de la mañana con un loro picoteándome la oreja y una frase susurrada en mi tímpano con voz de locutor de radio nocturna:
—Nena. Truena.
—¿Qué?
—Truena. Muy lejos. Pero truena.
—Fabio, es de madrugada.
—Es de madrugada con ozono.
Abrí un ojo. Estaba en el cuarto de invitados del ático, bajo una montaña de mantas, con el vestido de 1991 colgado de una percha frente a mí como un fantasma elegante. Habían pasado veinticuatro horas desde que Gravriel y yo decidimos adelantar la boda un día, y en esas veinticuatro horas se habían movido cincuenta y dos invitados de Singapur, nueve consejeros, un ministro, un juez, una docena de músicos de acordeón, un pastelero con crisis creativa y doscientas sillas. Yo había dormido dos horas. Quizá menos.
Se oyó un trueno. Largo, grave, perezoso, como un animal enorme que se da la vuelta en la cama.
—¿Lo ves? —dijo Fabio.
—Lo oigo.
—Te debo un documental.
—Me lo debes tú a mí.
—Dennis me lo debe a mí.
—Fabio…
—Yo solo digo que alguien debería pedir perdón a un ave.
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A las nueve de la mañana, mi habitación parecía el camerino de una ópera en plena crisis.
Mi madre me cepillaba el pelo con una ternura que me hacía llorar. Svetlana, de rodillas junto a mi falda, prendía los últimos alfileres con la boca llena de ellos, de manera que todas sus órdenes salían como murmullos de dentista. Rebecca, sentada en la cama con Oliver en el regazo, me pintaba las uñas de rosa pastel. Katya me probaba pendientes. Dasha, en un rincón, afinaba el violonchelo con los ojos cerrados. Y Zinaida, que se había declarado «Directora de Lágrimas», repartía pañuelos de papel con la solemnidad de una sacerdotisa.
—Las hombreras —dijo Svetlana, entre alfileres.
—¿Qué pasa con las hombreras?
—Las hemos reducido al treinta por ciento.
—Gracias.
—Pero se nos ha quedado una asimétrica.
—¿Cuál?
—La izquierda. Te sube un centímetro más.
—Parezco un gorrión.
—Un gorrión elegante.
—Mamá —dije, mirando a la mía—. ¿Cómo estoy?
Marjorie dejó el cepillo. Me puso las manos en los hombros (en los dos, el simétrico y el gorrión) y me miró a través del espejo, con los ojos húmedos y esa sonrisa suya que sabía a pan caliente y a nieve de enero.
—Como tu padre te habría visto —dijo—. Exactamente igual que cuando te sentaba en la encimera de la cocina. Solo que con más tul.
No lloré. Lo juro. Lo que ocurrió es que tenía una pestaña en el ojo.
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La azotea, a las cinco de la tarde, era otra cosa.
La burbuja de Kevin se alzaba sobre el edificio como un huevo cristalino, translúcida, con las mil doscientas bombillas encendidas en su interior formando una constelación doméstica que se reflejaba en las paredes de plástico. Dentro, doscientas sillas blancas se alineaban a ambos lados de un pasillo cubierto de pétalos amarillos. Al fondo, un arco de flores silvestres, un atril de madera y, delante, con una toga recién planchada, un birrete derecho (por primera vez) y una cuchara de madera como mazo, esperaba el juez Josiah Pennington.
Fuera, el cielo era de un color que no había visto jamás: un gris de pizarra con vetas violeta, pesado, expectante, con una luz ocre en el horizonte que hacía brillar los rascacielos como si estuvieran hechos de latón. El viento ya soplaba a rachas. La bandera de la azotea vecina se agitaba con furia. Y de vez en cuando, muy lejos, el cielo parpadeaba como un fluorescente a punto de morir.
—Gertrude —murmuró Dennis, el meteorólogo, que se había colado entre los invitados con su chaleco de diecisiete bolsillos y una cara de pura felicidad—. Llega con media hora de adelanto sobre la última actualización.
—¡Lo sabía! —gritó Fabio, desde el hombro de Zinaida.
—No es una competición, señor Fabio.
—Todo es una competición, Dennis.
El murmullo de la gente iba en aumento. Los familiares de Singapur, colocados en las primeras filas con sus abanicos y sus teleobjetivos, hacían fotos a todo lo que se movía. Madame Lim, en un trono de mimbre que alguien le había conseguido, con un chal de seda bordada, supervisaba la ceremonia con el mentón alto y la mirada de una emperatriz. El ministro Dimitri Petrovich, con un frac de otra época, ofrecía el brazo a Margaret, que llevaba un vestido lila nuevo y una expresión de felicidad muy mal disimulada. Whitfield, de traje, con un violonchelo prestado entre las rodillas, ensayaba escalas junto a Dasha, que le corregía la digitación con paciencia. Ilya y Camila, en la tercera fila, se tomaban de la mano, él con el nudo de la corbata torcido, ella con un vestido rojo que arrancaba suspiros.
Y entre los invitados, repartidos por las sillas como confeti, estaban mis ochenta compañeros de la oficina, con su mejor ropa, secándose los ojos de antemano.
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A las cinco y cuarenta, empezó la música.
Era Dasha, con el violonchelo, tocando una melodía suave que no reconocí y que Whitfield, a su lado, acompañaba con un silbido tímido en las partes más tranquilas. Los acordeonistas, doce hombres con chaleco bordado, esperaban su turno con la solemnidad de un coro de ángeles.
Me asomé por la rendija de la puerta de la escalera. Mi corazón latía como un tambor de guerra.
—Respira —dijo Rebecca, a mi lado.
—Lo hago.
—Hazlo mejor.
—Es que me tiemblan las rodillas.
—Es normal.
—Y las manos.
—También.
—Y el gorrión.
—¿El qué?
—La hombrera izquierda. Se me mueve.
—Eso es la ansiedad.
—Es el viento.
—Es amor.
—Es el viento, Rebecca.
—Todo es amor, cariño. Hasta el viento.
Se abrió la puerta. Alguien tocó una campanilla. Los doce acordeones soltaron a la vez un acorde majestuoso. Y por el arco de flores, bajo la luz de mil doscientas bombillas, apareció la primera damita de honor.