Gravriel.
Hay hombres que llegan a su luna de miel con el cuerpo descansado, la mente despejada y la maleta ligera. Yo llegué con dos horas de sueño acumuladas en tres días, restos de purpurina en las orejas, un olor persistente a vodka siberiano y una camisa de lino que me picaba en lugares que no sabía que tenía.
—Estás guapísimo —dijo Nicole, en la cola de embarque, con una sonrisa traviesa.
—Me siento disfrazado.
—De turista.
—De mantel.
—De un mantel muy elegante.
La camisa era de Ilya. La había traído el sábado a las cinco y media de la mañana, al ático, en una bolsa de papel junto a un sombrero de paja, un tubo de protector solar factor cincuenta y una nota que decía: «Para el siberiano que se derrite. Con cariño, tu abogado. P.D.: Si ves un cangrejo, no grites». Me los había puesto sin discutir. No tenía fuerzas para discutir. Ni siquiera con Ilya, que era el hombre que más se lo merecía.
El aeropuerto estaba casi vacío a esa hora. Había un hombre barriendo, una señora dormida sobre una maleta y, en medio de la sala, plantada con los brazos en jarra, una figura de metro cincuenta y ocho con un abrigo marrón, un pañuelo de seda y un megáfono bajo el brazo.
—Gravrielushka —dijo mi madre.
—Mamá. Te dije que no vinieras.
—No he venido. Estoy de paso.
—¿De paso por dónde?
—Por tu vida.
—Son las seis de la mañana.
—Una madre no duerme.
Se acercó. Me miró de arriba abajo con ojos de tasadora. Me ajustó el sombrero, me alisó la camisa, me limpió una mota de purpurina de la oreja con el pulgar. Después sacó de su bolso una bolsa de tela del tamaño de una almohada.
—Toma.
—¿Qué es?
—Blinis.
—Mamá, vamos al Caribe.
—Allí no hay blinis.
—Hay comida dominicana.
—Es picante.
—No lo es.
—Todo lo que no es ruso es picante. Aquí hay también un termo de borscht, tres pepinillos del tío Misha, una botella de vodka de emergencia y un papel con instrucciones.
—¿Qué instrucciones?
—Para los nietos.
—¡Mamá!
—Son de tu abuela. Muy tradicionales. Con dibujos.
—No pienso mirarlas.
—Las mirará Nikol.
—¡Mamá!
Nicole, a mi lado, se tapó la boca con la mano, con los hombros temblando de risa. Mi madre le tomó la cara entre las manos, le dio dos besos sonoros y le susurró algo al oído que no alcancé a oír. Nicole se puso del color de una granada.
—¿Qué te ha dicho?
—Nada.
—Nicole.
—Que cuide de ti.
—¿Solo eso?
—Y que no me deje el sombrero en la playa.
—Eso no te lo ha dicho.
—Es lo que puedo repetir.
Mi madre se despidió con un abrazo de oso que me dejó sin aire. Después, con los ojos húmedos y el mentón alto, nos señaló con un dedo:
—Catorce días. Sin llamadas. Sin ministros. Sin comité.
—Sí, mamá.
—Y volved con buen color.
—Sí, mamá.
—¡Y con algo en el estómago!
—¡Mamá!
—¡Un buen desayuno, hijo! ¡No pienses mal!
—Yo no he pensado nada.
—¡Ya lo creo que sí!
Nos alejamos hacia la puerta de embarque con sus gritos persiguiéndonos por la sala vacía. Se oyó el eco de un megáfono, y después, clarísima, la voz de Fabio, que debía de estar por allí, en brazos de Zinaida:
—¡Nena! ¡Mándame un coco!
—¡Te mando una postal! —gritó Nicole.
—¡Con un coco dibujado!
—¡Con dos!
—¡Con tres!
—¡Fabio, deja de gritar! —tronó Zinaida.
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Voy a ahorrar al lector los detalles del vuelo. Basta decir que Nicole se durmió a los veinte minutos del despegue, con la cabeza sobre mi hombro y la mano agarrada a mi camisa de lino como un náufrago a una tabla, y que yo, que no había dormido en tres días, me quedé despierto cuatro horas y cuarenta minutos mirándola.
Tenía la boca ligeramente entreabierta. Una pestaña, caída sobre la mejilla. Un mechón que le cosquilleaba la nariz, y que yo le aparté tres veces con un dedo. El anillo brillaba en su mano izquierda, justo encima de mi corazón. Y yo, que había dirigido reuniones con ministros, auditorías y huelgas con una indiferencia de estatua, tenía un nudo en la garganta y una necesidad ridícula de decirle gracias a todo el avión.
—Señor —me susurró una azafata, a mitad del vuelo, con una sonrisa entre tierna y divertida—. ¿Desea algo de beber?
—Agua.
—¿Algo más?
—Que nadie la despierte.
—Entendido.
—Y si hay turbulencias…
—Haremos lo que podamos.
—Gracias.
—Es su luna de miel, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabe?
—Tiene purpurina en el sombrero.
Me llevé la mano al sombrero. Efectivamente. Una constelación diminuta de lentejuelas plateadas me adornaba el ala. Lo atribuí a una última conspiración de Margaret.
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Aterrizamos en Punta Cana a las once y media de la mañana, hora local.
Lo primero que noté fue la luz. En Nueva York, el sol de octubre es un sol de segunda mano, tibio y apagado. En Punta Cana, el sol era un animal salvaje. Atravesó las ventanillas del avión como una espada, convirtió el suelo de la pista en una lámina de plata y, en cuanto se abrió la puerta, se me echó encima.
Me quedé inmóvil en lo alto de la escalerilla, con el sombrero de paja en la cabeza y el aire caliente abofeteándome la cara.
—Gravriel —dijo Nicole, a mi espalda, con la voz cargada de sueño y de risa—. ¿Estás bien?
—Hace calor.
—Son treinta y dos grados.
—Hace mucho calor.
—Es el Caribe.
—En Siberia, treinta y dos grados son una leyenda.
—Pues bienvenido a la leyenda.
Bajamos. Atravesamos una terraza con techo de palma, donde un trío de músicos con camisas floreadas tocaba un merengue alegre, con guitarra, güira y tambora, mientras una mujer en uniforme blanco nos colgaba al cuello unos collares de flores de hibisco. Nicole se echó a bailar sin pensarlo, con las caderas sueltas y los brazos en alto, riendo como una niña. Yo, que llevaba cuatro minutos allí y ya sudaba por detrás de las rodillas, la contemplé con una devoción casi religiosa.