¡ Jefe concédeme un deseo!

Capítulo 27: Pelícanos, bachata y luna llena.

Nicole.

Hay maridos que, en su luna de miel, aprenden a bailar, a bucear o a hacer un cóctel con sombrilla. El mío aprendió, en nueve días, que un pelícano no es un pato, que el aloe vera es amigo del hombre y que una cotorra tropical puede acabar con la intimidad de una pareja más rápido que una suegra con megáfono.

Les cuento por orden.

Los primeros cuatro días fueron, para qué negarlo, una rehabilitación. Gravriel pelaba. Pelaba de la espalda, de los hombros, de la nariz, de las orejas y de una zona del cuello que se negaba a rendirse. Cada mañana, a las ocho, se plantaba en la terraza con una toalla alrededor de la cintura, un sombrero de paja con purpurina y la expresión resignada de un mártir, y yo le aplicaba el aloe con un cuidado de restauradora de frescos.

—Estás mudando la piel —le dije el tercer día.

—Soy una serpiente.

—Eres una serpiente muy mona.

—Me estoy deshaciendo.

—Te estás renovando.

—Es lo mismo.

—No lo es.

—En mi caso, sí.

Para el quinto día, el rojo langosta había dado paso a un bronceado discreto, de un color miel pálida que le sentaba, lo confieso con una vergüenza absoluta, de un modo indecente. Salía de la piscina con el pelo mojado, las gotas resbalándole por los hombros, y yo, tumbada en una hamaca con un libro abierto que no leía, perdía el hilo del argumento una y otra vez.

—Nicole.

—¿Sí?

—Llevas veinte minutos en la misma página.

—Es un libro denso.

—Es un libro de recetas.

—Es un libro denso de recetas.

—¿De qué es la receta?

—De… mangú.

—¿Qué lleva el mangú?

—Plátano. Eso lo sé.

—¿Y qué más?

—Cebolla.

—¿Y?

—Gravriel, deja de sonreír.

—No estoy sonriendo.

—Estás sonriendo con la comisura derecha.

—Es un tic.

—Es un tic muy bien entrenado.

Chicho, mientras tanto, había descubierto una nueva forma de hacerse querer. Desde que doña Altagracia lo tapaba por las noches con una funda de terciopelo azul y le ponía boleros en la radio, la cotorra había ampliado su repertorio con una frase que nadie le había enseñado en el hotel de al lado.

—¡Ay, Gravrielushka! —gritaba, desde su jaula, cada vez que mi marido pasaba por delante, con una pronunciación rusa perfecta.

—¿Cómo lo ha aprendido? —preguntó Gravriel, espantado.

—Te oye hablar dormido.

—¿Yo hablo dormido?

—Todas las noches.

—¿Qué digo?

—Cosas.

—¿Qué cosas?

—«Nicole, no te vayas». «Pañales». «Cláusula nueve».

—Dios mío.

—Y «Ay, Nicole», con mucho sentimiento.

—¡Eso no lo digo!

—Chicho dice que sí.

—Chicho es un mentiroso.

—¡Ay, mi cielo! —replicó la cotorra, con total convicción—. ¡Dame un poquito de ron!

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El sexto día, a las siete de la mañana, apareció Yeison en la puerta con una sonrisa de oreja a oreja y una mochila de playa.

—Hoy, mis hijos, nos vamos a Saona.

—¿A Saona?

—La isla. Es un paraíso. Piscina natural, estrellas de mar, arena como harina. Vamos en catamarán.

—¿En catamarán? —repitió Gravriel, con una voz que bajó dos octavas.

—Con música y ron.

—¿Y hay… animales?

—Mucho animal.

—¿De qué tipo?

—De todos los tipos.

—¿Con pico?

—Algunos.

—Nicole.

—¿Sí?

—Yo me quedo.

—Gravriel.

—Me quedo con Chicho.

—Gravriel, es nuestra luna de miel.

—Los pelícanos están ahí.

—¿Qué pelícanos?

—Los hay en esta zona. Lo he leído.

—¿Y?

—Tienen un pico de cuarenta centímetros.

—¿Y?

—Y una autoridad que no me gusta.

—Es un ave marina.

—Es un pato con complejo de superioridad.

—Gravriel.

—¿Sí?

—Ponte el bañador.

Se lo puso. Con un suspiro de condenado.

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El catamarán era un barco de dos cascos, de unos quince metros, pintado de blanco y azul, con una red tensa entre las dos proas en la que los turistas se tumbaban a tomar el sol y un toldo en la popa donde una banda de tres músicos tocaba merengue a todo volumen. Los pasajeros eran una mezcla de familias de Texas, jubiladas de Quebec, un grupo de chicos alemanes con camisetas de equipos de fútbol y una pareja de recién casados italianos que no se soltaban de la mano ni para comer. Al fondo, repartiendo ron con coco en vasitos de plástico, un guía de unos treinta años, delgado, con las rastas recogidas bajo una gorra y una sonrisa permanente, se presentaba con un micrófono.

—¡Buenos días, buenos días, buenos días! —cantó—. Yo soy Wilkin, su guía, su capitán y su psicólogo. ¡Hoy no hay estrés! ¡Hoy no hay jefes! ¡Hoy no hay suegras!

—¡Bravo! —gritó una voz.

—Una luna de miel, supongo —dijo, mirándonos.

—Sí —dijo Gravriel, muy rígido, con un chaleco salvavidas naranja que se había puesto sin que nadie se lo pidiera, y el sombrero de paja con purpurina.

—Mucho gusto, jefe.

—No soy jefe.

—Tiene cara de jefe.

—Tengo cara de ruso.

—¿Y eso es mejor o peor?

—Depende del día.

El barco zarpó. El viento nos revolvió el pelo. El agua pasó de verde a turquesa, de turquesa a un azul transparente que parecía de cristal. Me tumbé en la red de proa con los brazos abiertos, riendo, con el sol en la cara y la espuma salpicándome los pies. Gravriel, sentado en un banco central, con el chaleco puesto, las manos agarradas a las rodillas y la mirada fija en el horizonte, parecía un cadete a punto de saltar de un avión.

—Nicole —me gritó.

—¿Qué?

—¿Cuánta agua hay debajo?

—Mucha.

—¿Cuánta?

—No sé. Unos veinte metros.

—¿Y si se hunde?

—Llevas un chaleco.

—¿Y si el chaleco falla?

—Sabes nadar.

—Sé flotar.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. Flotar es un acto de fe.

—Pues ten fe.

—Soy ortodoxo. La tengo racionada.

Me reí tanto que casi me caigo de la red. Wilkin, que pasaba con una bandeja de vasos, se agachó junto a mí y me susurró:




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