Gravriel.
Mi plan para los últimos cuatro días de luna de miel consistía en una sola frase, escrita en la pestaña ocho con letra temblorosa: «No hacer nada con ella, muy lentamente». Duró hasta el décimo día a las once y cuarto de la mañana, cuando una furgoneta blanca se detuvo ante Casa Luna y de ella bajó, con un sombrero de ala ancha, unas gafas de sol del tamaño de dos platos y un bolso con forma de perro, mi tía Zinaida.
—No —dije.
—Sí —dijo ella.
—Teníamos un acuerdo. Sin madres.
—Soy tu tía.
—Es una madre con otro apellido.
—Es una cuestión semántica, sobrino.
Nicole salió a la terraza secándose el pelo con una toalla y se quedó petrificada con una mano en el aire. Yo me interpuse entre las dos con los brazos abiertos, como un portero ante un penalti.
—Tía Zinaida. ¿Qué haces en República Dominicana?
—He venido a salvar una vida.
—¿La de quién?
—La de él.
Se abrió el bolso. Asomó Kiss, con su lazo rosa, mirando a su alrededor con aire de inspector de hacienda. Y del hombro de Zinaida, con un sombrerito de paja diminuto que alguien le había atado bajo el pico, descendió, con un aleteo lento y fatigado, un guacamayo azul y amarillo con la expresión de un galán de telenovela en el último capítulo.
—Nena —susurró Fabio, con voz de moribundo.
—¡Fabio! —gritó Nicole, y corrió hacia él con los brazos abiertos.
—Estoy muy mal, nena.
—¿Qué te pasa?
—Te echaba de menos.
—Han pasado diez días.
—Diez siglos. Diez siglos sin ti, sin el ruso, sin nadie que me escuche. He dejado de comer semillas. He dejado de ver telenovelas. Solo digo «nena» y suspiro.
—Es cierto —confirmó Zinaida, con los ojos húmedos—. Se ha pasado una semana mirando por la ventana. El veterinario ha dicho que es «melancolía aviar». Ha recomendado sol, mar y compañía de la familia.
—Esa es una receta muy conveniente —murmuré.
—Es lo que dice el médico.
—¿Qué médico?
—El de Brighton Beach. Me debía un favor.
—Tía.
—¿Sí?
—¿Quién ha pagado los billetes?
—Svetlana.
—¿Mi madre?
—Dijo que si el niño estaba triste, no era momento de «ahorros».
—Ay, Dios.
—Y me dio esto.
Me entregó un sobre. Dentro había un papel amarillento con la letra de mi madre, grande y angulosa: *«Gravrielushka: el pájaro estaba muy mal. Lo envío como actividad terapéutica. No se lo digas a Nikol. Es una sorpresa. P.D.: Paso 6».*
Cerré los ojos. Respiré. Conté hasta cuarenta y siete.
—Gravriel —dijo Nicole, con Fabio en el pecho y una sonrisa de oreja a oreja—. Es el último fin de semana.
—Lo sé.
—Con loro de visita, quizá.
—Lo escribí yo.
—«Pero solo si se porta bien».
—También.
—Se va a portar bien.
—Eso es mentira.
—Lo intentará.
—¡Ay, mi cielo! —gritó, desde el interior del salón, una voz aguda y entusiasta—. ¡Dame un poquito de ron!
Fabio levantó la cabeza. Se quedó muy quieto. Miró hacia la puerta con los ojos muy abiertos, como un perro de caza que ha olido algo.
—¿Quién ha hablado? —murmuró.
—Chicho —dijo Nicole, con cautela.
—¿Quién?
—Una cotorra.
—¿Qué cotorra?
Y Fabio, que había llegado casi muerto, se desprendió de los brazos de mi esposa con un aleteo repentino y voló, con una vitalidad milagrosa, hasta el interior del salón.
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Nunca he presenciado un encuentro entre dos aves que se pareciera tanto a una escena de cine mudo.
Chicho estaba posada en su jaula de mimbre, con la funda de terciopelo azul a medio quitar, los ojos redondos, la mancha roja de la frente brillando como un lunar y una pata levantada en el aire. Fabio aterrizó en una viga del techo, a tres metros, con las alas ligeramente abiertas. Se miraron. El silencio era tan espeso que se oía el tictac del reloj de la cocina.
—Ay, mamasita —dijo Fabio, con una voz grave, honda, de seductor de bolero.
—¡Ay, papi, qué rico! —respondió Chicho, con un hilo de flauta.
—No me digas.
—¡Dame un poquito de ron!
—Para ti, el barril entero.
—¡Ay, mi cielo!
—Ay, mi vida.
Doña Altagracia, que acababa de salir de la cocina con una bandeja de empanadillas, se quedó parada en el umbral con los ojos como platos.
—Ay, Virgen santa —murmuró—. Chicho nunca había hablado con nadie.
—¿Cómo que no? —pregunté—. Habla constantemente.
—Habla sola. Con otro pájaro, nunca.
—Es que Fabio no es otro pájaro —explicó Nicole—. Es un poeta.
—Y un caradura —añadió Zinaida, con orgullo.
—Ya lo veo. Se van a casar.
—Doña Altagracia —dije, con la voz de un hombre que ha visto demasiadas bodas en un mes—. Son un guacamayo y una cotorra. No pueden casarse.
—¿Por qué no?
—Son de especies distintas.
—El amor no entiende de pico.
—Precisamente.
—Además —añadió, bajando la voz—, Chicho es hembra.
—¿Cómo?
—Se llama así de apodo. Por Chichita, la tía de mi cuñado.
—Pero yo la oí gritar «ay, papi».
—Es que tiene un temperamento muy abierto.
Se produjo un silencio denso. Arriba, en la viga, Fabio se había inclinado hacia abajo con una expresión de absoluta devoción. Abajo, en la jaula, Chicho se había puesto de lado, con un ala medio desplegada y los ojos entrecerrados, en una pose que reconocí enseguida: era la de Katya cuando posaba junto a las plantas de mi oficina.
—Nena —susurró Fabio, sin apartar la mirada—. Creo que me he enamorado.
—Fabio, la acabas de conocer.
—Los grandes amores empiezan en un segundo.
—Empiezan en un cajón con galletas.
—Mi caso es distinto.
—Eres un desastre.
—Soy un romántico.
—¡Ay, papi! —interrumpió Chicho—. ¡Más, más, más!
—¡FABIO! —gritamos Nicole y yo a la vez.
—¡Es ella la que lo dice! —protestó el loro.
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Por una vez, mi plan de «no hacer nada» sobrevivió a duras penas. Pasamos dos días de extraña tranquilidad. Zinaida se instaló en una hamaca del jardín con Kiss en brazos y una novela rusa de ochocientas páginas que decía estar «releyendo», aunque llevaba cuatro horas en la página doce, porque dormía. Doña Altagracia le cocinaba lo que ella llamaba «comida de reina madre». Y los dos pájaros pasaban los días sentados juntos, uno en cada extremo de la misma percha, murmurándose cosas en voz baja y suspirando al unísono.