Nicole.
Hay maneras elegantes de enterarse de que uno va a ser madre. Con un ramo de flores, con una cena a la luz de las velas, con una ecografía envuelta en un papel de regalo. Yo me enteré arrodillada en el suelo del baño de señoras de la terminal 4 del aeropuerto JFK, abrazada a un inodoro, con un termo de borscht rodando por el pasillo y mi mejor amiga sosteniéndome el pelo.
—Respira —dijo Rebecca.
—Estoy respirando.
—Estás vomitando.
—Es un tipo de respiración.
—Nicole, cariño. Voy a hacerte tres preguntas.
—Dispara.
—¿Desde cuándo tienes ganas de llorar cada tres minutos?
—Desde que me casé.
—Es normal. ¿Y desde cuándo el olor de la col te produce un odio personal?
—Desde hace… —tragué saliva— …cuatro días.
—¿Y cuándo fue la última vez que…?
—Rebecca.
—Solo pregunto.
—Bajo el mosquitero. Con la luna llena.
—Esa fue hace diez días.
—Sé contar.
—Pues cuenta otra vez.
Conté. Conté hasta tres. Hasta siete. Hasta diez. Y en algún lugar del número once, con la frente apoyada en la porcelana fría y el estómago hecho un nudo, comprendí que mi cuerpo llevaba varios días intentando decirme algo que mi cabeza, ocupada en pelícanos, tortugas y cotorras, se había negado a escuchar.
—Rebecca.
—Dime.
—No.
—Sí.
—No puede ser. Es demasiado pronto.
—Hay pruebas que detectan a los diez días.
—No tengo ninguna.
—Yo, sí.
Abrió el bolso gigantesco que llevaba colgado del hombro, ese pozo sin fondo del que, a lo largo de nuestra amistad, había salido de todo: tiritas, caramelos, un destornillador, un paraguas, un biberón, un cargador de móvil y, en una ocasión memorable, un pollo asado. Rebuscó entre pañales y toallitas. Sacó una cajita rosa, y otra, y otra.
—Tres —dije.
—Marcas distintas.
—¿Por qué llevas pruebas de embarazo en el bolso?
—Es mi kit de emergencias sentimentales.
—¿Tu qué?
—Siempre llevo tres. Por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—Por si algún día lo necesita una amiga.
—Eres una genio.
—Soy una madre prevenida.
—Me das miedo.
—Gracias.
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Las pruebas se hacen igual en un aeropuerto que en una casa, solo que con más ruido. Fuera del cubículo, un altavoz anunciaba retrasos en vuelos a Lisboa. Dentro, el reloj de la gallina de Rebecca no estaba, así que usamos el móvil, con el cronómetro en marcha y un bebé de once meses chupándose los pies en un cochecito que ocupaba medio baño.
—¿Cuánto falta? —susurré.
—Dos minutos.
—Se me ha parado el corazón.
—Está latiendo.
—Es un latido pequeñito.
—Es el tuyo, tonta.
Fuera, el murmullo creciente de voces conocidas atravesaba la puerta. Creo que fue ahí donde empecé a entender el tamaño de la conspiración. Oí a Svetlana: «¡Hay que esperar! ¡Hay que dejarle espacio!». Oí a mi madre: «¿Lleva mucho ahí dentro?». Oí a Margaret, con el silbato: «¡Dispersad!». Oí al ministro: «¿Necesitamos refuerzos?». Y oí, claro, a Gravriel, con un tono que le había oído solo una vez, la mañana de la prueba, de hombre sometido a una presión que no se puede delegar:
—Está bien. Seguro que está bien. Es el vuelo.
—Es el borscht —dijo una voz.
—Es el eneldo —dijo otra.
—Es el ozono —dijo una tercera, grave y aterciopelada.
—¡Fabio! —gritó Zinaida.
—¡Solo digo lo que dice el reumatismo!
—Un minuto —dijo Rebecca, en voz baja.
Cerré los ojos. Pensé en una tortuga cavando un hoyo bajo las estrellas. Pensé en un hombre arrodillado sobre la arena con una cría diminuta en la palma. Pensé en una frase que le había dicho, sin saber que se la decía a otra persona, mi padre, un día de febrero, mientras podaba los rosales: «Cuando una cosa es de verdad, hija, no hace falta que llegue pronto. Llega a su hora».
—Tiempo —dijo Rebecca.
—No quiero mirar.
—Mira.
—Mira tú.
—Miramos juntas.
Abrí un ojo. Después el otro. Sobre el borde del lavabo, alineadas con precisión militar, tres cajitas. Tres ventanitas. Tres resultados.
Dos rayas.
Dos rayas.
Dos rayas.
Se hizo un silencio de eternidad. Después, de mi garganta salió un ruido que no era un grito, ni una risa, ni un llanto, sino una cosa intermedia, muy aguda, muy tierna, de animal sorprendido. Rebecca se tapó la boca con las dos manos. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Oliver, desde el cochecito, dejó de chuparse los pies y soltó un «¡GAH!» de aprobación.
Y entonces Rebecca, esa mujer prudente, sensata, de modales exquisitos, perdió la compostura por primera vez en la historia de nuestra amistad. Abrió la puerta del cubículo de una patada. Salió corriendo al pasillo. Y con una voz que debió de oírse en Nueva Jersey, gritó:
—¡DOS RAYAS!
—¿QUÉ? —gritaron cuarenta voces.
—¡DOS RAYAS! ¡TRES VECES! ¡DOS RAYAS EN TRES MARCAS DISTINTAS!
Hubo un instante de silencio absoluto. Y después estalló el infierno.
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No tengo palabras para describir lo que ocurrió en el vestíbulo de la terminal 4 en los noventa segundos siguientes. Había un grupo de turistas japoneses que aplaudían sin saber por qué. Un guardia de seguridad que se había quedado petrificado con el walkie-talkie en el aire. Una señora con un perro que ladraba. Un niño que gritaba «¿Qué pasa, mamá?». Y en el centro, rodeando la puerta del baño de señoras como una turba medieval, mi familia entera, de pie, abrazada, llorando y riendo al mismo tiempo.
Menos uno.
Menos él.
Yo había salido del baño con las piernas de gelatina, las mejillas empapadas y las tres cajitas en las manos, y lo buscaba con los ojos entre la multitud. Mi madre me abrazó. Svetlana me abrazó. Marjorie me abrazó otra vez. Zinaida me abrazó con Kiss y con Fabio, que me picoteó la oreja murmurando «lo dije, lo dije, lo dije». Dorothy pidió un vaso de agua y un poco de vodka. Margaret lloraba en el hombro del ministro. Ilya y Camila se habían puesto a bailar un vals muy lento junto a una máquina de refrescos.