Gravriel.
Hay hombres que preparan la llegada de sus hijos con una cuna, un cambiador y una canción de cuna. Yo la preparé con una hoja de cálculo de once pestañas, un muñeco de entrenamiento llamado Boris (por el acordeonista, no por mi tío), tres libros de puericultura subrayados en cuatro colores y una madre instalada en mi ático con un megáfono y una maleta de ocho kilos de eneldo seco.
—Mamá —dije, el primer día de la ocupación—. Tienes un hotel reservado.
—Lo cancelé.
—¿Por qué?
—Porque en un hotel no se oye el corazón del nieto.
—Todavía no tiene corazón.
—Todo el que tiene abuela tiene corazón.
—Eso no tiene ninguna base científica.
—Tiene la base de mi palabra.
La señora Hathaway llegó a la semana siguiente con tres maletas y un pastel de manzana, y declaró que «alguien tenía que equilibrar el borscht». Así nació el ala oeste y el ala este del ático, que Ilya, siempre jurista, bautizó como «el Tratado de Partición». Había una línea de cinta adhesiva en el suelo del salón, azul para la zona Smirov, amarilla para la zona Hathaway, y una franja neutral en el centro, sobre la que Waffles dormía con la solemnidad de un casco azul de la ONU.
Y yo, que en su día regía una empresa de ochocientas personas con puño de hierro, me convertí en un hombre que vive entre dos madres, un salchicha, un guacamayo con sombrerito de paja y un chihuahua de visita que cada tarde dictaba sentencia sobre mi forma de doblar pañales.
—Está torcido —decía Zinaida, desde la hamaca que había colgado en mi terraza.
—Es un pañal.
—Es un pañal torcido.
—Es el muñeco.
—Hoy el muñeco, mañana el nieto.
—Tía, ¿no tienes casa?
—Tengo una hamaca con vistas.
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## Nicole: El apetito y otras catástrofes
Durante el embarazo (y esto lo digo sin ninguna vergüenza) comí cosas que no figuran en ningún manual de nutrición. Pelmeni con mango. Pepinillos del tío Misha con helado de vainilla. Tostones con mermelada de arándanos. Un bocadillo de arenque que Ilya me preparó a las tres de la madrugada con lágrimas en los ojos, y que me supo, lo juro por mis hombreras, a gloria bendita.
—Te estás volviendo rusa —me dijo Gravriel, observándome con una mezcla de ternura y espanto.
—Estoy comiendo por dos.
—Estás comiendo por doce.
—Son dos, Gravriel.
—Lo sé.
—Pues entonces es lógico.
La ecografía de las doce semanas fue, sin discusión, el momento más hermoso y más cómico de mi vida. La doctora, una mujer de pelo plateado y manos suaves llamada Patel, deslizaba el aparato sobre mi vientre con el ceño concentrado. A mi derecha, Gravriel, con una libreta y un bolígrafo, tomaba notas. A mi izquierda, mi madre, con una cámara de fotos. Al otro lado de la camilla, Svetlana, con el megáfono guardado por orden expresa del hospital, mordiéndose el nudillo del puño. Y detrás de todos, apretados junto a la puerta contra una norma de máximo cuatro acompañantes que el personal había renunciado a hacer cumplir, otras diecisiete personas.
—Aquí —dijo la doctora, señalando la pantalla— tenemos un latido.
—Lo veo —susurró Gravriel, con la voz quebrada.
—Y aquí, otro.
—¿Cómo otro?
—Un segundo latido.
Silencio.
—Doctora —dijo mi marido, muy despacio—. ¿Un segundo qué?
—Corazón. Son gemelos.
Hubo un instante de total quietud. Después, Gravriel dejó caer el bolígrafo. Dejó caer la libreta. Y con la cara de un hombre que acaba de comprender que su hoja de cálculo ha quedado obsoleta, se volvió hacia la puerta, donde diecisiete personas contenían el aliento, y soltó con la voz más quebrada de su vida:
—Escenario C.
—¡LO SABÍA! —gritó una voz grave desde el hombro de Zinaida—. ¡LO DIJO EL RUMATISMO!
—¡REUMATISMO! —corrigió dieciséis voces a la vez.
—¡Eso! —replicó Fabio, ofendido—. ¡Pero acerté!
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## Gravriel: El día D, versión definitiva
Todos mis planes fallaron.
Estaba previsto para la tercera semana de julio. Nació en la segunda. Estaba previsto un parto programado con cesárea a las nueve en punto. Se adelantó una madrugada, a las tres y diez, con una tormenta de verano que sacudía los cristales del ático y un loro que gritaba desde la percha: «¡Es la hora, jefe! ¡Es la hora!».
—Nicole —dije, de pie junto a la cama, en calzoncillos y con una camiseta del revés.
—Gravriel —respondió ella, sentada en el borde del colchón, con las manos en el vientre y una expresión extrañamente serena.
—¿Es esto?
—Es esto.
—¿Estás segura?
—Se me ha roto la fuente.
—¿Qué fuente?
—La fuente, Gravriel.
—¡Ah!
Corrí hacia el armario. Abrí el cajón. Saqué una bolsa de viaje que llevaba cuatro semanas preparada, con una lista plastificada, tres escenarios y una pestaña de la hoja titulada «Hospital: protocolo». La puse sobre la cama. La abrí. Y descubrí, con un horror creciente, que dentro había una sola cosa: un muñeco de entrenamiento, con un pañal torcido.
—Gravriel.
—Dime.
—¿Dónde está mi camisón?
—Estaba… estaba aquí.
—¿Y las zapatillas?
—Eran… prioridad dos.
—¿Y mi móvil?
—Estaba en una pestaña.
—Gravriel…
—Respira.
—Yo estoy respirando. ¿Tú?
—Estoy… recalibrándome.
Llamé a Ilya. Contestó al tercer tono, con la boca llena.
—Smirov. Tengo un arenque.
—¡Es la hora!
—¿La hora de qué?
—¡DE TODO!
Colgó. Y diez minutos después, en el rellano del ático, había una procesión de pijamas: mi madre con el megáfono y el delantal de flores sobre un camisón de franela; la señora Hathaway con el pelo en rulos y una bolsa de tela con un pastel de manzana recién horneado (no pregunten cómo); Zinaida con Kiss en brazos y un antifaz de seda sobre la frente; el tío Misha con una botella bajo el brazo («por si acaso»); Dorothy con el sombrero de cerezas y un camisón de leopardo; Boris con su acordeón. Y detrás, descendiendo en el ascensor de cristal, flanqueados por dos escoltas con auriculares, el ministro Dimitri Petrovich Volkov, en bata de seda, y Margaret Dunn, con un conjunto de pijama lila.