¡ Jefe concédeme un deseo!

Capítulo extra: Parto con escolta.

Gravriel.

Mi hoja de cálculo tenía once pestañas, tres escenarios, un protocolo de hospital en cuatro colores y una checklist plastificada. Ninguna de esas cosas sirvió para nada a las tres y diez de la madrugada, cuando mi mujer se sentó en el borde de la cama, se puso las manos en el vientre y dijo con una calma que todavía hoy me parece sobrenatural:

—Gravriel. Se ha roto la fuente.

Yo llevaba cuatro meses ensayando ese momento. Había practicado frente al espejo. Había redactado un discurso de tranquilidad con subapartados. Había memorizado la frase exacta que debía pronunciar: «Mantengamos la calma y ejecutemos el plan». Cuando por fin llegó la hora, abrí la boca y lo que salió fue un chillido que habría hecho llorar de envidia a una soprano.

—¡AAAAAH!

—Gravriel.

—¡AAAAAAAH!

—Respira.

—¡Estoy respirando!

—Estás gritando.

—¡Es mi forma de respirar!

Desde la percha del salón, con una voz grave y solemne que atravesó el ático entero, se oyó el aviso de un loro que llevaba semanas esperando su momento de gloria:

—¡Es la hora, jefe! ¡Es la hora! ¡Lo dijo el reumatismo!

—¡Cállate, Fabio!

—¡Es un servicio público!

Me lancé hacia el armario. Abrí el cajón. Saqué la bolsa de viaje, esa bolsa que llevaba cuatro semanas preparada, con su lista plastificada y su pestaña propia en la hoja de cálculo. La puse sobre la cama. La abrí con el pulso de un artificiero. Y descubrí que dentro había exactamente una cosa: un muñeco de entrenamiento llamado Boris, con un pañal torcido y la mirada vacía de quien no tiene ni idea de lo que está pasando.

—Nicole.

—Dime.

—No está tu camisón.

—Lo sé.

—Ni tus zapatillas.

—Lo sé.

—Ni tu móvil, ni los documentos, ni el cargador.

—Gravriel, los metiste tú.

—Los metí en una pestaña.

—Las pestañas no se llevan al hospital.

—Es la primera vez que me lo dicen.

Nicole, sentada en el colchón, con la fuente rota, las contracciones empezando y la serenidad de un monje zen, se echó a reír. Una risa corta, con un gesto de dolor al final. Me tomó de la mano.

—Gravriel, mírame.

—Te miro.

—Vamos a hacerlo paso a paso.

—Paso uno.

—Ponte los pantalones.

—Me los he puesto.

—Los llevas al revés.

—Es una táctica.

—¿Qué táctica?

—No tengo ni idea.

Me cambié. Cogí lo primero que encontré. Salí al pasillo con un mocasín en un pie, una zapatilla de andar por casa en el otro, la camisa del revés y una chaqueta de pijama que ni siquiera era mía. Tomé a Nicole en brazos, porque en los manuales ponía que la mujer no debía hacer esfuerzos. Ella me miró con una ceja arqueada.

—Gravriel, puedo andar.

—Es el protocolo.

—El protocolo es andar.

—Pues cambiaré el protocolo.

—¿Cuánto pesas tú?

—No lo sé.

—Yo peso setenta y cuatro. Más los gemelos.

—¿Cuánto es eso?

—Ochenta y tantos.

—Es perfectamente asumible.

Di tres pasos. Se me doblaron las rodillas. Dejé a mi mujer con delicadeza sobre el sofá, con la dignidad de un hombre que acaba de descubrir sus límites, y fui a buscar el móvil. Marqué el único número que me venía a la cabeza.

—Smirov —contestó una voz pastosa, al tercer tono—. Tengo un arenque.

—¡Ilya! ¡Es la hora!

—¿La hora de qué?

—¡DE TODO!

Colgué. Cuatro minutos después, el ático de un hombre que durante años había vivido en silencio se llenó, como una piscina que se desborda, de pijamas.

Mi madre llegó la primera. Había dormido en el cuarto de invitados con el megáfono bajo la almohada, y apareció en el salón con el delantal de flores puesto encima de un camisón de franela y una expresión de general que oye el toque de corneta.

—¡ATENCIÓN, FAMILIA! —bramó—. ¡EVACUACIÓN!

—Mamá, no es un incendio.

—¡ES UN PARTO!

—Es lo mismo.

—¡ES MUCHÍSIMO PEOR!

La señora Hathaway salió de su habitación con rulos en el pelo y un pastel de manzana recién horneado, sin que nadie supiera cómo había conseguido hornearlo a las tres y cuarto de la madrugada. Detrás vinieron Zinaida, con Kiss en brazos y un antifaz de seda sobre la frente, y la tía Dorothy, con un camisón de leopardo y el sombrero de cerezas, que se había puesto antes que las zapatillas. Del cuarto del fondo salió Boris, con el acordeón. Del sofá del salón, donde llevaba tres noches durmiendo por solidaridad, salió el tío Misha, con una botella bajo el brazo.

—Por si acaso —dijo, al ver mi mirada.

—No es el momento, tío.

—Siempre es el momento.

—Para el dolor —añadió.

—Mi mujer no va a beber vodka.

—Yo me refería a ti.

—Ah.

El timbre sonó. Era Margaret, con un conjunto de pijama lila, el silbato colgado del cuello y una carpeta bajo el brazo. Detrás, el ministro Dimitri Petrovich Volkov, en bata de seda, con dos escoltas de gafas oscuras que, por alguna razón, habían decidido vestirse de traje para la ocasión.

—Hemos organizado el convoy —anunció Margaret.

—¿Qué convoy?

—Siete coches. Con escolta.

—Margaret, es un parto. No es una cumbre del G8.

—Todo es un G8 con la familia adecuada.

Y así, en menos de diez minutos, las diecisiete personas más ruidosas de la costa este se apiñaron en el rellano de mi ático, con Nicole en una silla de ruedas improvisada con la silla de mi despacho, un guacamayo con sombrero de paja trepando por mi cabeza y un muñeco de entrenamiento llamado Boris, que alguien había puesto de pasajero en brazos de Dorothy.

—¿Por qué llevas al muñeco? —pregunté.

—Es el segundo acompañante —dijo ella, muy digna.

—Es un muñeco.

—Está muy nervioso.

—No tiene nervios.

—Se le nota en la mirada.

El ascensor de mi edificio tiene capacidad para doce personas. Lo dice un cartel de latón, con letras grabadas, junto a la botonera. Éramos diecisiete, más un guacamayo, un salchicha, un chihuahua, un muñeco, una silla de despacho, un pastel de manzana y un megáfono. Entramos de todos modos. Es lo que tiene la desesperación.




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