El comienzo del entreno.
Desde el encuentro imprevisto que tuve con los chicos y el superior Eric por la inesperada misión, tal y como dijo Leo, se organizó lo suficientemente bien para que las clases se volvieran intensivas. El concepto de descansar desapareció y las horas de entreno se alargaron hasta tarde. Las clases empezaban a las siete de la mañana y acababan a la una de la noche ya que los superiores no permitían alargar más el horario. Los chicos hicieron un horario definido donde se repartían para poder entrenar conmigo como mínimo una hora al día, así que pasaba un promedio de diez horas diarias con Leo ya que él debía acompañarme en cualquier momento por su compromiso con el superior Eric. Claudia por su parte se alejó, no la vi desde aquel incidente en aquel pasillo, pero Leo sí lo hacía y a menudo, ya que según él quería saber qué es lo que tramaba antes de que se fuese de misión.
Entrenaba de manera práctica en clase con Leo y los demás chicos alrededor de cinco a siete horas, que básicamente se resumía a golpes, técnicas, memorización y aprendizaje intensivo. También Juan me hizo unirme junto a Leo a clases de meditación ya que según él servía para digerir todo lo que me estaba sucediendo en esos instantes y no podía mentir, se lo estaba agradeciendo. Por último, practicaba con todo tipo de armas, botellas de cristal y cuchillos para saber manejarlos o cualquier objeto que servía como arma, y lo que más temía, como utilizar una pistola.
Ahora mismo estaba reflexionando sobre todo esto en el campo de tiro al aire libre con Leo y David. Miraba cómo preparaban mi arma para que yo pudiese empezar a practicar y aunque estuve estudiando cada paso y medida de seguridad que debía saber sobre un arma de fuego, verlo en realidad no me quitaba el temor de poder disparar a alguien por error.
—Bien, este será tu arma nena. —Me comentó David sujetando el arma con seguridad apuntando hacia abajo, le miré asustada, nunca había cogido un arma ni tampoco lo había utilizado. —Venga, cógela, no te morderá. —Estiró su brazo con el arma para que lo cogiera, miré a Leo que parecía mirar al infinito mientras mantenía las manos en jarras.
—Está bien. —Respondí cogiendo el arma pesado, respiré hondo.
—Cuidado está cargada, no nos mates. —Bromeó David mostrando sus dientes perfectos y blancos, le sonreí en señal de despreocupación aunque fuese todo lo contrario.
—Venga, a trabajar. —Comentó Leo apartando a David de su vista colocándose en frente de mí. —Coge el arma con seguridad y estira el brazo. —Dijo mientras yo miraba al objetivo de tiro al que debía disparar. Se colocó detrás de mí en un movimiento ágil y sentí su cuerpo duro y fortificado contra el mío, David decidió hacerse a un lado mientras que Leo me hacía estirar mi brazo. Al estar lo suficientemente pegados llevó sus manos hasta las mías sujetando ambos el arma. —Mira al objetivo fijamente y apunta a donde quieras que le de la bala. —Llevó nuestras manos ligeramente hasta apuntar a la cabeza del objetivo a una distancia de diez metros. —Sujeta el arma con fuerza, recarga. —Recargué el arma y esperé más órdenes. —Cuando estés preparada dispara. —Aquello hizo que se me pusieran los pelos de punta, jamás me había imaginado en una situación como esta, los nervios me recorrían de pies a cabeza al poner mi dedo índice en el gatillo y con inseguridad hice fuerza para que pudiera disparar. Al hacerlo mi cuerpo se echó hacia atrás, cerré los ojos después de disparar estampándome con el duro cuerpo de Leo que sujetaba aún el arma después de que yo lo soltara por la fuerza que hizo al disparar.
—Menos mal que quedan tres semanas para irnos de misión. —Comentó David en un tono burlón mientras se llevaba la botella de agua a la boca observándome.
—¿Estás bien? —Me preguntó Leo viendo sus ojos clavados en los míos mientras seguía rodeada de sus fuertes brazos que sujetaban el arma, mi pulso acelerado por el miedo al arma me bloqueó por un instante.
—Estoy bien. —Mentí. Se aclaró la garganta dejando los brazos caer.
—Lo volverás a intentar hasta que nos quedemos sin balas y créeme, nos quedan demasiadas. —Me dijo recargando el arma y pasándomelo.
—Coge el arma, apunta con firmeza. Posición firme, piensa en qué parte de la figura de tu objetivo quieres disparar y dispara. —Me dijo Leo colocándose a un lado junto a David cruzándose de brazos sin remordimiento.
—Lo dices como si fuera fácil. —Le rechisté poniéndome en posición.
—Lo es cuando te juegas la vida Elisabeth. —Me contestó con la mirada y el tono de voz firme, aparté la mirada de él mirando hacia el objetivo, cogí aire. —Venga, no tenemos todo el día.
—¡Dispara! —Me gritó David impaciente, mi corazón estaba acelerado.
La presión era inevitable, tenía miedo, esto no era para mí, matar personas no debería ser el oficio de nadie.
¡O venga no seas una dramática! ¿Les quieres demostrar lo débil que eres? ¿Acaso no recuerdas cómo lo hacías con papá? ¡Dispara!
Mi mente se estaba aventurando y entonces cuando pensé que lo tenía, mi cuerpo se bloqueó.
—¡No puedo! —Grité bajando el arma mientras me pasaba la mano por el pelo frustrada al no poder conseguirlo.
Miré a Leo viendo que se frotaba la frente por un momento algo estresado, mientras David le miraba diciéndole algo en bajo. Leo levantó la mirada hacia él cabreado y luego me miró a mí, entonces cogió aire y vino hacia mí colocándose en frente, cogiéndome el arma de la mano con cabreo y sin dejar de observarme levantó su brazo y disparó sin un ápice de temor, tragué saliva al ver su mandíbula tensa y sus ojos sin despegarse de los míos.
—¡Justo en la cabeza tío! —Al girar la cabeza vi que la bala atravesó el objetivo de tiro justo donde se encontraba la parte central de su cabeza. Aquello hizo que se me pusiera la piel de gallina, a veces se me olvidaba que estaba con criminales.
—Quiero que practiques hasta que la bala entre por el mismo agujero ¿entendido? —Al escucharle giré mi cabeza para mirarle fijamente.