Juego De Traidores

Capítulo 27: Leo

Un suspiro profundo, demasiado largo.

Nuestros cuerpos estaban tumbados, sudados y acalorados.

El reloj indicaba las doce y media de la noche, demasiado tarde para seguir entrenando.

—Fin del entreno. —Dije incorporándome viendo el cuerpo de Elisabeth.Estaba exhausta, ni siquiera me miró.

—No. —Consiguió decir.

Me detuve en seco ante su respuesta.

—Necesitas descansar, es tarde. —Dije alcanzando una botella de agua para pasársela.

—El entreno ha salido mal, no podemos dejarlo. —Fruncí el ceño mientras observaba cómo su cuerpo comenzaba a temblar por el cansancio.

—Llevamos más de diez horas entrenando, estás cansada. —Me puse de cuclillas para observarla. —Por mucho que quieras seguir entrenando, no saldrá. —Sus manos se posaron de inmediato en su rostro mientras intentaba recuperar el aire. —Ahora lo que toca es descansar.

—No lo lograré, lo tengo asumido. —Confesó frustrada. —¿De verdad pretendían que pudiese ganar a una despiadada como Claudia? ¿o que pueda ir de misión? Moriré como los demás, jamás lograré salir con mi padre de aquí o simplemente sacarle de este infierno, no me importa quedarme aquí.

Me quedé observándola, tenía sentimientos encontrados ¿cómo debería reaccionar? ¿realmente debía decir algo? La cruda realidad de entrenar con una persona que viene de un mundo tan normal con sentimientos que ni siquiera intenta minimizar y que ni siquiera intenta ocultar sus pensamientos oscuros era algo mucho más intimidante que ver a dos personas despellejándose por vivir. Por un segundo quise cerrarme en banda y la otra parte quiso sacar mi parte más manipuladora y entrenada para que deje de hablar de esa forma, la única desventaja que encontré fue verle el rostro devastado, decaído y cansado, así que tome lección de la única persona mínimamente con sentimientos que me rodea, Juan.

Ahí voy. Sin saber qué hacer.

—Elisabeth. —Me aclaré la garganta. —Si te eligieron para algo así es porque puedes con esto y mucho más. Eres fuerte, lo veo. —Sus ojos se cruzaron con los míos. —Lo puedo ver en tus ojos. —Note mis músculos tensarse casi al instante, decir la verdad era más complicado de lo que jamás había imaginado.

—Gracias. —Dijo pudiendo ver agradecimiento en sus ojos, como si mis palabras de verdad la hubiesen ayudado. —De corazón. —Asentí tensó y entonces extendí mi mano hacia ella.

Su mano apretó la mía con fuerza y al intentar levantarla sentí su cuerpo demasiado pesado como si sus piernas no le permitiesen ponerse de pie. Noté como iba a caer de rodillas casi al instante, mis manos la agarraron por la cintura por instinto atrayéndola hacia mí para evitar la caída y entonces la vi a centímetros de mi rostro, con sus ojos puestos en mí.

—Te dije que necesitabas descansar. —Susurré regañándola mientras sentía su cuerpo en mis manos que la agarraban con más fuerza por la exasperación que sentía.

—Sí... será mejor descansar. —Admitió poniendo lentamente sus manos sobre mi pecho incorporándose al fin.

Me quedé quieto por un segundo, por alguna razón mis manos no la quisieron dejar ir cuando se apartó de mí, pero oculté cada mínimo sentimiento manteniendo los ojos sobre ella através del espejo mientras me dejaba atrás.

Al mirarme al espejo negué con la cabeza.

¿Qué estás haciendo?

Volví a por mis cosas y al tener todo salí de la sala, viendo a Elisabeth yendo lentamente recorriendo los mugrosos pasillos de la base. La realidad era que estar merodeando por los pasillos de noche me resultaba relajante, no había gente imbécil que se interponía en tu camino y las salas estaban prácticamente vacías, por eso entrenar de noche siempre había sido una opción para mí.

Al llegar David y Juan estaban durmiendo, bueno, en el caso de Juan no lo sabía, era como un vampiro, recuerdo que las veces que los chicos necesitaban algo de él, siempre respondía de una forma como si nunca estuviese dormido y en las mañanas siempre estaba activo a diferencia de los demás.

Pasé entre la ropa tirada de David, al quitarme mi ropa fui persiguiendo con la mirada a Elisabeth, que se estaba adentrando al baño, al quitarme el pantalón escuché el agua fluir de la ducha, me quedé mirando a los dos chicos que no parecían percatarse de nada y entonces volví a dirigir una fugaz mirada a los baños. Mi mente iba a lanzar un pensamiento prohibido, pero antes de que ocurriese negué rápido con la cabeza y subí a mi cama. Al estar dentro y tumbarme podía ver el espejo que reflejaba una de las puertas de las duchas y por alguna razón seguía mirando, esperando algo. Después de diez minutos de dar vueltas en la cama con los ojos cerrados, decidí volver a mirar hacia el baño esta vez sorprendiéndome, el cuerpo de Beth estaba envuelto en una toalla blanca, no alcanzaba a ver su rostro completo pero sí su cuerpo entero.

¿Espiando a la Gacelita?

Mi consciencia me pilló desprevenido ante esa idea.

¿Espiando a la Gacelita? Ni que tuviese interés.

Pero no le quitas el ojo.

Podía ver cómo se cepillaba el pelo mojado. Las primeras semanas de su llegada cerraba la puerta del baño con cerrojo hasta arriba y siempre se aseguraba de que ninguno de nosotros volvería a la habitación, ni siquiera por casualidad y ahora viéndola tan tranquila me provocaba cierta gracia.

¡Oh, ahí viene, se va a vestir! ¿Verás también cómo lo hace?

Cuando alcanzó una camiseta, antes de ponérsela se la había caído al suelo, al recogerla vi todo su cuerpo curvado y mojado. Sentí de inmediato la dureza.

Joder, hasta aquí había llegado.

Me di la vuelta, me negaba a seguir mirando. Estuve de cara a la pared alrededor de diez minutos más y entonces escuché unos pies descalzos recorrer el pequeño pasillo hacia su litera, al escuchar las mantas moverse, solté un suspiro.

Que pase este día de una vez.

La bendita alarma se había despertado.



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En el texto hay: traicion, amor, juego

Editado: 24.03.2025

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