Después de meses de preparativos, decisiones, reuniones y momentos inolvidables, faltaba solamente un día para la boda de Valeria y Nicolás.
Un día.
Valeria miró el calendario de su habitación y sonrió nerviosamente.
—Mañana me caso.
Todavía le parecía increíble decirlo en voz alta.
Había imaginado aquel momento muchas veces, pero ahora que estaba tan cerca, sentía una mezcla de emoción, alegría y nervios que no sabía cómo explicar.
Su teléfono vibró sobre la cama.
Era un mensaje de Camila.
Camila: ¿Estás preparada para tu último día como prometida?
Valeria: ¡No me pongas más nerviosa!
Camila: Demasiado tarde. Mañana serás una mujer casada.
Valeria: Todavía no puedo creerlo.
Camila: Pues créelo, porque mañana tendrás que caminar hacia Nicolás sin salir corriendo.
Valeria soltó una carcajada.
Valeria: ¡No voy a salir corriendo!
Camila: Eso espero. Ya tenemos todo preparado.
Valeria dejó el teléfono y se levantó para revisar por última vez algunas cosas.
El vestido estaba guardado cuidadosamente. Los zapatos estaban listos y los accesorios se encontraban en su lugar.
Sobre el escritorio descansaba una pequeña caja con sus votos matrimoniales.
Los había escrito en secreto, pensando en cada etapa de su relación.
Los primeros días en Nova Ideas.
Las discusiones por el trabajo.
Las risas que compartieron cuando comenzaron a llevarse mejor.
El viaje al extranjero.
La primera vez que reconocieron lo que sentían.
Y, finalmente, la propuesta de matrimonio en el parque.
Valeria tomó la caja entre sus manos.
—Mañana voy a decirte todo esto frente a todos —susurró, imaginando a Nicolás escuchándola.
Sonrió y volvió a guardar la caja.
Mientras tanto, Nicolás tampoco conseguía quedarse quieto.
Había revisado su traje dos veces, confirmado la hora con la organizadora y comprobado que todos los detalles estuvieran preparados.
Su madre lo observaba desde la puerta.
—¿Cuántas veces has revisado esa lista?
Nicolás levantó la mirada.
—Tres.
—¿Estás seguro?
Él miró nuevamente la hoja.
—Cuatro, contando esta.
Su madre se rio.
—Hijo, todo está preparado.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué te preocupa?
Nicolás se quedó pensativo.
—No me preocupa que algo salga mal. Bueno, quizá un poco. Pero sobre todo estoy pensando en que mañana voy a casarme con Valeria.
Su madre sonrió con ternura.
—¿Y eso te asusta?
—Me emociona. Es diferente.
—Es normal sentir ambas cosas.
Nicolás bajó la mirada hacia el anillo que había preparado para aquel momento.
—Quiero que sea un día especial para ella.
Su madre se acercó y le acomodó el cuello de la camisa.
—Lo será. No porque todo tenga que salir perfecto, sino porque estarán juntos.
Nicolás sonrió.
—Eso mismo me dijo ella durante el ensayo.
—Entonces parece que los dos entendieron lo más importante.
Él guardó el anillo con cuidado.
—Sí.
Aquella tarde, Valeria recibió una visita inesperada.
Camila llegó acompañada de Paula y de una pequeña bolsa llena de cosas.
—¡Llegó el equipo de apoyo! —anunció Camila al entrar.
Valeria se rio.
—¿Qué traen ahí?
—Todo lo necesario para que sobrevivas a tus últimos nervios —contestó Paula.
Dentro de la bolsa había bocadillos, bebidas y algunos pequeños detalles que habían preparado para pasar la tarde juntas.
Se sentaron en la sala y comenzaron a conversar.
Al principio hablaron de la decoración, de los invitados y de la organización.
Pero, poco a poco, la conversación se volvió más personal.
—¿Te acuerdas de cuando nos contaste que Nicolás te caía mal? —preguntó Camila.
Valeria se cubrió la cara con las manos.
—¡No empieces!
Paula comenzó a reír.
—Decías que era demasiado terco.
—Lo era.
—¿Y ahora? —preguntó Camila.
Valeria sonrió.
—Sigue siendo terco.
Las tres estallaron en carcajadas.
—Pero ahora es mi terco favorito —añadió Valeria.
Camila se llevó una mano al corazón.
—Qué bonito. Voy a llorar.
—No empieces tú también.
Paula tomó una fotografía de las tres.
—Esta tenemos que guardarla. Es nuestra última tarde antes de que te cases.
Valeria las abrazó.
—Gracias por estar conmigo en todo esto.
Camila le apretó la mano.
—No tienes que agradecernos nada.
—Claro que sí. Han estado conmigo desde el principio.
—Y seguiremos estando —respondió Paula—. Aunque ahora tendrás que compartir parte de tu tiempo con tu marido.
Valeria sonrió.
—Creo que podré organizarme.
—Eso esperamos —bromeó Camila.
La tarde pasó entre risas, recuerdos y conversaciones sobre el futuro.
Cuando finalmente llegó el momento de despedirse, Camila abrazó a Valeria con fuerza.
—Mañana será un día precioso.
—Eso espero.
—No. Nada de esperar. Mañana vas a disfrutarlo.
Valeria asintió.
—Lo haré.
Esa noche, Nicolás le envió un mensaje.
Nicolás: ¿Sigues despierta?
Valeria: Sí. ¿Tú?
Nicolás: También.
Valeria: ¿Nervioso?
Nicolás: Muchísimo.
Valeria sonrió.
Valeria: Yo también.
Nicolás: ¿Podemos hablar un momento por teléfono?
Valeria: Claro.
Segundos después, escuchó su voz.
—Hola —dijo Nicolás.
—Hola.
Ambos se quedaron callados durante unos instantes.
Finalmente, Valeria se rio.
—Esto es extraño.
—¿Qué cosa?
—Hablamos todos los días, pero ahora parece que no sabemos qué decir.