Despertó entre sábanas suaves, con la luz de la mañana deslizándose por la habitación como un susurro. El arrullo de los pájaros entraba por la ventana abierta, donde colgaban pequeños cascabeles que respiraban con la brisa y dejaban caer un murmullo cristalino en el aire.
Ella estaba allí, de espaldas, moviéndose con ligereza mientras daba de comer a un pájaro azul. Sus manos parecían conocer el ritmo del bosque, y el ave picoteaba sin temor, como si ambos compartieran un lenguaje antiguo.
Entonces se volvió.
Sus ojos lo encontraron primero: profundos, claros, atravesados por una luz que parecía venir de muy lejos. Había en ellos una calma extraña, como agua quieta que esconde reflejos del cielo. Después reparó en sus labios, suaves y apenas curvados, como si guardaran una palabra que aún no deseaba pronunciar.
La mirada entera de ella se posó en el guerrero tendido en la cama, y en ese instante todo pareció detenerse, suspendido en una quietud leve, casi sagrada.
—Me has puesto un encantamiento —dijo él, casi acusándola—. Estás en mi cabeza.
La bruja suspiró, ladeando apenas el rostro.
—Todos dicen lo mismo —replicó—. Es más fácil llamar hechizo a lo que no encaja con los propios prejuicios… o con lo que uno empieza a desear.
Él apretó la empuñadura de la daga, intentando convencerse de que la admiración que sentía no era suya. Que no provenía de él, sino de algún truco antiguo.
Ella lo notó. Y sonrió.
No fue una sonrisa amplia, sino lenta, insinuada, como si disfrutara verlo debatirse consigo mismo.
—Si sigues mirándome así, acabaré pensando que te agrado —dijo, dejando que la voz le cayera suave—. Y sería una conclusión peligrosa para alguien que vino a matarme… ¿no crees?
Aquello lo desconcertó más que una amenaza.
—Pero será mejor comer antes —añadió, girándose con un movimiento ligero—. Los hombres heridos se vuelven especialmente torpes cuando tienen hambre
Ella lo notó y sonrió, lenta.
—Ven, come algo —dijo, acercándole un cuenco.
El guerrero negó con la cabeza.
—No lo necesito.
—Lo necesitas —respondió ella, sin imponerse—. Si no quieres verme – dijo ella con una sonrisa ladeada.
—He resistido cosas peores.
Ella alzó una ceja, divertida.
—No lo dudo. Pero el orgullo no alimenta… y tampoco cierra heridas.
Él guardó silencio, tenso, como si aceptar aquel gesto fuera una rendición.
—No aceptaré nada de ti —dijo al fin.
La bruja sostuvo el cuenco un instante más y luego lo dejó a un lado con calma.
—Como quieras —murmuró—. Aunque es curioso… los hombres más orgullosos suelen ser los que más tiempo pasan pensando en mí.
La ligereza de sus palabras lo desarmó más que cualquier hechizo.
Sin previo aviso, el hombre se internó en el bosque para pescar. Talló una vara, afiló la punta con paciencia y se adentró en el río hasta que el agua le rozó las rodillas. Esperó, inmóvil, y atrapó varios peces con destreza.
Encendió fuego en la orilla y cocinó allí mismo. Comió en silencio, saciando el hambre con avidez, como quien no desea deberle nada a nadie. Pero no estaba solo.
Lo observaban.
Al otro lado del río, entre la niebla baja y el reflejo del agua, surgieron figuras apenas visibles. No emergían por completo; solo se dejaban ver sus ojos brillantes y la línea suave de sus narices sobre la superficie. Eran tres.
Sus miradas tenían una belleza extraña, sobrehumana. La piel, apenas insinuada bajo el agua, parecía clara como la luz filtrada entre hojas. De sus labios nacían risas breves y una música suave, como un canto que no terminaba de formarse.
El guerrero quedó inmóvil, cautivado.
No entendía lo que veía, pero no podía apartar la vista. Aquella presencia lo envolvía como un sueño del que no quería despertar.
Las tres alzaron lentamente las manos hacia él, invitándolo a acercarse, a tomarlas.
El guerrero dio otro paso.
El agua ya le cubría los muslos.
Las figuras sonrieron con dulzura irresistible. Sus manos, extendidas hacia él, parecían prometer descanso, consuelo… olvido. El canto se hizo más claro ahora, una melodía suave que vibraba directamente en su pecho.
Sus dedos se abrieron, dispuesto a tomar aquellas manos pálidas.
Entonces el río se agitó.
Un golpe seco rompió la superficie.
Desde la orilla, una sombra descendió con velocidad inesperada. No fue un grito lo que se oyó, sino un sonido bajo, vibrante, casi un gruñido que no pertenecía del todo a una garganta humana.
La bruja.
Cayó entre él y las figuras con una fuerza que levantó agua y niebla. Sus pies apenas tocaron la corriente antes de impulsarse de nuevo, ágil, precisa. Se interpuso frente a él y, por un instante, su postura cambió.
La bruja se agazapó apenas, como un gato que protege su territorio. Sus dedos se tensaron y el agua alrededor de sus pies comenzó a ondular en círculos pequeños pero firmes.
—Este río está bajo mi cuidado —dijo con calma peligrosa—. Y él no le pertenece.
Las tres figuras emergieron un poco más. El agua resbaló por sus hombros pálidos; sus cabellos flotaban como algas de plata. Su belleza era impecable… y fría.
—¿Cómo te atreves a hablar de dominio en el terreno sagrado? —susurró la del centro. El río vibró con su tono—. Estas aguas son nuestro hábitat. Nuestro padre las protege.
La bruja sostuvo su mirada sin pestañear.
—Cada raíz que bebe aquí responde a mí. Cada piedra sumergida conoce mi nombre. Son dominios gobernados por mi palabra.
Otra sonrió, y la sonrisa fue como el filo de una concha abierta.
—Ese hombre huele a Valdren. Su sangre sería una bendición en nuestras manos.
El nombre del reino cayó como una hoja oscura sobre la superficie luminosa.
La bruja sintió el temblor leve del aire.
—Él camina bajo mis árboles —dijo—. Y mientras lo haga, su sombra responde a la mía.
El agua pareció contener el aliento.
—¿Desafías al rey del mar, Ashalot? —preguntó la más alta, y su voz fue como espuma sobre roca—. ¿Después de que un hombre de su sangre rozara el honor de su hija primogénita?
Un silencio se extendió entre las hojas.
—Yo no desafío —respondió la bruja—. Yo equilibro.
Alzó las manos.
No hubo estruendo. No hubo furia. Solo un cambio casi imperceptible: la luz se inclinó, el agua se volvió más densa, como si recordara la gravedad de las montañas que la alimentan. Las ondas comenzaron a girar alrededor de las criaturas, no violentas, pero inevitables.
Sus cabellos se arremolinaron. Sus ojos brillaron con una ira fría.
El canto se quebró.
Bajo la superficie, sus formas se tornaron largas, serpenteantes, hechas más de corriente que de carne.
La bruja inhaló, y el bosque respiró con ella.
—No es hoy —murmuró.
Las aguas se alzaron apenas lo suficiente para borrar sus rostros.
Luego se hundieron.
El río volvió a ser espejo y murmullo.
La bruja bajó las manos.