Juramento de sangre

4. El descanso

Capítulo IV

La colina no era alta, pero el viento allí arriba parecía más antiguo que el resto del bosque.

Ella ascendió sin prisa, apartando las hierbas con los dedos. Bajo el árbol solitario, el guerrero permanecía sentado, la espalda apoyada en el tronco, vigilante incluso en reposo, como si el mundo pudiera exigirle batalla en cualquier instante.

Una sombra descendió desde el cielo.

Un ave de alas amplias y plumaje oscuro, atravesado por destellos cobrizos, se posó con ligereza sobre el hombro de la bruja. Sus garras no la hirieron; parecían conocer el lugar exacto donde apoyarse. Sus ojos, dorados y redondos, no eran ojos de criatura simple.

—¿Por qué lo defiendes? —preguntó el ave, y su voz fue un murmullo grave, apenas distinto del viento.

Ella no se detuvo.

—No lo defiendo —respondió con calma—. Custodio lo que me hicieron jurar desde que nací..

El ave inclinó la cabeza, observando al hombre bajo el árbol.

—Huele a acero y a reino extranjero. No es del bosque.

—No —admitió ella.

El viento agitó su cabello, y por un instante su mirada se alzó hacia las montañas lejanas.

—Si el dragón le permitió cruzar el umbral —dijo al fin—, es porque tiene sus razones.

El ave guardó silencio, como si sopesara aquellas palabras en un tribunal que nadie veía.

—No he venido a juzgar sus intenciones, mi señora. Solo invoco la prudencia.

Ella alzó una ceja.

—¿Me llamas imprudente, pajarillo entrometido?

—Jamás sería esa mi intención —repuso Iris, inclinando apenas la cabeza—. No osaría ofenderla.

Una sombra de sonrisa cruzó el rostro de ella.

—Nunca lo harías, ahora dime lo que importa.

El ave no vaciló esta vez.

—Los reinos se agitan —dijo, sin preámbulo— Las fronteras arden, los estandartes han sido desenvainados como espadas.

—Más pronto de lo que esperabas

— El hierro marcha hacia el sur, las torres de Valdrenor han llamado a sus aliados, y Eryndor no responderá con palabras.
El viento cambió apenas, trayendo un olor distante, casi imperceptible.

—Aún no hemos sido llamado.

—Y lo que hiciste con las hijas de Ashalon fue imprudente.
El nombre quedó suspendido en el aire como una campana lejana.
—Entraron en terreno que no les pertenece —respondió ella con serenidad firme—. Este bosque no está hecho para conflictos. No lo permitiré.
—Ashalon no es un señor que tolere desaires.
—No fue un desaire —replicó—. Fue un límite.
El viento agitó las hierbas en torno a sus pies.
—Si hay consecuencias, las asumiré. Siempre he protegido estos dominios. Como lo hizo mi madre antes que yo. No por poder, sino por deber.
El ave la observó en silencio, como si buscara grietas en su determinación.
—Pronto tendrás visita —advirtió al fin—. Lo ocurrido en el río no pasará inadvertido. Ni para el mar… ni para los hombres.
Ella no respondió de inmediato. Sus ojos se deslizaron hacia el guerrero bajo el árbol, luego hacia el horizonte donde las montañas parecían escuchar.
—Entonces que vengan —dijo con voz baja, pero clara—. Mientras crucen mis fronteras con respeto, hallarán refugio. Si no… hallarán algo distinto.
El ave desplegó sus alas.

—Que el bosque te sostenga, Lirael —pronunció el ave, y su voz llevó el peso de antiguas raíces—. Porque lo que se acerca no pedirá permiso.
Ella sostuvo su mirada un instante más, sin temor.
—Y que los cielos no te mientan, Kaelthir —respondió con suavidad—. Vuela alto… y regresa si el horizonte se oscurece antes de tiempo.
Un destello cruzó los ojos dorados del ave, algo cercano al respeto.

Ella subió.

No con prisa, sino con esa cadencia antigua que parecía acompasarse al latido del bosque. La piedra húmeda de la torre guardaba el frío de la noche, pero sus manos no vacilaron al rozarla. Cada peldaño crujía apenas bajo su peso, como si la reconociera.

A lo lejos, las montañas dibujaban un perfil severo contra el cielo.

Ella se detuvo frente a él. La luz descendía entre las hojas y dibujaba sombras suaves sobre su rostro.

El guerrero la miró sin rodeos.

—¿Por qué me salvaste?

Ella inclinó apenas la cabeza, como si la pregunta le ofreciera un entretenimiento leve.

—Tal vez me aburría —respondió—. Los bosques son más interesantes cuando no están sembrados de muertos.

Él no devolvió el gesto.

—La ligereza de sus palabras me es ajena.

Ella lo observó con atención renovada, como si calibrara el peso que cargaba en los hombros.

—Entonces hablaré sin adornos, caballero —replicó, y su voz perdió el matiz juguetón—… ¿cómo debo llamarlo caballero?

El guerrero sostuvo su mirada un instante más largo de lo necesario.

—Arthen.

—Cuando dijiste que el problema estaba debajo de la cama del rey… ¿qué quisiste decir?

Sus ojos brillaron un instante, casi traviesos.

—Que los reyes temen más a lo que duerme bajo sus propias sombras que a cualquier enemigo en sus murallas.

—Eso no es una respuesta.

—No —admitió—. Y aún no es momento de darte una.

El viento cambió, más frío.

Él la estudió como si intentara descifrar un mapa invisible.

—Ese dragón me mató —dijo de pronto, con una mezcla de incredulidad y desafío—. Recuerdo el fuego. Recuerdo caer. Si esto no es la muerte… entonces dime qué es.

Ella soltó una risa clara, ligera como agua sobre piedra.

—Si esto fuera el cielo, habría menos dudas en tu rostro.

Él apretó la mandíbula.

—¿Por qué me salvaste? —repitió, esta vez sin ironía.

—Porque no era tu hora —respondió ella, más suave—. Y porque el dragón no quema lo que aún necesita.

La mención no pareció tranquilizarlo.

—Mi misión es matarte —dijo con franqueza áspera—. Lo sabes.

—Lo mas que claro

La serenidad de su respuesta lo descolocó.

De pronto, dio un paso hacia ella y la tomó de la muñeca, exigiendo algo más que palabras.



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En el texto hay: bruja, dragon, romance

Editado: 27.10.2026

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