El remolino apareció en el cielo del norte.
Las nubes comenzaron a girar sobre sí mismas, formando una espiral oscura que descendía lentamente hacia el bosque. El viento cambió de dirección. Las copas de los árboles se inclinaron, y las criaturas del bosque guardaron silencio.
Lirael alzó la mirada.
No necesitó esperar a que la figura descendiera para reconocerlo.
—Loreel… —murmuró.
Una sombra pálida atravesó el remolino. Por un instante, pareció un ave de alas extendidas que cortaba el cielo con una elegancia sobrenatural. Descendió entre las copas de los árboles y, antes de tocar el suelo, recuperó su forma original.
Un elfo de piel pálida y facciones delicadas se irguió frente a ella. Llevaba ropas elegantes, de tonos oscuros y bordados discretos, aunque bajo aquella apariencia refinada se adivinaba la disciplina de un guerrero. Su porte era orgulloso; sus movimientos, precisos.
Lirael cruzó los brazos.
—¿Desde cuándo has olvidado la cortesía, Loreel? —preguntó—. ¿Acaso ahora se atraviesan los dominios ajenos sin anunciar la llegada?
Él inclinó apenas la cabeza, sin llegar a disculparse.
—Percibí algo extraño en el cielo. Después, el viento me trajo un olor que no debería pertenecer a este lugar.
—¿Y eso te concede el derecho de entrar en el bosque sin presentarte ante mí?
Loreel la observó con atención.
—Huelo la sangre de un humano. Y la muerte lo sigue.
La expresión de Lirael se endureció.
—Entonces has venido hasta aquí para olfatear desgracias ajenas.
—He venido porque conozco las señales que otros prefieren ignorar.
—No hay guerra aquí, Loreel. No todavía. Y mientras no la haya, no tienes nada que buscar en mis dominios.
Él guardó silencio unos instantes. Después, su expresión cambió. El orgullo cedió ligeramente, dejando entrever una familiaridad que no habría mostrado ante ningún otro.
—Siempre has tenido una manera particular de recibirme.
—Y tú siempre has tenido una manera particular de ignorar mis advertencias.
Una sonrisa tenue apareció en los labios del elfo.
—Sé quién es ese humano, Lirael. O, al menos, sé lo suficiente para preocuparme. La espada que lleva no es una espada cualquiera. Está forjada con un acero capaz de quebrantar incluso la magia más poderosa.
Lirael soltó una risa suave, aunque sus ojos no compartieron la diversión.
—¿Y has cruzado medio cielo para advertirme de una espada?
—He cruzado el cielo porque sé lo que esa espada puede hacer.
—Entonces deberías regresar por donde has venido. Tu esposa debe de estar preguntándose dónde se encuentra su distinguido esposo. Y tu reino, sin duda, necesita que protejas sus fronteras en lugar de vigilar las mías.
La sonrisa de Loreel desapareció.
—No tenía elección.
—Siempre hay una elección.
—No cuando el deber habla más alto que los deseos.
Lirael lo miró durante largo rato. Por primera vez desde su llegada, la severidad de su rostro pareció ceder.
—Eso es algo que ambos conocemos demasiado bien.
El silencio que siguió fue distinto. Ya no pertenecía al bosque ni a la amenaza que había traído al visitante. Era un silencio antiguo, lleno de palabras que ninguno de los dos parecía dispuesto a pronunciar.
Loreel dio un paso hacia ella.
—Hay cosas que el tiempo no ha cambiado.
Lirael no retrocedió.
—El tiempo cambia más de lo que crees.
—No esto.
Él bajó la voz.
—La pureza de mi corazón todavía te pertenece, Lirael. Y siempre te pertenecerá.
Ella apartó la mirada.
Por un instante, pareció que iba a responder. Sus labios se entreabrieron, pero las palabras no llegaron. Había en su rostro algo que no era debilidad, aunque se le parecía lo suficiente como para inquietarla.
Finalmente, recuperó la compostura.
—No confundas lo que fuimos con lo que somos, Loreel.
—No lo confundo.
—Entonces deberías saber que hay puertas que no volveré a abrir.
Él la contempló con una tristeza serena, como si aquella respuesta no lo sorprendiera.
Y entonces lo vio.
A cierta distancia, entre los árboles, el guerrero había aparecido en el sendero. Permanecía inmóvil, con una mano cerca de la espada y la mirada fija en el elfo.
Loreel reparó en el arma que llevaba al cinto.
Su expresión cambió.
—Así que es él.
Sin esperar respuesta, se dirigió hacia el guerrero.
—¡Loreel! —lo llamó Lirael.
El elfo no se detuvo.
Ella avanzó tras él, y su voz perdió por primera vez aquella calma que parecía inquebrantable.
—¡Te he dicho que te marches!
Arthel se irguió al verlos acercarse. Su mirada pasó de Lirael al desconocido, deteniéndose en sus ropas elegantes, sus facciones pálidas y la seguridad con la que se movía por el bosque.
—¿Quién es este? —preguntó, con una frialdad que no consiguió ocultar del todo.
Loreel se detuvo frente a él.
—Eso mismo quisiera preguntarte yo, humano.
La mano de Arthel se cerró alrededor de la empuñadura de su espada.
—Estás en territorio ajeno.
—Y tú llevas un arma que no deberías poseer.
Lirael se interpuso entre ambos.
—Basta. Ninguno de los dos tiene derecho a convertir mi bosque en un campo de batalla.
Pero ninguno apartó la mirada del otro.
Arthel observaba al elfo con una hostilidad que no comprendía del todo. Loreel, por su parte, parecía haber encontrado en aquel guerrero la respuesta a una pregunta que llevaba demasiado tiempo temiendo formular.
Y entre ambos, Lirael comprendió que la paz del bosque acababa de volverse mucho más frágil.