Narra Estefanía
Christopher y yo caminamos hacia la cueva.
Durante unos minutos ninguno de los dos dijo nada. El silencio se mantuvo entre nosotros hasta que Christopher decidió romperlo.
—Voy a presentarte a nuestros aliados. Ellos nos han estado ayudando con las investigaciones durante todos estos años.
Lo miré con curiosidad.
—¿Y cómo consiguieron mantener tantos aliados durante tanto tiempo? Ellos no son inmortales.
Christopher asintió.
—Ha sido difícil. Sobre todo al principio. Pero mientras más años pasan con Vor’Kael en el poder, más personas deciden unirse a nosotros.
Continuó caminando a mi lado.
—Además, algunos de nuestros aliados viven muchísimos más años que los humanos y envejecen mucho más despacio. Eso nos ha permitido conservar a varios miembros durante largos periodos sin tener que buscar reemplazos constantemente.
Asentí.
No dije nada más.
Mientras continuábamos avanzando, no pude evitar pensar en todo lo que mis guardianes habían hecho durante mi ausencia.
Habían investigado.
Habían encontrado aliados.
Habían luchado.
Y, de alguna manera, habían mantenido viva la resistencia durante todos aquellos años.
Todo por proteger los Cinco Mundos.
Sentí un peso extraño en el pecho.
Habían cargado con una responsabilidad que también me pertenecía.
Ahora estaba de regreso.
Y por el bienestar de los Cinco Mundos, lucharía contra cualquiera que pretendiera destruirlos.
Finalmente llegamos a la cueva.
Apenas nos acercamos, reconocí al muchacho que había detenido antes de dirigirme al campo de batalla.
En cuanto nos vio, deshizo la barrera y salió corriendo.
—¡Mi señor!
Antes de que pudiera reaccionar, se lanzó sobre Christopher y lo abrazó.
Me aparté ligeramente.
Vaya... sí que es efusivo.
Christopher le dio un par de palmadas en la espalda.
—Lukael...
El muchacho continuaba abrazándolo.
—Lukael, compórtate.
—¿Qué?
Christopher señaló discretamente hacia mí.
—Estás frente a la diosa Kael’Varya.
Lukael se quedó completamente inmóvil.
Muy despacio se separó de Christopher.
Después giró la cabeza hacia mí.
Sus ojos se abrieron tanto que tuve que contener una sonrisa.
—¿Habla en serio, mi señor?
Christopher arqueó una ceja.
—¿Crees que bromearía con algo así?
Lukael volvió a mirarme.
—¿Ella...?
Señaló hacia mí con incredulidad.
—¿Ella es nuestra diosa?
No pude evitarlo.
Su expresión era tan genuina que una pequeña risa escapó de mis labios.
Lukael palideció.
Inmediatamente cayó de rodillas frente a mí.
—¡Discúlpeme, mi diosa!
Parpadeé sorprendida.
—He sido un maleducado con usted. No sabía quién era.
Inclinó profundamente la cabeza.
—Es un honor estar en su presencia.
Lo observé durante unos segundos, todavía divertida por el cambio tan repentino en su comportamiento.
Entonces Lukael levantó la cabeza y miró nuevamente hacia Christopher.
La sorpresa de su rostro comenzó a transformarse en algo diferente.
Esperanza.
—Entonces...
Se puso lentamente de pie.
—¿Esto significa que por fin vamos a terminar esta guerra?
Christopher y yo nos quedamos mirando. Ambos sabíamos que nuestra victoria era incierta. Enfrentarnos a un solo comandante ya había sido difícil; ni siquiera queríamos imaginar qué ocurriría si teníamos que luchar contra los hijos de Vor’Kael o contra comandantes de mayor rango.
Iba a decir algo, pero Christopher se me adelantó.
—Si seguimos entrenando y avanzando con las investigaciones, lo lograremos.
Lukael pareció recuperar el ánimo de inmediato. Emocionado, comenzó a caminar hacia donde se encontraban los demás.
Antes de que Christopher pudiera seguirlo, lo sujeté del brazo y señalé mi cabeza. Él entendió enseguida. Asintió y establecimos la conexión telepática.
—¿Por qué le dijiste eso? —le reclamé mentalmente—. ¿Y si no conseguimos hacerlo a tiempo? ¿Y si no ganamos? No vas a desmoronarlo solo a él, sino también a todos nuestros aliados.
La respuesta de Christopher llegó con una serenidad que me desconcertó.
—No te preocupes, madre. En una guerra hay que mantener motivados a quienes luchan. La esperanza hace que peleen con todo lo que tienen. Si desde ahora les decimos que probablemente perderemos, algunos podrían rendirse incluso antes de luchar.
Entendía lo que quería decir. Aun así, asegurar que todo saldría bien me parecía demasiado fantasioso. No teníamos ninguna certeza de que fuera así.
Pero trataría de comprenderlo.
Cuando entramos, descubrí que Lukael ya se había encargado de anunciarles a todos que yo era la diosa Kael’Varya.
En cuanto me vieron, varias personas se acercaron. Algunos tenían lágrimas recorriéndoles el rostro; otros cayeron de rodillas e inclinaron la cabeza ante mí. Escuché voces diciéndome que habían esperado mi llegada durante muchísimo tiempo. Otros ni siquiera podían hablar. Se limitaban a llorar mientras tomaban mis manos.
No sabía cómo reaccionar.
Una mujer se acercó temblando y tomó una de mis manos entre las suyas. No dijo nada. Simplemente cerró los ojos y comenzó a llorar mientras la sostenía.
Miré alrededor.
Había personas de diferentes edades frente a mí. Algunas mostraban heridas y cicatrices. Otras tenían el rostro marcado por el cansancio. No sabía cuánto tiempo llevaba cada una luchando ni qué habían perdido durante todos esos años, pero sus miradas tenían algo en común.
Esperanza.
Y toda esa esperanza estaba depositada en mí.
Sentí que la respiración se me hacía más pesada.
Hasta ese momento sabía que existían personas que me veneraban. Era consciente de lo que Kael’Varya significaba para ellos. Pero saberlo era muy diferente a tenerlos frente a mí, arrodillados, llorando y mirándome como si mi sola presencia significara que todavía existía una posibilidad de ganar.