Narra Estefanía
Cuando terminamos de guardar las cosas de la habitación donde se encontraba Diego, Christopher se acercó a la cápsula y pronunció un hechizo:
—¡Vael’Min Ethal’Kor!
Una corriente de aire comenzó a formarse alrededor de ella, obligándome a retroceder unos pasos.
Observé cómo la cápsula se reducía poco a poco hasta alcanzar un tamaño lo suficientemente pequeño para que Christopher pudiera sostenerla entre sus manos.
Cuando el hechizo terminó, la recogió con cuidado y la guardó.
Antes de salir, eché un último vistazo al lugar.
Hacía apenas unos minutos, aquella habitación parecía un laboratorio equipado con tecnología extraordinaria. Ahora no quedaba nada de eso.
Era una simple cueva.
Nos dirigimos hacia donde se encontraban los demás. Todos habían terminado de recoger sus pertenencias y nos esperaban para marcharnos.
Rodrigo se colocó en el centro del grupo, extendió las manos y pronunció una invocación:
—¡Vael’Tharys Nor’Kael, Aeris’Vorn Ethal’Naer!
Frente a nosotros comenzó a abrirse un portal, lo suficientemente grande para permitirnos pasar a todos.
Sin embargo, mientras los demás se preparaban para cruzarlo, noté algo extraño.
Rodrigo estaba cada vez más pálido.
Comprendí que probablemente aún no se había recuperado por completo de la misión que habían realizado mientras yo permanecía encerrada.
Me acerqué a él, cerré los ojos y repetí las mismas palabras que acababa de pronunciar:
—¡Vael’Tharys Nor’Kael, Aeris’Vorn Ethal’Naer!
Al finalizar la invocación, el portal aumentó de tamaño y su energía se estabilizó.
Rodrigo giró la cabeza hacia mí.
Me sonrió.
—Gracias, madre. Pensé que ya me había recuperado.
—No te preocupes. Ahora ya puedo ayudarte.
Él asintió y permanecimos juntos mientras los últimos integrantes del grupo atravesaban el portal.
Después cruzamos nosotros.
Apenas ingresé al Vael’droth Kaer’vyn, el Mundo del Corazón, percibí un aroma que despertó en mí una extraña nostalgia.
Cerré los ojos y respiré profundamente.
Era dulce.
El aire se sentía ligero, casi como si aquel lugar me estuviera dando la bienvenida. No tenía la misma pesadez que había percibido en Ozar.
Cuando abrí los ojos, descubrí que también nos encontrábamos en un bosque.
Pero era completamente diferente.
Había flores de colores intensos que parecían iluminar el paisaje. Los árboles poseían formas extraordinarias, como si alguien hubiera dedicado años a moldear cuidadosamente cada uno de sus troncos y ramas.
Me quedé contemplándolo todo.
Era hermoso.
Mariana se acercó a mí.
—Este era tu mundo favorito en tu vida pasada, madre.
La miré con curiosidad.
—¿De verdad?
—Sí. Había muchísima vegetación y sus habitantes respetaban profundamente la naturaleza. Cuidaban de ella y de todas las criaturas que vivían aquí.
Su expresión se ensombreció.
—Pero después de que moriste y Vor'Kael comenzó a gobernar los mundos, todo cambió.
Volví la mirada hacia el bosque.
—¿Qué ocurrió?
—Sus habitantes también cambiaron sus creencias. Ahora sería peligroso que te acercaras a las zonas pobladas. La mayoría practica una magia vinculada a la naturaleza, pero corrompida por la oscuridad.
Mariana hizo una pausa.
—Ya no es como antes. Solo unos pocos continúan utilizando la magia que aprendieron de ti y de las antiguas deidades.
Sentí una opresión en el pecho.
—Incluso tuvimos que poner en hibernación a muchas especies —continuó—. Los habitantes actuales estuvieron a punto de exterminarlas.
Observé nuevamente aquel bosque.
Sus flores, sus árboles, el aroma dulce que todavía flotaba en el aire...
¿Cómo era posible que un mundo tan hermoso hubiera sufrido semejante transformación?
Me entristecía pensar que un lugar que alguna vez había amado tanto estuviera siendo corrompido.
Pero, sobre todo, pensé en aquellos animales.
Pobres criaturas.
Ellos no tenían la culpa de nada.
—¿Dónde están las criaturas que pusieron en hibernación? —le pregunté a Mariana.
—En nuestro mundo. Allí se encuentran y, cuando todo vuelva a la normalidad, podremos volver a poblar los mundos.
Me acerqué un poco más a ella.
—Espero que sea pronto —respondí en voz baja.
Mariana me dedicó una sonrisa triste.
—Esperemos que así sea, madre.
Seguimos a los demás, que comenzaban a internarse en lo profundo del bosque.
No recordaba aquellos paisajes y, sin embargo, deseaba hacerlo. Quería recuperar los recuerdos de ese lugar, comprender por qué alguna vez había sido mi mundo favorito y qué significaba para mí.
Después de caminar durante un tiempo, llegamos a un claro.
Frente a nosotros se levantaba una enorme pared de roca.
Miré a Eduardo.
—¿Y cómo vamos a pasar por ahí?
Una sonrisa cómplice apareció en su rostro.
—Con la ayuda de Ernaeth.
Busqué con la mirada al susodicho.
Ernaeth se adelantó hasta quedar frente a la pared de piedra. Era un joven que aparentaba tener unos cuantos años más que yo.
Eduardo me indicó que retrocediera.
—Aléjate un poco. Esto puede ponerse algo turbulento.
No protesté. Simplemente retrocedí unos pasos.
Ernaeth cerró los ojos y pronunció una invocación:
—¡Lun’Vael Ethara, Lun’Shael Naerys… Vaer’Nael!
Una energía comenzó a emerger de su pecho.
Ante mis ojos apareció una criatura de pelaje negro cuyo aspecto me recordó inmediatamente al de un oso hormiguero.
La criatura se colocó junto a Ernaeth.
Él sonrió y acarició suavemente su cabeza.
—Amigo, ayúdame a hacer una cueva.
Después miró a Christopher.