Keika

La pregunta incómoda y el remordimiento

Un día, tiempo después de aquella tarde en la playa, Angélica me miró a los ojos y me hizo una pregunta completamente inesperada:

—Anabel, ¿vos me querés?

Ahora, mirando hacia atrás con los años, me resulta una interrogante sumamente extraña; creo que ninguna de las otras señoras que nos cuidaron en casa me hizo semejante planteo ni antes ni después.

La realidad era compleja: Keika solía ser un poco brusca conmigo en el trato diario y yo, con mi temperamento un poco rebelde, no terminaba de aceptarla del todo en el hogar. Eso era algo atípico que jamás me había pasado con el resto del personal.

Presa de esa honestidad brutal y caprichosa que a veces tenemos los niños, la miré fija y le respondí con un seco: «No».

Al instante, vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas en un silencio herido. Ver su dolor me provocó un remordimiento tremendo que me golpeó el pecho.

En ese preciso segundo entendí que las cosas no eran tan blancas o negras: a mi manera, yo sí le tenía un profundo afecto, solo que el orgullo de gurisa me impedía demostrarlo. El alejamiento posterior de la casa me dejó una sensación de pena y melancolía; o tal vez, quién sabe, ese cariño se lo fui teniendo y reconociendo a medida que los años anduvieron su curso y la madurez me ayudó a entenderla.

Los tejidos de Keika

Angélica, nuestra querida Keika, era una verdadera máquina con las lanas. Ella tejía para afuera para ganarse unos pesos extra, y tenía una destreza imponente: lo hacía de forma rapidísima y con una prolijidad perfecta. En una de esas tardes de cuidado, se tomó el tiempo de enseñarme un punto calado muy especial, con el cual me entusiasmé tanto que intenté confeccionar un buzo entero por mi cuenta.

A la distancia, reconozco que el diseño tal vez me hubiera quedado precioso si no fuera por el hecho de que yo misma terminé arruinando el trabajo por completo. En un momento de la hilada creí que estaba cometiendo un error en el patrón, me dio el ansia de corregirlo y lo quise enmendar sobre la marcha sin saber bien cómo.

Como solemos decir siempre en el Uruguay: ¡a veces el remedio termina siendo muchísimo peor que la enfermedad! La prenda quedó deforme y el buzo pasó a la historia, pero el recuerdo del punto de Keika quedó intacto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.