Keika

En la zorra del tractor

La vida diaria en la estancia de Durazno estaba íntimamente ligada a los humores del arroyo Tala. En épocas de grandes lluvias, salir del campo se transformaba en una verdadera odisea. Mi abuelo Tata —o quizás algún antepasado de la dinastía— había construido una calzada de piedra artesanal en la parte más angosta del cauce. Años más tarde, mi padre, el Gitano, analizando el problema con muy buen tino, decidió encarar una obra para subir el nivel de ese paso más de medio metro y ganarle terreno a las crecidas. La idea, sobre el papel, era excelente; el único inconveniente es que mi padre la dejó por la mitad. Y en el campo, una obra sin terminar no sirve de mucho cuando la naturaleza brama: el agua subía con violencia y el paso se volvía igual de intransitable.

Por eso, en la estancia manejábamos estrictamente tres salidas alternativas según el almanaque. La primera era la calzada a medio terminar. La segunda obligaba a bajar casi hasta el propio cauce del Tala porque, si uno intentaba enfilar "derecho" hacia el camino principal, se topaba con unos bañados intransitables que se tragaban las ruedas. La tercera salida, reservada exclusivamente para las sequías del verano, se ubicaba en una zona del arroyo donde solíamos ir a bañarnos; allí el cauce se cortaba, o casi, dejando al descubierto un banco de arena firme que permitía el paso.

Recuerdo con total nitidez un día de inundación brava en el que tuvimos que evacuar la estancia utilizando la mítica zorra del tractor. Para protegernos, los grandes colocaron unos nylon gruesos y fuertes cubriendo de punta a punta el piso del remolque, que era de tablones. El nivel de la crecida era tan descomunal que el agua empujaba desde abajo y buscaba colarse de forma implacable por los intersticios y las rendijas de las maderas; solo esos plásticos salvadores en el fondo evitaron que termináramos medio empapados en medio del traqueteo por el Tala.

La guardiana del Tala

Keika no solo se ganaba el sueldo cuidándonos en las casas; también se transformaba en nuestro ángel guardián cada vez que bajábamos a refrescarnos al arroyo cercano al campo de mi madre en los meses de calor.

El baño veraniego en Durazno tenía sus propias reglas y un enemigo implacable: los tábanos. Esos insectos de campo eran verdaderos criminales que nos asesinaban a picotazos si se nos ocurría sacar la cabeza fuera del agua por un segundo; ¡tenían una fuerza para picar que se sentía como un fuego en la piel!

Nuestra única salvación era mantener el cuerpo y la cabeza sumergidos la mayor parte del tiempo, dejando solo la nariz afuera. Y allí, plantada en la orilla sobre la arena caliente, permanecía siempre Keika vigilando el campamento, espantando los bichos y controlando que ninguna cabeza infantil se perdiera en la corriente del Tala.

Conservo una fotografía espectacular de aquellas épocas. No estaba segura de si corresponde exactamente a esa evacuación o a otra vuelta en la que fuimos simplemente al arroyo a nadar, pero recordaba un detalle indiscutible de esaa imagen: Keika está metida en la escena, firme junto a nosotros. Terminé encontrándola en unas fotos que me pasó Irene. Por la ropa, trajes de baño y algunas toallas, era de una ida a disfrutar del agua ¡y a cuidarnos de los tábanos!




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