Kenkyona reigi

Capítulo 27: La geometría del dolor

El quinto día de rotación comenzó con un desconcierto general. En lugar de ser conducidos a un patio de tierra, una pista de carreras o un gimnasio de suspensión, el Grupo Uno fue guiado al interior de un edificio de piedra y conducido a un aula iluminada por ventanales altos.

Allí los aguardaba Felix Weber. El maestro del ingenio vestía una túnica militar ajustada, sin insignias de peso ni protecciones gruesas. Estaba parado junto a un gran pizarrón cubierto de esquemas anatómicos, vectoriales y diagramas de palancas musculares.

—Siéntense —ordenó Felix con voz tranquila.

Los reclutas se miraron entre sí, dudosos. Tras cuatro días seguidos de tortura física destructiva a manos de Bruno, Lukas, Matthias y Hannah, encontrarse sentados en pupitres de madera parecía una trampa. Máximo ocupó un asiento en la segunda fila, mirando a su alrededor y pensando si esto era algún tipo de broma antes del verdadero castigo.

—En un combate real, tener más fuerza que el rival no lo es todo —comenzó Felix, dando unos golpecitos con una tiza de madera contra la mesa—. Ser más rápido tampoco garantiza la victoria si no sabes hacia dónde te diriges. Golpear sin sentido solo agota tus recursos. Para vencer con eficiencia, deben comprender el cuerpo humano a la perfección. Saber exactamente dónde y cuándo aplicar la presión.

El maestro inició una cátedra densa. Explicó con minuciosidad las articulaciones principales, los puntos de presión nerviosa y la fragilidad del centro de gravedad. Mostró cómo una pequeña fuerza aplicada en la dirección correcta de una articulación podía anular por completo a un oponente el doble de pesado, o cómo desplazar la cadera unos pocos centímetros hacía que el propio peso del rival trabajara en su contra.

Para Máximo, la teoría resultaba abrumadora. Él no era un estratega de salón ni un académico; su aprendizaje siempre había sido empírico, construido sobre la base de recibir golpes y responder en el terreno. Sin embargo, conforme Felix explicaba cómo romper el equilibrio desalineando la columna, Máximo tuvo un chispazo de comprensión.

Entonces eso era lo que Shadow hacía conmigo, pensó, recordando cómo la comandante lo manipulaba durante sus enfrentamientos en Varkenia como si fuera una pluma, rompiendo su postura sin necesidad de emplear una fuerza bruta descomunal.

Al llegar el mediodía, la cabeza de los soldados echaba humo. Estaban exhaustos mentalmente de procesar tanta anatomía, vectores de fuerza y física aplicada al combate.

Tras un almuerzo breve, Felix los llevó a un patio despejado.

—Es hora de poner en práctica lo que estudiamos —anunció el maestro—. Quiero que apliquen los desvíos de equilibrio y la búsqueda de articulaciones vulnerables.

Los soldados intentaron emparejarse y ejecutar la teoría, pero el entrenamiento práctico se les complicó enormemente. Intuir el centro de gravedad en un diagrama era fácil; hallarlo en un cuerpo en movimiento resultaba casi imposible.

Viendo los torpes intentos del grupo, Felix suspiró.

—Es mejor si se los enseño directamente —dijo, dando un paso al frente—. Tú, ven. Atácame como quieras.

Un recluta avanzó y lanzó un puñetazo directo con toda su fuerza. Felix no bloqueó. Desvió el brazo del soldado con un roce mínimo en la muñeca, enganchó el tobillo del agresor con la punta de su bota y, aprovechando la misma inercia del ataque, lo hizo dar una vuelta en el aire antes de estrellarlo contra el suelo.

El soldado quedó tendido en la tierra, mirando al cielo sin entender qué acababa de ocurrir.

—No empujes su brazo —corrigió Felix con serenidad—. Haz que él lo mueva. No necesitas derribarlo con fuerza; solo necesitas que coloque mal un pie.

Pasaron varios soldados, cayendo uno a uno ante la aterradora eficiencia del maestro. Finalmente, le tocó el turno a Máximo.

El joven dio un paso al frente, asentando firmemente los pies. Por experiencia previa, Máximo sabía que si permitía que Felix despegara sus pies del suelo o rompiera su postura, estaría completamente a su merced. Avanzó despacio, midiendo cada milímetro.

Máximo lanzó un golpe medido. Felix atrapó su muñeca e intentó tirar de él para desplazar su centro de gravedad. Anticipando la jugada, Máximo plantó la cadera y tiró fuertemente hacia atrás para no ser movido.

Pero Felix no luchó contra la fuerza de Máximo: la aprovechó. En el instante preciso en que Máximo ejercía la máxima tensión de tracción, Felix soltó la muñeca de golpe y avanzó hacia él. La repentina pérdida de resistencia hizo que Máximo tambaleara hacia atrás.

Máximo reaccionó de inmediato recuperando la guardia y lanzó un poderoso contraataque cargado. Justo en el milisegundo en que asentaba el pie para dar el impulso final, Felix le dio un leve toque con la punta de la bota en la parte posterior de la rodilla.

La pierna de Máximo cedió por reflejo físico y el muchacho colapsó hacia adelante.

Antes de que pudiera apoyarse en las manos para reincorporarse, Felix ya se había deslizado a su espalda. Con una fluidez espeluznante, rodeó el cuello de Máximo con el brazo, cerrando un mataleón perfecto.

Máximo se desesperó, sujetando el brazo del maestro e intentando aplicar toda su fuerza muscular para zafarse del estrangulamiento. Fue inútil. El agarre no dependía de la masa muscular de Felix, sino de la presión exacta ejercida sobre la arteria carótida.

—No necesito hacer mucha fuerza —le susurró Felix al oído con tono calmado mientras el mundo de Máximo comenzaba a oscurecerse—. Tú solo te vas a quedar sin oxígeno.

Instantes antes de que perdiera el conocimiento por completo, el maestro liberó la presión. Máximo cayó sobre la tierra de rodillas, tosiendo violentamente y tragando bocanadas desesperadas de aire mientras el pulso le retumbaba en los oídos.

—Siguiente —llamó Felix con absoluta frialdad.

Máximo se arrastró hacia un rincón para recuperarse, observando cómo los demás compañeros sufrían el mismo destino. Ninguno lograba descifrar la técnica de Felix; era como intentar pelear contra la física misma.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 12.10.2026

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