El aire en el patio central de Kriegstal estaba cargado de una electricidad palpable. Reclutas de la fortaleza y soldados de la delegación de Varkenia abarrotaban las gradas de piedra y los bordes del perímetro, murmurando con emoción. Nadie quería perderse un solo segundo del espectáculo.
El Comandante Antón caminó hacia el centro del terreno elevado, rodeado por la masa de espectadores. Levantó la mano derecha y la multitud guardó un silencio instantáneo.
—Daremos inicio a las exhibiciones —anunció Antón con su voz grave y resonante—. El primer encuentro será entre Bruno Hartmann y Lukas Schneider.
Los dos maestros avanzaron al centro de la arena gigante. Bruno se despojó de la casaca militar, exhibiendo una musculatura imponente y unos hombros anchos como paredes. Lukas, por su parte, se ajustó los vendajes de las muñecas con una sonrisa tranquila y despreocupada.
Antón dio la señal de inicio y el choque comenzó.
Bruno avanzó de frente sin titubear, acortando distancia como un toro embravecido. Lukas no intentó retroceder; se lanzó directo al choque, conectando tres golpes ráfaga en el rostro y el plexo de Bruno en menos de un segundo.
¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
Los impactos sonaron secos, pero Bruno ni siquiera pestañeó. Flexionó los brazos y se abalanzó hacia adelante con las manos abiertas, buscando un agarre de oso para aplastar al maestro de la velocidad. Lukas reaccionó por instinto, arqueando la espalda para esquivar a duras penas las garras de Bruno. La maniobra fue tan al límite que Lukas casi pierde el equilibrio al pisar tierra.
Bruno no dejó pasar el error: giró sobre su pierna de apoyo y descargó una patada brutal a la cadera de Lukas.
¡BOOM!
El golpe envió a Lukas a volar casi tres metros antes de que este lograra rodar sobre la tierra y reincorporarse de un salto. Lukas se limpió una gota de sangre del labio con el dorso de la mano y sonrió con ganas. Bruno le devolvió una carcajada estruendosa. Ambos se estaban divirtiendo.
Lo que siguió fue una persecución encarnizada por toda la arena. Lukas se convirtió en un borrón de velocidad, atacando a Bruno desde todos los ángulos imaginables. Bruno, consciente de que no podía superar esa agilidad, mantenía la guardia cerrada, lanzando puñetazos devastadores para cortar los desplazamientos de Lukas y obligarlo a arriesgarse.
Los reclutas observaban con la boca abierta. Ninguno de los dos maestros había mostrado semejante despliegue durante las jornadas de entrenamiento.
Finalmente, tras minutos de tensión pura, el tiempo de exhibición concluyó. Antón entró al terreno y alzó la mano de Lukas.
—¡Ganador por puntos: Lukas Schneider! —proclamó el Comandante.
Ambos estaban visiblemente agotados, empapados en sudor. Bruno palmeó la espalda de Lukas con tanta fuerza que casi lo hace caer.
—La próxima vez intentaré no acercarme tanto a esos brazos —bromeó Lukas, respirando con dificultad.
La multitud estalló en vítores y aplausos. Sin dar tiempo a que la emoción se enfriara, Antón anunció la segunda pelea.
—Segundo encuentro: Hannah Müller contra Matthias Keller.
La maestra de la agilidad y el coloso del aguante se colocaron frente a frente. Hannah adoptó su postura ligera y flotante; Matthias permaneció erguido, con los puños a los costados y la mirada apática de siempre.
Hannah tomó la iniciativa. Se deslizó por la arena y conectó una patada ascendente directa al estómago de Matthias.
El maestro del aguante ni se inmutó. Con una frialdad pasmosa, lanzó un zarpazo para enganchar la pierna de Hannah, pero ella ya se había retirado en el aire. Hannah cayó de pie y comenzó a orbitar a su alrededor, lanzando ráfagas de golpes precisos a las articulaciones, la cara y los costados de Matthias.
Matthias intentaba atraparla o conectar un golpe directo, pero Hannah era inalcanzable. Cambiaba de dirección instantáneamente, usando cada desvío para posicionarse a la espalda del gigante. Sin embargo, los impactos de Hannah, aunque precisos, no lograban tumbar la muralla física de Matthias.
—Qué molesta es tu forma de pelear —refunfuñó Matthias mientras recibía dos golpes secos en los pómulos.
—Ese es el punto —respondió Hannah con una sonrisa serena mientras se deslizaba fuera de su alcance.
A pesar de la evasión constante, Matthias comenzó a cerrar gradualmente el espacio, recortando los márgenes de movimiento de la maestra. En un movimiento calculado, logró acorralar a Hannah cerca del límite de la arena. Matthias descargó un derechazo masivo con la intención de liquidar el encuentro.
Hannah supo que no podría esquivarlo por completo. En lugar de bloquear, absorbió parte del choque contra su hombro, utilizando la inercia de la fuerza de Matthias para girar sobre su eje y descargar una patada giratoria concentrada en la sien del coloso.
¡CRACK!
El impacto hizo que Matthias diera dos pasos hacia atrás, desestabilizado por primera vez en toda la jornada. Hannah cayó al suelo sobre una rodilla, acusando el dolor del golpe recibido, pero manteniéndose en pie.
El tiempo terminó y Antón anunció el veredicto.
—¡Ganadora por acumulación de puntos: Hannah Müller!
Matthias se pasó la mano por la mandíbula con gesto irritado, aunque en el fondo respetó la estrategia de su rival. Las gradas volvieron a rugir de entusiasmo.
A un costado del perímetro, Máximo y Timicha contemplaban la arena con la boca entreabierta, procesando la escala de poder de los Pilares.
—Esto es de locos... —susurró Timicha.
De pronto, Antón regresó al centro de la tierra batida.
—Para el último encuentro —declaró el Comandante mirando a las tropas—, el maestro Felix Weber se enfrentará a mí.
La multitud quedó en absoluto silencio por un segundo antes de que los murmullos se dispararan. Antón levantó la mano para explicar la situación: