Kenkyona reigi

Capítulo 31: La sombra que se extiende sobre el sur

El resplandor del portal se extinguió a sus espaldas, dejando tras de sí un halo de aire distorsionado que volvió a normalizarse. El contingente de Varkenia no tuvo un solo segundo para asentarse. El ambiente en el patio principal de la base militar no era el de una llegada triunfal, sino el de un hormiguero sacudido por una tormenta.

Sirenas de alarma resonaban en la distancia, acompañadas por el estruendo constante de motores de camiones, órdenes gritadas a viva voz y el chocar metálico de pertrechos militares. Cientos de soldados se movían en todas direcciones en una coreografía apresurada pero metódica.

—¡Escuadrones dos y cuatro, muevan las cajas de suministros al convoy B! ¡Las aeronaves de reconocimiento salen en diez minutos! —gritaba un oficial mientras pasaba corriendo.

Andrés, todavía respirando con dificultad por el agotamiento del Vael espacial, fue sostenido por dos compañeros de su unidad.

—Buen trabajo, Andrés. Nosotros nos encargamos desde aquí —le dijo uno de los soldados, pasándole el brazo por el hombro para llevarlo hacia la tienda médica.

Rápidamente, la formación que había cruzado desde Kriegstal se dispersó. Cada veterano y recluta corrió hacia sus respectivos bloques para reportarse. Sin embargo, Máximo y Timicha, al no tener una unidad asignada permanentemente tras su entrenamiento especial, se desplazaron con paso firme hacia el edificio central de la comandancia.

Subieron a toda prisa las escaleras de piedra hasta llegar a la oficina principal de la comandancia del sector. Máximo no dudó y golpeó la puerta de madera maciza tres veces antes de abrirla.

En el interior, detrás de un escritorio sepultado bajo mapas topográficos, informes de inteligencia y tazas de café frías, un hombre de rostro marcado por la fatiga y cabello entrecano revisaba documentos a marchas forzadas. Tenía el uniforme desabrochado en el cuello y los ojos congestionados por la falta de sueño.

—¡Señor! —dijeron Máximo y Timicha al unísono, realizando un saludo militar impecable—. Nos reportamos de inmediato. Nos enteramos de la movilización.

El oficial levantó la mirada, sorprendido por la velocidad con la que habían llegado desde la lejana fortaleza norteña. Dejó la pluma sobre el escritorio y dejó escapar un largo suspiro, llevándose ambas manos a la cabeza con profunda frustración.

—Agradezco que hayan venido tan rápido —dijo con voz áspera—. Toda ayuda es crítica en este momento.

El hombre se erguíó en la silla y los miró directamente.

—Creo que aún no me he presentado formalmente. Soy el Coronel Carlos, al mando de la logística y despliegue táctico de este sector. Y me temo que la situación en la que estamos es la peor posible.

Máximo y Timicha intercambiaron una mirada seria mientras se acercaban a la mesa.

—¿Qué ocurrió con las negociaciones, Coronel? —preguntó Timicha.

—Fracasaron por completo —respondió Carlos, golpeando suavemente un mapa desplegado en el centro de la mesa—. Todo intento de llegar a un acuerdo diplomático fue rechazado. Los diplomáticos del país de Nanseikoku no vinieron a negociar; vinieron a entregar un ultraje. Exigieron formalmente que les cedamos de inmediato todos nuestros territorios del sur: la región de Surarada.

Máximo observó el área señalada en el mapa. Era una franja extensa de campos verdes que bordeaba la frontera.

—Surarada es el granero de Varkenia —murmuró Máximo—. Las tierras agrícolas más fértiles del país.

—Así es —asintió el Coronel Carlos con pesadez—. Nanseikoku es una nación pequeña. Su territorio apenas alcanza una cuarta parte del nuestro. Sé perfectamente por qué lo hacen: su tierra es árida, carecen de espacio agrícola y su gente enfrenta una hambruna devastadora si no consiguen recursos pronto. Entiendo su desesperación... pero nosotros tampoco podemos simplemente entregar las tierras que alimentan a nuestra propia población. Les ofrecimos tratados comerciales, cuotas de grano a bajo costo, ayuda humanitaria... pero rechazaron todo. Quieren la totalidad del territorio o nada.

El Coronel apretó los puños contra la mesa.

—Ahora la guerra es inevitable. Y lo peor de todo... es que Nanseikoku cuenta con una fuerza de combate que altera completamente el equilibrio del conflicto.

Un silencio pesado se instaló en la habitación.

—¿A qué se refiere, señor? —preguntó Máximo.

—Reportes confirmados de inteligencia indican que en sus filas de vanguardia han desplegado a una combatiente legendaria —dijo Carlos bajando la voz—. Una mujer conocida como "La Santa de la Vista: Karasu".

Al escuchar ese nombre, Máximo frunció el ceño. Para él, la denominación "Santa" sonaba distante, casi como un título honorífico. Sin embargo, a su lado, vio cómo Timicha se tensaba visiblemente. Su compañera conocía a fondo los registros de los grandes usuarios de Vael del continente, y el mero apodo bastó para congelar su expresión.

Carlos notó la reacción, pero no dio más detalles.

—Bajo mi autoridad —continuó el Coronel poniéndose de pie—, les ordeno que se preparen para el choque inminente. El transporte aéreo que los llevará a la línea de frente sale en breve. Alisten su equipo personal de inmediato.

—¡Sí, señor! —respondieron ambos, firmes en su saludo antes de dar media vuelta y salir de la oficina.

Mientras caminaban por los abarrotados pasillos del cuartel para recoger sus pertenencias, entre la multitud de soldados que corrían ajustando sus mochilas, una figura alta y robusta llamó la atención de Máximo.

El joven vestía el uniforme táctico sin mangas, dejando al descubierto unos brazos notablemente más anchos y marcados por el esfuerzo físico. Llevaba el cabello un poco más largo de lo habitual, cayéndole de forma desenfadada sobre la frente.

—¿William? —llamó Máximo.

El muchacho se giró de golpe. Al reconocerlos, una enorme sonrisa rompió el gesto tenso de su rostro.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 12.10.2026

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