Kenkyona reigi

Capítulo 32: El suelo sangriento de Surarada

El rugido amortiguado de las hélices y los motores de turbina llenaba el fuselaje del transporte militar. En el interior del tercer avión de despliegue, el ambiente era glacial. A diferencia de las bromas habituales o las conversaciones relajadas que solían tener en los barracones, los soldados permanecían en un silencio denso, cabizbajos, con los cascos firmemente ajustados y las manos apretadas sobre sus fusiles o armas tácticas.

Nadie sonreía. Todos sabían que esta vez no se trataba de una maniobra de entrenamiento ni de una exhibición en una arena cerrada; la guerra significaba vidas perdidas, sangre real y compañeros que jamás regresarían a casa.

Máximo permanecía sentado en la banca metálica, con la espalda apoyada contra el casco de la aeronave. A sus lados, Timicha y William observaban el suelo metálico con la misma gravedad.

—No hay vuelta atrás —murmuró William en voz baja, apenas audible entre el estruendo de los motores—. Es aterrador ver lo rápido que cambia todo.

—Lo es —respondió Timicha, ajustándose las coderas de su uniforme—. Pero si nos quedamos congelados por el miedo, más personas van a morir.

Máximo levantó la vista y miró a sus dos amigos. Cerró las manos en puños sobre sus rodillas, sintiendo la firmeza de la decisión que se había fraguado en su pecho durante los últimos minutos.

—Tenemos que acabar con esto lo más rápido posible —dijo Máximo con voz serena pero determinada—. Si podemos romper la línea enemiga y neutralizar a sus mandos rápidamente, evitaremos muertes innecesarias en ambos lados. Hay que concentrarse en eso.

Timicha y William asintieron con la mirada encendida. No buscaban gloria militar; buscaban proteger a su gente y poner fin al conflicto antes de que la tragedia escalara.

En la parte delantera del pasillo, un capitán veterano con una cicatriz en el cuello se puso de pie, sujetándose de las correas del techo para mantener el equilibrio mientras la aeronave vibraba.

—¡Atención todos! —gritó el capitán, captando la mirada inmediata de los soldados—. En diez minutos entraremos en el espacio aéreo de Surarada. Antes de saltar, necesito que graben esto en sus cabezas sobre la estructura militar de Nanseikoku.

El capitán desplegó un esquema táctico en una pantalla holográfica portátil.

—Nanseikoku cuenta con dos grandes cuerpos militares. El principal es el Cuerpo Karasu, compuesto exclusivamente por los combatientes de elite de su clan principal. Este cuerpo opera bajo una estricta jerarquía anatomofuncional: la Cabeza, cuyo poder equivale al de un General; la Mano Derecha y Mano Izquierda, con un nivel de Comandante; el Torso, dividido en cuatro miembros con rango de Coronel; y finalmente los Miembros Inferiores, conformados por ocho guerreros con el nivel de Capitán hasta Teniente.

Máximo escuchó atentamente y frunció el ceño. Teniente. Justo ese era el rango oficial con el que él había salido de la academia. Se dio cuenta de que los oficiales más bajos de la elite de Nanseikoku estaban en su mismo escalafón militar, recordándole que apenas comenzaba a subir en el escalafón de combate continental.

—Fuera del Cuerpo Karasu —continuó el capitán—, las tropas regulares de Nanseikoku apenas pueden utilizar el Vael para reforzar levemente sus capacidades físicas. Sin embargo... existe una excepción aterradora.

El oficial hizo una pausa y la pantalla mostró una silueta sombría sobre la que destacaba la marca de un ave.

—La combatiente conocida como "La Santa de la Vista: Karasu" no pertenece a la estructura del Cuerpo Karasu. Opera fuera de la jerarquía. Las estimaciones de inteligencia señalan que posee un poder mínimo equivalente al de un Comandante de elite. Se nos ha dado una orden directa del alto mando respecto a ella: si alguno de ustedes la divisa en el campo de batalla, no entable combate. Huyan inmediatamente, tomen distancia y soliciten el apoyo de un superior.

Máximo sintió un escalofrío recorrerle la nuca. Al nivel de un Comandante de elite.... Al escuchar la descripción, no pudo evitar pensar en la Comandante Shadow. Saber que Nanseikoku poseía a una guerrera con un aura de peligro comparable a la de la mujer que los había entrenado ponía en perspectiva la magnitud de la amenaza.

De repente, una luz roja comenzó a parpadear en el techo del transporte, acompañada por un pitido agudo. Un oficial de comunicaciones se acercó al capitán para entregarle un reporte de radio de emergencia.

—¡Señor, llegaron los informes de la vanguardia! —gritó el oficial de comunicaciones—. El primer y segundo avión ya tocaron tierra en la zona central de Surarada, pero las fuerzas de Nanseikoku eran mucho más densas de lo previsto. ¡Las tropas de avance están sufriendo una presión enorme y aún no se han identificado a los miembros principales del Cuerpo Karasu!

—¡El momento llegó! —ordenó el capitán mientras la compuerta trasera del transporte comenzaba a bajarse lentamente, dejando entrar una ráfaga de aire helado y el olor a humo—. ¡Despliegue inmediato! ¡Defiendan el suelo de Varkenia!

La luz cambió a verde. Sin dudarlo, la tropa comenzó a lanzarse en caída libre.

Máximo, Timicha y William saltaron al unísono hacia el abismo.

Desde la altura, el panorama de la región agrícola de Surarada era devastador. Los hermosos campos dorados y fértiles estaban marcados por cráteres, vehículos ardiendo y columnas de humo negro que se elevaban hacia el cielo. Abajo, miles de figuras en movimiento se enfrentaban en un choque caótico y brutal de acero, disparos y destellos de Vael.

Máximo cerró los ojos un segundo en mitad de la caída, canalizó la energía desde su centro y apretó los puños. Al abrirlos, un torrente de fuego carmesí envolvió sus brazos hasta los codos, rugiendo con fuerza.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 12.10.2026

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