En el sector central de Surarada, la batalla pareció contener el aliento por un instante. Los soldados de la tropa de Varkenia y los infantes invasores de Nanseikoku suspendieron momentáneamente sus disparos, manteniendo la distancia en un cerco improvisado. Todos los ojos estaban fijos en el centro del claro despejado, donde Andrés permanecía de pie frente a Ren Tanaka.
El viento agitaba la hierba manchada de hollín. Andrés ajustó la posición de sus pies sobre la tierra, sintiendo el impacto del peso de la situación sobre sus hombros.
—Fue un grave error por parte de su país haber invadido nuestra nación —dijo Andrés con la voz firme, aunque el sudor frío le corría por las sienes—. No les dejaremos tomar estas tierras.
Ren Tanaka se acomodó las coderas de su uniforme táctico y dejó escapar una risa corta, despectiva.
—Palabras bonitas, muchacho. Pero las amenazas vacías no van a hacer que pierda la voluntad de luchar por mi gente. Tu país tiene demasiado; el mío se muere de hambre. Esto no es personal.
En un parpadeo, ambos acortaron la distancia.
La velocidad de Ren era abrumadora. Andrés canalizó su Vael y materializó una esfera de energía en su mano derecha para conectar un golpe de apertura, pero Ren previó la trayectoria con soltura: desvió el brazo de Andrés con la palma izquierda y usó la inercia para asestarle un puñetazo directo en el pómulo.
El impacto hizo que Andrés diera una vuelta de campana en el aire. Logró reincorporarse al tocar el suelo, pero Ren ya estaba sobre él, extendiendo la mano con intención de atraparlo del cuello y aplastarlo contra la tierra.
En una fracción de segundo, Andrés invocó un pequeño portal translúcido justo frente a los dedos de Ren. La mano del invasor cruzó la hendidura espacial sin tocar nada. Aprovechando el desconcierto, Andrés ejecutó una pirueta hacia atrás y conectó una patada ascendente en la mandíbula de Ren.
Ren retrocedió dos pasos. Se sobó la barbilla con un gesto de fastidio, evaluando la ligera punzada de dolor.
—Portales... —murmuró Ren entornando los ojos—. Entiendo. Eres un usuario de manipulación de espacio.
Andrés tomó distancia rápidamente. Sabía que en el combate cuerpo a cuerpo llevaba las de perder contra un Miembro Inferior del Cuerpo Karasu. Extendió los brazos y comenzó a disparar ráfagas concentradas de Vael a distancia. Los proyectiles energéticos cortaron el aire, pero Ren los esquivó ladeando la cabeza y el torso con una agilidad pasmosa, reduciendo la brecha a pasos agigantados.
Andrés intentó dar un salto hacia atrás para rehacer la distancia, pero Ren desapareció de su campo visual y reapareció instantáneamente a sus espaldas, cortándole la vía de escape.
—Demasiado lento —sentenció Ren.
Antes de que Andrés pudiera girarse, Ren lo sujetó firmemente de la pierna izquierda y, utilizando toda la fuerza kinética de su cuerpo, lo estrelló violentamente contra el suelo. El impacto levantó una nube de tierra y provocó un crujido sordo en las costillas de Andrés, dejándolo tendido y jadeando por la falta de aire.
Sin darle tiempo a recuperarse, Ren levantó la bota pesada con la intención de pisarle la cabeza. Andrés reaccionó por puro instinto de supervivencia: abrió un portal justo debajo del impacto de la bota y se desplazó un metro a la derecha. Levantándose a duras penas, lanzó un puñetazo desesperado hacia el rostro de su rival.
Ren intentó sujetar el brazo extendido de Andrés para quebrárselo, pero Andrés usó su técnica insignia: teletransportó su propio brazo mediante un pequeño portal, haciendo que su puño reapareciera justo al costado de la mejilla de Ren, conectando un golpe seco que obligó al oficial de Nanseikoku a hincar una rodilla en el suelo.
Andrés retrocedió tambaleándose, respirando con dificultad mientras la sangre le manchaba la comisura de los labios.
Ren se puso de pie despacio. Sus ojos reflejaban una frialdad distinta.
—Nada mal... nada mal —admitió Ren, limpiándose una gota de sangre del rostro—. Pero ya le leí la cartilla a tu habilidad. Tu técnica de portales no puede teletransportar nada que sea más grande que tus propios puños. Tu volumen de transferencia es insignificante.
Ren apretó la mandíbula y canalizó su Vael de hielo. La temperatura en el claro descendió drásticamente. Un aura de escarcha azulada comenzó a recubrir las extremidades del guerrero de Nanseikoku, moldeando afiladísimas garras de hielo cristalino sobre sus nudillos, codos y rodillas.
—Veamos si tus portales pueden protegerte de esto —dijo Ren.
Se lanzó al ataque. Esta vez, su velocidad se duplicó. Andrés intentó cruzar los brazos en guardia, pero las garras de hielo atravesaron su defensa. Una estocada directa le perforó el costado del abdomen. Andrés ahogó un grito de dolor, pero Ren no se detuvo; desató una ráfaga implacable de cortes y estocadas con los codos y las manos. Cada impacto desgarraba la piel y la tela del uniforme de Andrés, haciendo brotar hilos de sangre en cada choque.
Andrés intentaba bloquear, pero las garras congelantes entumecían sus músculos.
Acorralado, sangrando y sintiendo cómo sus fuerzas se agotaban, la mente de Andrés comenzó a nublarse. En medio del dolor, los recuerdos del pasado comenzaron a asaltarlo con fuerza.
Toda su vida había sido igual. Siempre había buscado llamar la atención de los demás, queriendo parecer alguien fuerte, genial e imponente frente a sus compañeros. Y sin embargo, el resultado siempre era el mismo: terminaba decepcionando a todos o haciendo el ridículo, tal como había ocurrido durante las pruebas iniciales en la fortaleza de Kriegstal.
«Al final no cambió nada...», pensó Andrés, viendo las garras de hielo acercarse a su rostro. «Voy a morir aquí... volviendo a hacer el ridículo.»
Pero justo en la penumbra de su desesperación, la imagen de Máximo surgió en su memoria. Recordó la mirada seria de su compañero antes de marchar hacia los flancos, la firmeza con la que había aceptado su propuesta y la voz con la que le dijo: «No te mueras, Andrés».