Kenkyona reigi

Capítulo 34: Lluvia de flechas y sangre fría

El barro y los restos de vegetación salpicaban las botas del grupo mientras avanzaban a paso firme por los senderos periféricos de Surarada. A su paso, las tropas menores de Nanseikoku intentaban emboscarlos en pequeños contingentes, pero la fuerza combinada de Máximo, Timicha y William despejaba el camino sin detener su marcha. Un barrido de fuego por aquí, un impacto de agua a alta presión por allá; el frente era un caos de detonaciones y gritos de guerra.

Mientras esquivaba el ataque frontal de un infante enemigo y lo derribaba de un contundente golpe de hombro, Máximo apretó los dientes.

«Andrés... más te vale estar con vida», pensó por una fracción de segundo, sintiendo el vacío de haber dejado a su compañero atrás en un duelo a muerte. Pero no había tiempo para lamentarse. En el campo de batalla, dudar un solo instante significaba la muerte.

De repente, un silbido agudo e hiriente rasgó el aire desde el lado derecho.

Antes de que Máximo pudiera reaccionar al instinto de peligro que le erizó la piel, una flecha translúcida, cargada con una densidad destructiva de Vael, volaba en trayectoria directa hacia su sien.

—¡Máximo, cuidado! —gritó Timicha.

Un denso muro de agua emergió del suelo en una fracción de segundo, interponiéndose en la trayectoria del proyectil. La flecha impactó contra la superficie fluida con una fuerza tremenda, haciendo vibrar la barrera acuática y generando ondas de choque antes de perder fuerza y disiparse en chispas de energía.

A unos cincuenta metros de distancia, sobre la cornisa de una estructura de piedra parcialmente destruida, la figura de un hombre los observaba con frialdad. Vestía el uniforme oscuro de las unidades de incursión y sostenía en sus manos una cuerda invisible hecha de pura energía.

—Vaya, qué buenos reflejos —dijo el sujeto con voz pausada, resonando sobre el estruendo distante del combate—. Mi nombre es Iori Nakamura. Formo parte de los Miembros Inferiores del Cuerpo Karasu.

Iori no esperó respuesta. Canalizó su energía y, en un destello azabache, materializó un arco de Vael completo. Tensa la cuerda con una fluidez aterradora y disparó tres flechas de luz consecutivas directamente hacia el grupo.

Máximo y William se desplegaron hacia los costados para esquivar la trayectoria, pero en pleno vuelo, Iori soltó un disparo secundario hacia el cielo. Las flechas principales se fragmentaron en docenas de dardos energéticos que cayeron sobre ellos como una lluvia mortífera.

—¡Remolino de agua! —exclamó Timicha, dando un paso al frente.

Extendió los brazos y los hizo girar en sentido contrario a las agujas del reloj. Un potente vórtice de agua brotó del suelo y comenzó a girar a gran velocidad alrededor del grupo, generando una fuerza centrípeta que atrajo cada una de las flechas dispersas hacia el centro de la masa líquida, neutralizando el ataque por completo en un estallido de vapor.

Timicha mantuvo la postura de combate, sin quitarle la mirada de encima al arquero situado en las alturas.

—Ustedes dos, continúen avanzando —ordenó Timicha con voz firme, sin volverse.

—¿Qué? ¡No te vamos a dejar sola contra un Miembro Inferior! —protestó William, ajustándose los guantes tácticos mientras daba un paso al frente.

—William tiene razón, Timicha. Si peleamos los tres juntos, lo acabaremos más rápido —agregó Máximo, encendiendo el fuego de sus brazos.

Timicha se giró levemente hacia ellos y les dedicó una sonrisa confiada y serena, la misma firmeza que habían visto en ella durante sus mejores días de entrenamiento.

—No podemos perder más tiempo. Hay otros cuatro frentes siendo presionados en este preciso momento y las tropas de Varkenia necesitan apoyo urgente —dijo Timicha, apretando los puños con determinación—. Vayan adelante. Les prometo que este oponente no representará ningún problema para mí.

William dudó por un segundo, mirando la distancia entre el arquero y ellos, pero Máximo le puso una mano firme sobre el hombro. Máximo recordó el momento exacto en que Andrés les había pedido que confiaran en él unos minutos atrás. La guerra no solo los estaba poniendo a prueba físicamente; los estaba obligando a crecer como escuadrón.

—Confiemos en ella —dijo Máximo, mirando a Timicha a los ojos—. No te confíes, Timicha. Nos vemos al otro lado.

—Cuenta con ello —respondió ella.

Máximo y William reanudaron la carrera, rodeando la estructura de piedra por el flanco izquierdo para adentrarse en los sectores profundos de Surarada. Iori intentó redirigir su arco hacia los fugitivos, pero un chorro de agua a alta presión le rozó el rostro, obligándolo a dar un salto hacia atrás para recomponer su posición.

—Tu pelea es conmigo —dijo Timicha, ajustando su postura de combate mientras el agua orbitaba a su alrededor.

—Una niña arrogante... —murmuró Iori, cayendo de pie sobre la hierba a veinte metros de ella—. Muy bien. Veamos cuánto dura esa sonrisa.

Iori tensionó nuevamente su arco de Vael, liberando una flecha concentrada que cortó el aire con un zumbido ensordecedor. Timicha no se amedrentó: condensó una masa de agua en la palma de su mano, comprimiéndola hasta su punto máximo, y la disparó hacia adelante.

—¡Bala de agua! —gritó.

Las dos habilidades colisionaron en el punto medio exacto entre ambos combatientes. El choque de la flecha penetrante de Vael contra la densidad acuática generó una violenta detonación energética que levantó una espesa cortina de vapor y tierra.

Durante unos segundos, la visibilidad quedó reducida a cero. Pero antes de que el vapor se disipara, el silbido sutil de una nueva flecha rasgó la niebla, dando inicio al verdadero combate de supervivencia.

Mientras tanto, en un puesto de mando improvisado en la zona norte de Surarada, la atmósfera se había vuelto glacial.

Karasu permanecía de pie en lo alto de una colina, observando el mapa táctico de la región. A su alrededor se encontraban los otros tres integrantes del Cuerpo Karasu asignados a este frente.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 12.10.2026

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