Los senderos de Surarada comenzaban a despejarse del barro denso, abriendo paso a un terreno más firme pero igualmente hostil. Máximo y William avanzaban a paso acelerado, con las miradas fijas en el horizonte. Ambos mantenían el rostro tenso, dominado por una angustia contenida. El eco apagado de las explosiones lejanas les recordaba que Andrés y Timicha habían quedado atrás, enfrentando sus propios duelos a muerte.
«Aguanten... por favor, aguanten», repetía Máximo en su mente a cada zancada. Pero no había espacio para dudar. La prioridad absoluta de la misión era clara: abrirse paso hasta los altos mandos de Nanseikoku y frenar el avance de la invasión.
Al internarse en una franja densa de vegetación dominada por árboles de gran altura, un escalofrío helado recorrió la espalda de William.
—Máximo, alto —murmuró William, deteniéndose en seco.
Antes de que Máximo pudiera responder, el aire sobre ellos vibró con un peso brutal. Una sombra descendió en picado desde las copas de los árboles, impactando directamente contra el centro del camino.
El suelo colapsó en una explosión de tierra y rocas fragmentadas. Máximo y William reaccionaron al unísono, dando un salto evasivo hacia atrás para ponerse a salvo mientras una espesa cortina de polvo se levantaba frente a ellos.
Al disiparse la polvareda, emergió la figura de un hombre de contextura ancha y presencia imponente. Llevaba los brazos descubiertos, revelando múltiples cicatrices.
—Tienen buenos reflejos —dijo el sujeto con una voz grave que retumbó entre los árboles—. Mi nombre es Riku Saito. De los seis que llegamos a Varkenia, formo parte del Cuerpo Karasu... concretamente, soy uno de los cuatro que integran el Torso.
Máximo apretó los puños. Las palabras de Riku cayeron como un jarro de agua fría: si este tipo pertenecía al Torso, su nivel de combate era abrumadoramente superior al de las tropas ordinarias. Y lo peor de todo era la aritmética del campo de batalla: aún quedaban otros tres miembros de ese nivel rondando por la zona.
Riku no perdió el tiempo. Liberó su Vael de afinidad roca, haciendo que las piedras y la densidad del suelo a sus pies comenzaran a responder a su voluntad. Cientos de fragmentos rocosos se adhirieron a sus extremidades y pecho, moldeando una armadura rústica y pesada que le cubría el torso y los hombros.
—¡Abran paso! —bramó Riku, lanzándose de frente como un proyectil de piedra.
Máximo encendió sus llamas y William concentró Vael en sus puños para interceptarlo. El intercambio fue feroz: Máximo lanzó un impacto directo con fuego concentrado contra el pecho de Riku, mientras William conectaba una patada lateral a su costado. La armadura de roca amortiguó la mayor parte del daño, y la fuerza bruta de Riku obligó a ambos jóvenes a retroceder varios metros, arañando la tierra con las suelas de sus botas.
Aunque Máximo y William lograban coordinar sus movimientos para neutralizar la embestida, la armadura de Riku les exigía demasiado tiempo y energía. Tiempo que no tenían.
De pronto, dos figuras irrumpieron desde la maleza a sus espaldas, aterrizando a pocos metros de distancia.
—¡Perdonen la demora! —exclamó uno de ellos, ajustándose la cinta táctica de la cabeza—. Se nos complicó el camino con la infantería enemiga al bajar del avión.
Máximo se giró sorprendido. Eran dos de los soldados de Varkenia que habían volado con ellos y con quienes compartieron los duros meses de entrenamiento en Kriegstal.
—¡Mateo! ¡Santiago! —reconoció William.
—Ustedes dos no pueden quedarse atrapados aquí —dijo Mateo, dando un paso al frente con la mirada firme—. Sigan adelante. Su objetivo está más profundo en el bosque. Nosotros nos encargaremos de esta mole.
—Así es —agregó Santiago, adoptando una postura defensiva mientras el agua comenzaba a condensarse a su alrededor—. Cumplan la misión.
Máximo miró a los dos reclutas. Habían sobrevivido al infierno de Kriegstal y sus miradas ya no eran las de simples novatos; confiaban plenamente en lo que podían hacer.
—Cuento con ustedes. ¡No caigan! —ordenó Máximo.
Sin perder un segundo, Máximo y William bordearon el área del impacto y reanudaron su carrera internándose a toda velocidad hacia el norte. Riku intentó aplastarlos con un mazo de roca moldeado en su brazo derecho, pero Mateo actuó de inmediato.
—¡Vael de Gravedad: Repulsión! —gritó Mateo, extendiendo la mano derecha.
Una fuerza invisible alteró el eje de gravedad alrededor de Riku. El impacto de roca perdió su trayectoria, desviándose drásticamente hacia un lado y aplastando un árbol en lugar de a los fugitivos.
—Tch... molestia —gruñó Riku, fijando su atención en los dos recién llegados.
—Mi nombre es Mateo —se presentó, manteniendo la mano extendida para ajustar la presión gravitatoria sobre el cuerpo de Riku, ralentizando sus movimientos—. Y mi compañero es Santiago.
—Veamos qué tan dura es esa roca —dijo Santiago.
Canalizando su Vael de agua, Santiago no buscó ráfagas fluidas tradicionales como Timicha; en su lugar, moldeó el agua en herramientas sólidas y filosas, proyectando estacas y hojas hídricas que comenzaron a fracturar las uniones de la armadura rocosa de Riku.
La combinación era precisa: Mateo repelía o atraía ligeramente a Riku para romper su equilibrio, mientras Santiago atacaba los puntos ciegos. Durante unos momentos, los reclutas de Varkenia mantuvieron el control táctico de la pelea.
Pero la ilusión de ventaja duró poco.
Un silbido violento rasgó la maleza desde el flanco derecho. Antes de que Mateo pudiera reaccionar a la fluctuación de aire, un impacto devastador lo embestió por el costado. La fuerza de la embestida fue monstruosa: Mateo salió disparado atravesando la arboleda, rompiendo troncos y levantando tierra a su paso hasta detenerse a más de seiscientos metros de distancia, en un claro del bosque.