El suelo bajo las botas de Mateo crujió levemente cuando intentó rearmar su postura. Los seiscientos metros que había recorrido a través del bosque, rompiendo troncos a su paso tras la embestida de Jiro, cobraban un precio brutal: un hilo constante de sangre le bajaba por la barbilla, dos de sus costillas rugían a causa de una fisura evidente y la respiración le cortaba el pecho como un cuchillo.
Frente a él, Jiro Kobayashi no mostraba el más mínimo rasgo de cansancio.
Sin emitir una sola advertencia, Jiro desapareció de la vista en una milésima de segundo. El aire explotó a su paso y una embestida a velocidad supersónica arrasó la arboleda a su izquierda, reduciendo a astillas decenas de árboles centenarios. Mateo reaccionó guiado por puro instinto de supervivencia, usando su Vael para alterar ligeramente el vector de la fuerza en torno a su cuerpo y dejándose caer de lado para esquivar el impacto.
Recomponiendo el equilibrio entre el barro, Mateo extendió la mano y proyectó una esfera concentrada de Vael a distancia. Jiro simplemente inclinó la cabeza con elegancia, dejando que el proyectil se perdiera en la maleza.
—Lento... extremadamente lento —se burló Jiro.
Con un movimiento pausado, casi indiferente, el Coronel se agachó y recogió una pequeña roca del tamaño de su puño. Mateo se cubrió los brazos en postura defensiva, esperando un lanzamiento furioso, pero Jiro se limitó a arrojar la piedra suavemente hacia arriba, dejándola flotar en una trayectoria parabólica inofensiva.
«¿Qué busca con eso?», pensó Mateo, frunciendo el ceño por la confusión.
La respuesta llegó en el cenit de la parábola. Jiro fijó la vista en el proyectil y, en un destello imperceptible, la roca multiplicó su velocidad de forma matemática e instantánea. Lo que era un canto rodado inofensivo atravesó la distancia convertido en un proyectil penetrante, impactando de lleno contra los antebrazos cruzados de Mateo.
El chasquido óseo resonó en el claro mientras Mateo salía despedido tres metros hacia atrás, ahogando un grito de dolor.
«Maldita sea...», comprendió Mateo, apretando los dientes mientras la sangre le goteaba de los codos. «No solo acelera su propio cuerpo. Su Vael le permite alterar y disparar de forma drástica la velocidad de cualquier objeto externo con el que entre en contacto».
Sabiendo que mantener la distancia era un suicidio, Mateo comenzó a desplazarse por el terreno para dificultar el blanco. Jiro acortó la brecha en un parpadeo, apareciendo frente a él con un puñetazo súper-acelerado dirigido a su rostro. Mateo, anticipando el eje del ataque, ladeó la cabeza por milímetros y aprovechó la pequeña abertura en la guardia de Jiro para conectar una patada recta de lleno en el torso del oficial enemiga, usando el impulso para rodar hacia atrás y ganar separación.
Jiro intentó dar un paso inmediato para perseguirlo, pero de pronto sus tobillos se sintieron como si estuvieran encadenados a lingotes de plomo. El suelo a su alrededor parecía ejercer una atracción aplastante.
—Vael de Gravedad: Campo de depresión —dijo Mateo, manteniendo la palma abierta y sudando a mares por el esfuerzo físico—. Muévete ahora si puedes...
Mateo intentó ganar un segundo para estabilizar el aire en sus pulmones golpeados. Sin embargo, para Jiro, la técnica de control gravitatorio era poco más que una molestia temporal.
—Interesante... pero inútil ante la verdadera aceleración —sentenció Jiro.
Tensionando las fibras de sus piernas, Jiro forzó la velocidad interna de su cuerpo para sobrepasar la fuerza gravitatoria impuesta. La tierra bajo sus botas colapsó y, rompiendo la barrera impuesta por Mateo en un instante, se plantó frente al recluta.
Un puñetazo devastador e impregnado de velocidad pura se hundió directamente en el estómago de Mateo.
El impacto fue desolador. Mateo fue proyectado en línea recta contra un gran roble, impactando contra el tronco con tal violencia que la corteza se agrietó en forma de telaraña. El joven cayó de rodillas al suelo, escupiendo una gran cantidad de sangre y sujetándose el abdomen, incapaz de articular palabra ni de ponerse de pie.
Jiro no mostró piedad alguna. Levantó cinco rocas del suelo y las lanzó al aire, aplicando su Vael para acelerar cada una de ellas contra el objetivo caído. Mateo apenas pudo mover las manos para desviar la trayectoria de tres de ellas con ráfagas gravitatorias agonizantes, pero las dos restantes se clavaron con fuerza en sus brazos y costillas.
Incapaz de moverse, sangrando y con la visión comenzando a volverse borrosa, Mateo vio a Jiro agacharse y tensar todo su cuerpo. La tierra crujió. El Coronel se preparó para una embestida directa a máxima aceleración: un ataque destinado a atravesar el pecho del recluta y terminar con su vida.
—Se acabó para ti, basura de Varkenia —murmuró Jiro.
Jiro desapareció de la vista, convirtiéndose en un estallido de viento destructivo que abrió un surco en la tierra hacia Mateo.
Sin embargo, a una fracción de segundo del impacto fatal, el aire se condensó. Una silueta gigantesca emergió del follaje superior, interponiéndose directamente en la trayectoria de la embestida.
¡BOOM!
Una onda de choque ensordecedora barrió la vegetación del claro. Las hojas, el barro y las astillas volaron en todas direcciones. Pero cuando el polvo comenzó a asentarse, la escena dejó a Jiro paralizado por el shock.
Frente a Mateo no había un escudo, ni una muralla de energía. Había un hombre.
Un gigante de contextura imponente había recibido la embestida mortal de Jiro con el pecho descubierto. La fuerza de aceleración que había destruido árboles minutos atrás ni siquiera había logrado desplazar los pies del recién llegado un solo centímetro. Sus botas estaban sepultadas en la tierra, absolutamente firmes.
—Ese golpe sí fue fuerte... pero no es para tanto, la verdad —dijo el hombre, mostrando una sonrisa confiada y relajada sobre su rostro curtido.