La vasta explanada de Surarada, habitualmente cubierta por doradas reservas de grano, se había transformado en un terreno yermo por el despliegue del Vael.
Frente a la mirada impasible de Takeshi Ryu, William dio dos pasos al frente. Su rostro denotaba una concentración casi espiritual. Juntó las palmas de sus manos en un chasquido seco y las plantó directamente sobre la tierra.
El suelo resplandeció con un fulgor azulado. Una red de venas energéticas se extendió a su alrededor y, de las sombras de la vegetación, comenzaron a erguirse siluetas humanas una tras otra. En cuestión de segundos, la explanada quedó abarratada por un ejército en miniatura: aproximadamente cien replicantes idénticos a William emergieron en perfecta formación de combate.
Máximo abrió los ojos de par en par, ahogando un gesto de incredulidad.
—¿William...? ¿Todos ellos son...?
—Clones de Vael —explicó William, respirando con pesadez mientras las gotas de sudor le corrían por la frente—. Comparten mi apariencia, mi estructura y gran parte de mi flujo energético. Podemos presionar juntos.
Máximo no necesitó escuchar más. Sintió una oleada de adrenalina encender el motor de fuego de sus brazos y se lanzó al ataque.
—¡A cubierto! —gritó Máximo.
Los cien clones de William se desplegaron en abanico, rodeando a la Mano Izquierda del Cuerpo Karasu desde múltiples ángulos. Máximo avanzó por el centro, acumulando una llamarada concentrada en sus puños para conectar un impacto directo en el torso de Takeshi.
Takeshi Ryu ni siquiera parpadeó ante la abrumadora inferioridad numérica.
Con una serenidad aterradora, flexionó ambos antebrazos. Un chasquido metálico resonó en el aire cuando cientos de plumas de cuervo, compuestas por un Vael negro y filoso como el acero, brotaron de sus mangas. Con un movimiento circular de sus brazos, Takeshi liberó los proyectiles en una ráfaga omnidireccional.
El enjambre de plumas cortó el aire con un silbido agudo. Una docena de clones de William fue atravesada al instante; cada réplica se disolvió en chispas de energía tras recibir el más mínimo impacto.
Máximo, que intentaba acortar distancia por la derecha, no logró esquivar la velocidad de la ráfaga: una de las plumas de Vael le atravesó limpiamente el muslo izquierdo, haciendo que la sangre brotara y obligándolo a hincar una rodilla en la tierra con un gemido de dolor.
—Tienen una masa inestable —comentó William desde la retaguardia, manteniendo la concentración mientras reordenaba a sus tropas—. Al ser tantos, la densidad individual es frágil. Un golpe certero basta para destruirlos.
Takeshi giró la cabeza hacia Máximo, quien intentaba ponerse en pie sobre su pierna malherida. La Mano Izquierda alzó la mano derecha y apuntó con tres plumas afiladas directamente al cuello del joven de fuego.
—Muere —dijo Takeshi, liberando los proyectiles a bocajarro.
—¡No en mi guardia! —exclamó Máximo.
Máximo canalizó su Vael y proyectó una cortina de llamas frontales para incinerar los proyectiles. Sin embargo, las plumas de Takeshi poseían una densidad energética muy superior al calor básico: atravesaron la llamarada casi intactas, rasgando la palma y la muñeca de Máximo antes de que pudiera desviar la trayectoria. La carne abierta por las plumas comenzó a sangrar profusamente.
Viendo a su compañero acorralado, William tomó una decisión táctica instantánea. En lugar de enviar más clones a morir contra la guardia de Takeshi, ordenó a sesenta réplicas continuar la distracción mientras redirigía a cuatro clones hacia la posición de Máximo.
Los cuatro replicantes se arrodillaron junto a Máximo.
—¿Qué hacen? —preguntó Máximo, intentando cubrirse la herida.
—Mi Vael de curación por sí solo es lento —explicó William, manteniendo los ojos fijos en el enemigo—. Pero mis clones también canalizan mi capacidad. Si varios combinan su energía en un solo punto, el proceso se multiplica.
Los cuatro clones colocaron simultáneamente sus palmas sobre el muslo y la mano destrozada de Máximo. Un resplandor verde y tibio envolvió las heridas. En cuestión de tres segundos, la carne desgarrada se reconectó, los vasos sanguíneos se sellaron y el dolor punzante desapareció por completo.
Máximo se puso de pie de un salto, flexionando la mano curada con absoluta estupefacción.
—Esto es... increíble, William. Has llevado tu entrenamiento a un nivel totalmente nuevo.
—No bajes la guardia, ¡viene de nuevo! —advirtió William.
Mientras tanto, Takeshi destruía a las réplicas sin esfuerzo alguno. Cortaba cabezas con tajos de sus brazos emplumados, atravesaba torsos y pulverizaba grupos enteros de clones de un solo barrido. Sin embargo, por cada réplica que caía, dos más ocupaban su lugar.
Máximo se reincorporó al combate con un rugido, lanzando una ráfaga de puñetazos y patadas imbuidas en fuego. Pero Takeshi se movía como una sombra entre la multitud: esquivaba los golpes de Máximo por milímetros, utilizaba a los propios clones como escudos humanos y contraatacaba con una precisión quirúrgica.
En un cruce de miradas, Takeshi notó el detalle decisivo.
Observó que cada vez que infligía un corte en el cuerpo de Máximo, un pequeño contingente de clones abandonaba la línea de ataque y corría hacia la retaguardia para rodearlo. Y en el centro de ese patrón, vio a William: el único individuo cuyos movimientos no replicaban una conducta mecánica, sino la dirección analítica de toda la red.
«El chico de la llama no es el problema», dedujo Takeshi en su mente, entornando los ojos. «Es el médico de atrás. Él es el corazón que sostiene esta estrategia».
La Mano Izquierda del Cuerpo Karasu cambió su postura. Dejó de jugar a la defensiva.
Concentrando una cantidad masiva de Vael de plumas alrededor de su cuerpo, Takeshi ejecutó un giro sobre su propio eje. Un vórtice de hojas de acero azabache se expandió en un radio de treinta metros, rebanando a decenas de clones en un solo segundo y limpiando la explanada de golpe.