El silencio volvió a adueñarse momentáneamente de la explanada, roto únicamente por el sordo crepitar de la vegetación calcinada. Antón permaneció erguido frente a la mole azabache en la que se había convertido Takeshi Ryu. Sin desviar la vista del enemigo, el Comandante hizo un breve ademán con la mano hacia el Gran Maestro de la Velocidad, tendido entre los restos de un árbol pulverizado.
—Descansa, Lukas. Peleaste bien —dijo Antón con voz pausada y profunda.
Lukas dejó escapar una respiración entrecortada, incapaz de reincorporarse sobre sus piernas laceradas por las plumas cortantes. Sabiendo que el mando estaba en manos del estratega de Kriegstal, cerró los ojos para conservar la poca energía que le quedaba.
Takeshi Ryu, envuelto por completo en la armadura viviente de su Kakusei, soltó un silbido gutural. Sin mediar palabra, inclinó los hombros y liberó una lluvia masiva de plumas de cuervo a una velocidad que habría destrozado a cualquier soldado ordinario.
Antón no dio un solo paso atrás. Levantó la mano derecha y, con un simple chasquido de sus dedos, desató una ráfaga devastadora de aire comprimido. El frente de viento golpeó el enjambre de proyectiles en pleno vuelo, desviando las plumas afiladas hacia los costados y estampándolas inofensivamente contra las rocas distantes.
Sin perder la inercia, Antón impulsó el brazo hacia adelante, disparando un segundo proyectil hídrico-atmosférico que cortó la tierra en dirección al pecho de Takeshi.
El oficial del Cuerpo Karasu ladeó el cuerpo en un parpadeo, esquivando el impacto directo.
«Entiendo...», analizó Takeshi en medio de la penumbra de su casco de plumas. «Este sujeto depende de proyectiles rectilíneos de aire a distancia. Si me mantengo en movimiento constante y acorto la brecha, no podrá apuntarme».
Convencido de haber descifrado el límite del Comandante, Takeshi se lanzó en una carrera furiosa a máxima aceleración. Se convirtió en un borrón negro que zigzagueaba sobre el terreno a una velocidad pavorosa.
Antón comenzó a disparar ráfagas continuas de aire. Disparo tras disparo, el aire comprimido abría surcos en la hierba, pero Takeshi esquivaba cada uno de los proyectiles con giros imposibles, acortando la distancia a pasos agigantados hasta plantarse a menos de dos metros de Antón.
—¡Caíste! —bramó Takeshi, alzando su garra de plumas para asestar un tajo mortal al cuello del Comandante.
Sin embargo, Antón ni siquiera parpadeó.
Justo cuando el filo rozaba la piel de su garganta, Antón hizo girar sutilmente la palma de su mano izquierda. Un vórtice de viento helicoidal emergió desde el propio suelo, atrapando las piernas de Takeshi y alterando drásticamente su centro de gravedad. La rotación forzada desequilibró al oficial, levantándolo del suelo y lanzándolo a volar diez metros por el aire antes de que pudiera completar la estocada.
Takeshi aterrizó pesadamente sobre una rodilla, enterrando las garras en la tierra para frenar la inercia. Al bajar la vista hacia su armadura de plumas, abrió los ojos con sorpresa: pequeñas grietas y cortes limpios comenzaban a abrirse paso entre las uniones de sus escamas minerales.
«No eran simples ráfagas de empuje...», comprendió Takeshi, sintiendo una punzada de dolor bajo la coraza. «Las corrientes de este hombre están altamente concentradas. Son láminas de viento cortante que aprovechan las microaberturas de mi armadura».
Antón alzó ambos brazos, y el viento a su alrededor comenzó a silbar como una jauría de espadas. Lanzó una nueva lluvia de láminas eólicas. Takeshi se vio obligado a desplazarse de forma errática, buscando desesperadamente el ángulo ciego del maestro.
«Tengo que acercarme de nuevo... ¡Solo puede controlar el aire que dispara desde sus manos!», se repetía Takeshi a sí mismo, buscando justificar la ofensiva.
Llegó al flanco derecho de Antón y se preparó para saltar. Pero antes de que sus pies se despegaran del barro, la masa de aire que rodeaba el propio cuerpo de Takeshi colapsó sobre sí misma. La presión atmosférica se elevó bruscamente en un radio de dos metros, convirtiéndose en una pared invisible hipercomprimida que inmovilizó sus brazos, torso y piernas por completo.
Takeshi se congeló en el sitio, incapaz de mover un solo músculo.
—Si pensabas que mi Vael se limita a lanzar proyectiles, estás cometiendo un error garrafal —dijo Antón, caminando lentamente hacia él mientras el viento agitaba su capa militar—. Mientras haya aire en este campo de batalla, el terreno entero me pertenece.
Antón bajó el brazo con fuerza. La masa de aire comprimido estampó a Takeshi violentamente contra el suelo, abriendo un cráter en la tierra. Inmediatamente después, Antón desató una ráfaga vertical ininterrumpida de cuchillas eólicas que bombardearon el cuerpo inmovilizado del oficial de Nanseikoku.
¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!
El castigo era atronador. La armadura de plumas de Takeshi comenzó a ceder bajo el impacto continuo, desprendiendo pedazos de Vael calcinado.
Sin embargo, la voluntad de un oficial de elite en estado Kakusei rozaba la locura.
Apretando los dientes hasta hacer brotar sangre de sus encías, Takeshi sobrepasó el dolor abrasador y canalizó la totalidad de su reserva energética restante.
—¡TORQUE! —gritó con un rugido que estremeció la explanada.
Takeshi comenzó a girar bruscamente sobre su propio eje a miles de revoluciones por minuto. Las miles de plumas afiladas que cubrían su cuerpo actuaron como una sierra circular omnidireccional. La fuerza centrífuga y el filo mineral comenzaron a cortar y dispersar la compresión de aire de Antón, desviando las ráfagas cortantes en todas direcciones y rompiendo el arresto atmosférico.
Antón entornó los ojos ante la maniobra: la rotación de Takeshi no intentaba superar la fuerza del viento, sino cortar la cohesión de la técnica.