Kenkyona reigi

Capítulo 42: La Santa de la Vista

El choque de las batallas distantes se había transformado en un eco apagado a espaldas de Máximo. A medida que se adentraba en los senderos más profundos de Surarada, la vegetación se volvía densa, casi sofocante, y el aire pesaba con una quietud previa a la tormenta.

Máximo avanzaba a paso firme, aunque la angustia le apretaba el pecho. Sabía exactamente a qué se dirigía. Todos los mandos militares, el Coronel Carlos e incluso las instrucciones del capitán en el avión habían sido categóricos: Si encuentran a la Santa de la Vista, no peleen. Huyan y llamen a un superior.

Máximo apretó los puños, sintiendo el Vael recorrer sus brazos bajo la piel.

«Huir...», pensó, apretando los dientes. «¿Cómo voy a huir ahora?».

La imagen de sus compañeros cruzó por su mente como una llamarada. Andrés se había quedado atrás, sangrando y al borde de la muerte, para frenar a Ren Tanaka. Timicha había arriesgado la mano y el cuerpo contra Iori Nakamura para despejarle el camino. William había invocado cien réplicas de sí mismo para sostenerlo en la pelea, hasta caer atravesado por las plumas de Takeshi. Y los maestros de Kriegstal habían puesto sus vidas en juego para que él pudiera seguir adelante.

Ellos no habían corrido. Todos habían dado hasta el último aliento para permitirle llegar a este punto.

—No voy a huir —murmuró Máximo en voz alta hacia la penumbra del bosque—. Si salgo corriendo después de todo lo que hicieron por mí... no tendría derecho a llamarme su compañero. Tengo que demostrar de lo que soy capaz.

Al salir de la arboleda y pisar un claro dominado por ruinas de piedra, un movimiento en el cielo atrajo su atención.

A gran altura, trazando círculos perfectos sobre el área, la silueta oscura de un cuervo recortaba el cielo plomizo. No era un ave común; la concentración de Vael de color violeta que emanaba de sus alas dejaba una pequeña estela distorsionada en el aire con cada aleteo.

Máximo redujo el paso, sintiendo cómo los vellos de sus brazos se erizaban por un peligro instintivo.

«Está ahí... el enemigo está cerca», dedujo, apretando la guardia.

Antes de que pudiera dar tres pasos más, el cuervo interrumpió su vuelo circular. Inclinó las alas en un ángulo picado y descendió en caída libre hacia Máximo con una velocidad que cortó el aire en un silbido agudo.

Máximo reaccionó por puro reflejo, cruzando ambos brazos frente a su rostro.

¡BOOM!

El impacto de la pequeña criatura contra su defensa no fue el de un ave, sino el de una fuerza de impacto brutal. Una onda de choque hizo volar a Máximo varios metros hacia atrás, obligándolo a clavar los talones en la tierra y derrapar bruscamente sobre el fango para no perder el equilibrio.

Máximo sofocó una bocanada de aire, frotándose los antebrazos adoloridos.

El cuervo remontó el vuelo de inmediato, regresando a la altura para continuar trazando círculos concéntricos sobre la zona. No intentaba matarlo mediante un ataque desmedido; simplemente orbitaba como un guardián infranqueable, bloqueándole la vía de paso hacia el norte.

—No tengo tiempo para perderlo con un estúpido cuervo... —gruñó Máximo, irritado por la traba.

Concentró su Vael de forma consciente, encendiendo un fuego denso sobre sus dos antebrazos. Esperó el momento exacto. Cuando el cuervo volvió a lanzarse en picado hacia su posición, Máximo plantó los pies en el suelo, esperó a que la criatura estuviera a un metro de su rostro y descargó un puñetazo directo, envuelto en llamas puras.

¡PUM!

El choque de fuego e impacto directo resonó en el claro. Las llamas envolvieron al ave, pero para consternación de Máximo, el impacto de sus puños no destruyó al animal. La criatura de Vael simplemente se sacudió el fuego en pleno aire, pareciendo apenas aturdida por un segundo, antes de recomponer el equilibrio y volar de vuelta a su posición de patrulla.

Máximo se quedó helado. «¿Aguantó mi fuego directo...? Esa cosa es pura concentración de Vael».

Decidido a no quedarse estancado, Máximo avanzó a paso rápido en la dirección exacta hacia la que la criatura parecía proteger el acceso. Cruzó un arco de piedra destruido y la escena se reveló ante él.

A unos veinte metros de distancia, sobre un bloque de granito desgastado, una joven permanecía de pie. Vestía un uniforme táctico de corte oscuro y ajustado, y llevaba el cabello corto peinado de forma sencilla. Su rostro estaba parcialmente cubierto por una prenda de tela oscura que le tapaba la nariz y la boca, dejando al descubierto únicamente unos ojos oscuros, serenos y abrumadoramente fríos.

El cuervo descendió lentamente desde el cielo y se posó con delicadeza sobre el dorso de la mano extendida de la joven. Ella comenzó a acariciar la cabeza de la criatura con el pulgar, con una parsimonia y tranquilidad que hacían parecer que la guerra a su alrededor no existía.

Máximo se detuvo en seco. Los latidos de su corazón repercutían en sus oídos.

«Es ella...», pensó Máximo, observando el emblema en su hombro. «Tiene el mismo uniforme de Nanseikoku... Es Karasu».

—Quedarte mirando desde la sombra no servirá de nada si no piensas atacar o acercarte —dijo Karasu.

Su voz, modulada detrás de la prenda de su rostro, sonó clara, pausada y carente de cualquier alteración o sorpresa.

Máximo parpadeó, impactado. ¿Ella había sabido que estaba allí desde el primer segundo?

Karasu dejó escapar un leve suspiro de fastidio, como si estuviera atendiendo una tarea rutinaria.

—Bueno... supongo que tendré que obligarte a salir.

Karasu alzó la mano y despidió al cuervo con un leve impulso de los dedos.

Esta vez, el comportamiento de la criatura cambió por completo. La masa de Vael violeta que la rodeaba se volvió diez veces más densa y agresiva, chirriando con un peso energético sofocante. El ave voló en línea recta a una velocidad que borró su silueta de la vista.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 01.11.2026

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