Capítulo 43: El peso de una nación
Karasu permanecía completamente estática, con los pies firmemente plantados sobre el bloque de granito y las manos relajadas a los costados. Sin embargo, el cuervo que acababa de despedir se convirtió en un borrón de Vael violeta que rompió el aire en direcciones impredecibles.
—¡Tch! —exclamó Máximo, girando el torso bruscamente para esquivar la primera embestida.
El ave no le daba tregua. Tras fallar el primer pase, el animal aceleró de forma exponencial, convirtiendo cada giro en un estallido de velocidad pura. Máximo intentaba anticipar los ángulos de ataque, pero la criatura aumentaba su rapidez con cada rebote en el entorno.
«¿Por qué no ataca ella directamente?», pensó Máximo, sintiendo la presión en las sienes mientras esquivaba por milímetros. A lo lejos, el rostro de Karasu se mantenía impasible, observándolo con una mirada tan afilada y fría que parecía atravesarlo por completo. Las palabras que le había dicho resonaban en su cabeza: «No tienes nada de especial». ¿A qué se refería con exactitud?
No hubo tiempo para buscar una respuesta. El cuervo reapareció desde su punto ciego a una velocidad delirante. Máximo intentó levantar los brazos para cubrirse, pero el impacto lo alcanzó de lleno en el costado.
La fuerza se sintió como si una masa maciza de hierro puro lo hubiera arrollado. El aire abandonó sus pulmones en un seco gemido, y antes de que su cuerpo siquiera rozara el suelo, el cuervo giró en el aire y lo golpeó con furia inusitada en la espalda, proyectándolo hacia adelante, luego por el flanco derecho y finalmente por el izquierdo en una serie de rebotes brutales.
Máximo canalizó desesperadamente el Vael para recubrir sus extremidades y torso. Esa coraza energética evitó que el impacto directo de la criatura —que actuaba como un proyectil balístico— le destrozara los órganos o lo matara en el acto, pero el costo seguía siendo atroz: sentía los brazos completamente entumecidos, las costillas crujiendo bajo la presión y un dolor ardiente recorriéndole cada músculo.
Tras la violenta secuencia, el cuervo desaceleró y regresó con elegancia, posándose de nuevo con total suavidad sobre el dorso de la mano extendida de Karasu.
Máximo yacía tendido sobre la tierra y el fango. El sabor metálico de la sangre le inundaba la boca. Apoyó las palmas sobre la hierba calcinada e intentó levantarse, pero las piernas le temblaban de forma incontenible. Consiguió incorporarse a duras penas, tambaleándose y sujetándose el abdomen con una mano.
Karasu bajó la vista hacia él, manteniéndose en completa indiferencia.
—Necesitamos estas tierras —comenzó a decir Karasu, con su voz pausada y monocorde resonando en el claro—. Para poder producir suficiente comida para toda nuestra nación. Aunque el territorio sea pequeño, todavía tenemos que alimentar a unos sesenta millones de personas.
La joven dio un paso al frente sobre la piedra, sin dejar de mirarlo.
—Esto no lo hago por gusto ni por placer —continuó, desprovista de cualquier atisbo de disculpa—. Lo hago por mi país. Por mi gente.
Máximo levantó la cabeza. A pesar de los temblores en su cuerpo, sus ojos reflejaban una mezcla de dolor y firmeza.
—Entiendo cómo te sientes... —respondió Máximo con voz ronca, escupiendo un hilo de sangre—. Pero esta no es la solución. Los meteoritos también destruyeron nuestros hogares... No fuimos los únicos afectados.
Karasu soltó un suspiro casi imperceptible detrás de la prenda que le cubría el rostro.
—No me importa lo que les pueda pasar a los otros países ni a su gente —sentenció, con una frialdad absoluta—. Yo lucho por mi nación. Peleo por los míos. Lo hago todo por ellos.
Las palabras golpearon a Máximo con más fuerza que los impactos del cuervo. En su mente se proyectaron de golpe las imágenes del pasado: su aldea arrasada por la catástrofe, los rostros de las personas que no pudo salvar en el camino, y el sufrimiento reciente de William, Timicha y Andrés cargando con el peso de la guerra.
Y frente a él, esa chica hablaba del sufrimiento ajeno como si ni siquiera existiera. Su absoluta falta de empatía hacia el exterior le devolvió un reflejo inquietante: le recordó la actitud fría y distante que él mismo solía tener cuando vivía encerrado en su aldea, antes de que el mundo exterior lo obligara a abrir los ojos.
La rabia y la convicción se mezclaron en el pecho de Máximo. Apretó los dientes, dejó de encorvarse y se plantó con una postura de combate firme, encendiendo las últimas chispas de fuego en sus manos.
—Entonces... a mí tampoco me importa si para hacerte entrar en razón tengo que derrotarte en este mismo lugar —espetó Máximo, clavando la mirada en ella.
Karasu abrió ligeramente los ojos. Por un instante, la máscara de absoluta indiferencia en su rostro pareció quebrarse ante la osadía del joven.
—¿Tú? —murmuró Karasu, con un dejo de genuina incredulidad—. Tú no puedes hacer nada.
Llevó la mano derecha a la cintura y desenvainó con una suavidad impecable la katana que portaba. Adoptó una postura clásica de combate, flexionando las rodillas en posición de Kamae, y clavó sus ojos oscuros en los de su oponente.
—Tú no tienes nada de especial —concluyó.