El claro del bosque quedó en silencio cuando Karasu se deslizó hacia adelante. Su movimiento no fue una embestida violenta ni un estallido de velocidad bruta; fue un desplazamiento grácil, casi imperceptible, blandiendo la katana con una fluidez pasmosa.
Máximo intentó esquivar el primer tajo y desviar el segundo con los antebrazos encendidos, pero cada uno de sus intentos chocaba contra el vacío. Karasu anticipaba sus trayectorias antes de que él siquiera terminara de ejecutar el movimiento.
—No te has puesto a pensar... —murmuró Karasu, inclinando ligeramente el cuerpo para esquivar una llamarada torpe y deslizar la hoja de su espada muy cerca del costado de Máximo—, que a diferencia de tus compañeros, que se quedaron atrás defendiendo los flancos, tú eres el único de tu grupo que todavía no puede usar el Vael a voluntad.
Máximo retrocedió tambaleándose, con la respiración entrecortada.
—¿Acaso... nos conoces? —espetó Máximo, intentando recuperar la postura.
—Puedo ver todo lo que mis subordinados también reportan —respondió Karasu con frialdad, sin dejar de avanzar con pasos cortos y precisos—. Vi cada uno de sus enfrentamientos. Vi cómo luchaban tus compañeros. Vi sus técnicas, su adaptación y su control absoluto sobre la energía.
Mientras la espada de Karasu seguía dictando el ritmo del combate, un desfile de rostros cruzó por la mente de la joven espadachín, reflejando la información que había recopilado: Andrés abriendo portales espaciales con precisión desesperada; Timicha dominando corrientes circulares y flujos de agua; Mateo manipulando la gravedad; Santiago creando armas filosas con versatilidad; Bruno resistiendo embestidas con una masa inquebrantable; Félix abatiendo blancos a distancia con frialdad de francotirador; William multiplicándose en un centenar de copias capaces de sanar; e incluso los Grandes Maestros Lukas y Antón desplegando el poder de la cúspide.
El intercambio continuó, pero la diferencia de nivel era un abismo insondable. Karasu era muy superior en cada aspecto.
—Incluso mis propios hombres fueron derrotados, y no eran débiles —prosiguió Karasu, bloqueando sin esfuerzo un gancho de fuego de Máximo con la hoja plana de su katana, para de inmediato responder con una patada frontal seca que se hundió directo en el estómago del joven—. Fueron superados en aspectos específicos... En cambio, tú careces por completo de lo que los demás poseían. La verdad, no comprendo por qué decidieron mandarte a ti contra mí.
Máximo dobló la espalda por el impacto, cayendo de rodillas sobre la tierra mientras escupía saliva y jadeaba, intentando inútilmente reincorporarse.
—Cualquier otro de tus compañeros me habría resultado mucho más entretenido —sentenció Karasu, dando un paso más y desatando una rápida combinación de tres golpes calculados: un tajo lateral que le abrió la pantorrilla a Máximo, un golpe de empuñadura en su hombro izquierdo y un reverso seco directo a la mandíbula.
¡CRACK!
El cuerpo de Máximo salió despedido hacia atrás, rebotando contra el suelo de grava.
—Si te hubieras enfrentado a cualquiera de mis subordinados directos, habrías perdido estrepitosamente —añadió Karasu con tono neutral, mirándolo desde arriba mientras Máximo yacía tendido, apenas consciente—. No le habrías ganado a ninguno.
Máximo quedó semihundido en el barro, con los ojos medio abiertos y el cuerpo gritando de dolor. Las palabras de Karasu perforaron su mente mucho más profundamente que los cortes de su espada.
Empezó a recordar. La verdad en los dichos de su enemiga era aplastante. Él apenas lograba liberar un fuego básico e inestable alrededor de sus manos y antebrazos; no tenía técnicas complejas, ni habilidades versátiles, ni la capacidad de proyectar su energía a distancia como lo hacían los demás.
«Es verdad...», pensó Máximo, sintiendo un nudo helado formarse en su garganta. «No tengo nada. No sé hacer nada de eso...».
—Pero no te sientas mal —concluyó Karasu, levantando la punta de su katana con parsimonia—. Ninguno de ellos habría podido contra mí de todas formas.
Karasu se lanzó en un despliegue veloz para asestar el golpe de gracia, cerrando la distancia en un suspiro y apuntando con el filo directamente al cuello del muchacho.
—No tienes nada de especial —murmuró.
La desesperación se apoderó del pecho de Máximo. En su mente, las palabras de Karasu se convirtieron en un eco insoportable. Todos lo superaban con creces; se sentía un impostor que no encajaba junto al talento descomunal de sus amigos. Desde el principio del viaje, había intentado cargar con el peso del liderazgo y la fuerza del grupo, pero frente al Vael verdadero, eso importaba poco o nada. Recordó la prodigiosa manipulación del agua de Timicha, la genialidad táctica de los clones curativos de William, la precisión de Andrés...
Cerró los ojos, inundado por una frustración asfixiante, sintiéndose completamente inútil e incapaz de cambiar el destino de la batalla o de su propia vida.
De su garganta brotó un grito desgarrador, un desahogo desesperado por toda la impotencia acumulada.
Karasu no detuvo el movimiento de su espada. El filo descendía para cortarle la cabeza.
Justo en ese milisegundo, antes de que el acero tocara la piel, una sombra borrosa cruzó el claro. Un par de brazos firmes rodearon el torso de Máximo y lo apartaron de la trayectoria del tajo con una velocidad sobrehumana, haciéndolo rodar a salvo sobre la hierba.
Karasu frenó su estocada en seco. Alzó la vista con genuina extrañamentey observó a la persona que acababa de interponerse.
Sujetando a Máximo contra su pecho, la mujer que los había interceptado levantó el rostro. Su mirada era severa, envuelta en una concentración inquebrantable. Era Shadow, la Santa de la Vista de Varkenia.
—No esperaba que vinieras a este frente... —dijo Karasu, bajando ligeramente la katana, con un tono que denotaba un pasado compartido—. No después de la última vez que nos vimos.