La atmósfera en el claro se volvió sofocante en un instante. Karasu no le dio a Shadow un solo instante para asentarse. A diferencia del enfrentamiento previo con Máximo, donde la espadachín se había movido con una parsimonia casi displicente, su figura se convirtió ahora en una ráfaga implacable, lanzando estocadas y cortes con la clara intención de decapitar a la Santa de Varkenia.
Máximo, tendido sobre el barro a unos metros de distancia, observó la escena con los ojos desorbitados. Ver la ferocidad desatada de Karasu le reveló una verdad escalofriante: ella jamás lo había considerado un oponente. Contra él simplemente había jugado; contra Shadow, luchaba a matar.
Shadow reaccionó con la precisión de una combatiente veterana. Extendió los antebrazos y desvió la primera estocada de la katana con la parte plana de sus guantes tácticos, haciendo que el acero chirriara contra la aleación reforzada. Las hojas de Vael que acompañaban sus tajos que desprendía la espada de Karasu le abrieron heridas profundas en los brazos a Shadow, pero el tejido y los vasos sanguíneos de la Comandante se regeneraron en cuestión de microsegundos, sellando la carne casi al instante.
—Como de costumbre, tus heridas cierran rápido —murmuró Karasu, tomando distancia de un salto—. Pero conozco tu límite... Solo debo matarte de un solo golpe.
Karasu volvió a abalanzarse hacia adelante. Los choques de acero, puños y corrientes energéticas se sucedieron a una velocidad abrumadora. El cuervo de Vael de Karasu se unió al asedio, actuando como un proyectil teledirigido que buscaba los puntos ciegos de Shadow mientras la katana mantenía la presión frontal. Shadow se vio obligada a realizar esquivas imposibles en el aire, desviando la hoja de Karasu mientras usaba codos y rodillas para repeler los picados del ave.
Máximo apenas podía seguir la trayectoria de ambas. Era una danza mortal en una escala de combate que jamás había presenciado.
En un cruce a corta distancia, Shadow atrapó la muñeca de Karasu con la mano izquierda y cargó todo su Vael en el puño derecho, descargando un golpe devastador directo al rostro de la espadachín. Karasu interpuso a su cuervo para detener el impacto y, usando el torso de Shadow como punto de apoyo, le propinó una patada brutal en la cara que la obligó a soltarla y retroceder tres metros.
—No dudo que tus habilidades hayan mejorado —dijo Karasu, reacomodando la postura de su katana con la mirada fija en su rival—. Pero no es suficiente para ganarme.
Karasu reanudó la ofensiva. La coordinación entre sus estocadas frontales y los ataques traseros del cuervo acorralaron a Shadow contra una estructura de piedra. En un movimiento desesperado, Shadow logró atrapar al ave de Vael entre sus dos palmas y lo arrojó con fuerza destructiva directo hacia Karasu.
La espadachín de Nanseikoku ni se inmutó: la masa violeta de la criatura se disolvió en el aire a milímetros de su rostro y se rematerializó de inmediato a sus espaldas, lista para seguir presionando.
—Hacía mucho tiempo que no nos enfrentábamos... —dijo Karasu—. Yo tampoco he permanecido estática.
A unos metros, Máximo intentaba ponerse de pie a duras penas. Ver a su mentora entregando cada gota de energía para sostener la línea lo llenaba de una impotencia corrosiva. No quería ser una carga. Necesitaba ser de ayuda, pero no sabía cómo.
Las crueles palabras de Karasu volvieron a martillar su mente: «No tienes nada de especial... No puedes usar el Vael a voluntad».
Usando esa misma frustración como combustible, Máximo apretó los dientes hasta hacer sangrar sus encías. Canalizó el fuego de sus brazos hacia el centro de su palma derecha. Jamás lo había hecho; siempre había usado el Vael como una llama adherida a sus extremidades, pero recordó cómo Timicha y los demás comprimían la energía. Con un esfuerzo agónico, condensó una esfera de fuego inestable, improvisada y temblorosa en la mano.
En el instante preciso en que Karasu y Shadow se separaron tras un choque de fuerza, Máximo lanzó la esfera con un grito desgarrador.
La bola de fuego voló de forma irregular. Karasu, que estaba concentrada por completo en Shadow, detectó el proyectil en el último instante y, con un leve y despectivo movimiento de su manga, disipó la masa incandescente en el aire. La técnica carecía de refinamiento o densidad real.
—Buen intento... pero no estorbes —dijo Karasu sin volverse hacia él.
Sin embargo, ese milisegundo de distracción fue la abertura que Shadow necesitaba.
Aprovechando que la atención de Karasu se había desviado un ápice, Shadow acortó la distancia y conectó un derechazo tremendo de lleno en el pómulo de Karasu, haciéndola tambalear.
—¡Gracias por la apertura, Máximo! —exclamó Shadow.
Shadow desató una ráfaga implacable de golpes a corta distancia. Karasu se vio forzada a tomar una guardia puramente defensiva mientras el cuervo apenas podía intervenir para romper el ritmo. Aprovechando el impulso, Shadow sujetó a Karasu de las piernas, dio un giro sobre su propio eje y la estampó violentamente contra un muro de piedra centenario, haciéndolo colapsar en una nube de escombros.
Shadow no dio tregua y se lanzó en picado para rematar a la espadachín en el suelo.
Pero al salir de los escombros, Karasu esquivó el puñetazo de Shadow con una facilidad pasmosa, ladeando la cabeza por un milímetro.
Shadow intentó conectar una combinación de tres golpes rápidos, pero cada uno de ellos fue desviado o esquivado con movimientos mínimos y perfectos por parte de Karasu. Shadow abrió los ojos con consternación: sus ataques, que segundos antes conectaban con fuerza, ahora ni siquiera rozaban la tela del uniforme enemigo.
—Ahora veo mejor —dijo Karasu.
La concentración de Vael en las pupilas de Karasu se volvió abrumadora. Un brillo morado, sereno y absoluto, envolvió sus ojos.
Shadow se congeló internamente al comprender lo que estaba ocurriendo. Karasu había entrado en el estado de Flow: una hiper-sincronización neurológica y sensorial que en guerreros comunes era un evento fortuito, pero que en la Santa de la Vista representaba la cúspide de su afinidad. Sus reflejos, su percepción espacial y su capacidad analítica se habían multiplicado a niveles sobrehumanos.