Kenkyona reigi

Capítulo 46: El rescoldo de la rabia

El crujido del granito al desmoronarse retumbó como un trueno sobre las ruinas de Surarada. A cientos de metros, la mitad de la montaña se desprendió en una avalancha de roca y polvo, sepultada bajo la inmensidad de su propio peso.

Pero en el claro, el silencio era absoluto.

Máximo permaneció petrificado, contemplando la escena con las pupilas dilatadas y el aire atrapado en la garganta. Frente a él, el cuerpo de Shadow comenzó a ceder tras el tajo devastador. El corte diagonal que le atravesaba el torso brillaba con una luz violeta residual antes de colapsar sobre el barro.

Karasu limpió el filo de su katana con un movimiento seco de la muñeca. Sin mirar el cuerpo caído, deslizó la hoja metálica en la vaina con un clack metálico y definitivo.

—Se acabó —sentenció Karasu con voz plana.

En la mente de Máximo, algo se rompió por completo. La cordura, el miedo y la prudencia acumulados durante meses de entrenamiento en Kriegstal se disolvieron en un instante, reemplazados por una marea de rabia pura y corrosiva.

—¡AAAAAAAGH! —bramó Máximo.

No hubo estrategia ni cálculo. El joven se abalanzó contra Karasu como una fiera herida. Su figura cruzó el espacio en un borrón ciego, con las lágrimas y la sangre mezclándose en su rostro.

Karasu entornó los ojos y, con una serenidad casi insultante, volvió a llevar la mano a la empuñadura para desenvainar. La hoja destelló en un arco descendente directo al cuello del muchacho.

Pero Máximo no intentó esquivar.

¡CHAK!

Máximo cerró la mano derecha directamente alrededor de la hoja de la katana. El acero le rebanó la palma, la carne y los tendones, abriéndole una herida espantosa de la que la sangre brotó a borbotones. El dolor era desgarrador, pero el joven no soltó el arma. Apoyó la mano izquierda también sobre la hoja, apretando el metal con toda la fuerza de su cuerpo.

—¿Qué...? —murmuró Karasu, sorprendida por la temeridad suicida del gesto.

—¡KARASU! —rugió Máximo a pocos centímetros de su rostro.

Llevando la masa de su Vael al límite de la auto-combustión, el fuego estalló desde las palmas cortadas de Máximo. No era la llama limpia y controlada de sus entrenamientos; era una marejada de fuego descontrolado, denso y voraz que comenzó a envolver la katana y a ascender hacia los brazos de la espadachín.

Karasu intentó retirar la espada de un tirón, pero las manos ensangrentadas de Máximo actuaban como una prensa de hierro. Durante cinco segundos agónicos, ambos permanecieron trabados en un forcejeo salvaje, en medio de un torbellino de chispas y humo negro.

La temperatura del fuego de Máximo subió a un punto crítico. La superficie metálica de la katana comenzó a tornarse incandescente, perdiendo rigidez hasta que el filo empezó a doblarse y derretirse como cera bajo el calor extremo.

Viendo que el metal cedía y que el calor amenazaba con abrasarle las manos, Karasu reaccionó con frialdad: descargó una patada seca y frontal directamente sobre la cara de Máximo.

¡CRACK!

El impacto rompió el agarre y envió a Máximo rodando por la hierba.

Karasu dio tres pasos hacia atrás para tomar distancia. Al levantar lo que quedaba de su arma, observó con desprecio la hoja derretida e inútil.

—Esto ya no me sirve —comentó con sarcasmo, dejando caer los restos de metal fundido al suelo—. Gracias por arrui...

Antes de que pudiera terminar la frase, un borrón envuelto en llamas volvió a embestirla.

Máximo ya no esperaba a recuperar el aliento. Ignorando las palmas destrozadas, se lanzó en una ráfaga de puñetazos de fuego a corta distancia. Karasu se vio obligada a esquivar mediante giros rápidos, pero el desgaste físico de su combate previo contra Shadow comenzaba a reflejarse en sus movimientos: sus esquivas ya no eran tan amplias ni sus pasos tan ligeros.

Buscando una posición de ventaja, Karasu dio un salto acrobático hacia atrás y escaló rápidamente a la cima de una colina de piedra cercana, con la intención de tomar aire y recomponer su guardia.

«Desde la altura no podrá alcanzarme sin exponerse», pensó Karasu, dándose la vuelta.

Pero apenas pisó la cumbre de la roca, una masa incandescente rasgó el aire hacia ella.

¡BOOM!

Karasu reaccionó por instinto, cruzando los antebrazos para cubrirse en el último milisegundo. La masa de fuego de Máximo impactó contra su defensa, disipándose en un estallido de calor que le abrasó levemente la piel de los brazos y le chamuscó la tela del uniforme.

Karasu bajó los brazos, mirando hacia la base de la colina con los ojos abiertos por el shock.

Allí abajo, Máximo mantenía el brazo extendido. Sus palmas sangraban, pero sobre ellas la energía ya no era una llama errática pegada a su piel: había logrado comprimir y proyectar una esfera de fuego a distancia, usando la rabia pura para forzar una evolución que durante meses le había sido elusiva.

«Este muchacho... está aprendiendo a proyectar Vael en pleno combate», analizó Karasu, apretando las mandíbulas. «Aunque carece de técnica refinada, está empujando su cuerpo a un punto peligroso».

Sin darle tregua, Máximo disparó dos esferas de fuego más hacia la cumbre. Karasu esquivó los proyectiles ladeando el torso y se lanzó en picado desde la colina, apareciendo frente al joven para cortar de raíz el bombardeo.

Conectó un derechazo certero sobre el pómulo de Máximo que casi lo hace colapsar. Sin embargo, usando el mismo retroceso del golpe para tomar impulso, Máximo arremetió hacia adelante y le propinó un violento cabezazo directo en el rostro.

Karasu amortiguó el choque con el antebrazo y respondió con una patada brutal en el abdomen del chico, seguida de un golpe de palma abierta sobre su pecho que lo envió volando cinco metros por el aire.

Máximo cayó estrepitosamente contra la tierra calcinada.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 01.11.2026

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