El silencio que siguió a la aparición de Shadow fue tan profundo que parecía congelar el aire.
Karasu retrocedió medio paso, con los ojos bien abiertos y la respiración rota. La armadura de plumas de su Kakusei ya se había disipado, y su cuerpo entero temblaba por el esfuerzo colosal del combate previo.
—¿Cómo... cómo sigues con vida? —articuló Karasu, con la voz perdiendo por primera vez la frialdad metálica que la caracterizaba—. Mi tajo... te atravesó por completo. Rompió la montaña detrás de ti. No deberías tener un solo órgano funcional.
Shadow esbozó una sonrisa serena, aunque en su mirada se vislumbraba la fatiga extrema de haber tenido que consumir una cantidad extraordinaria de Vael en un par de segundos.
—Me subestimaste —respondió Shadow, adoptando una postura de combate fluida con los puños ligeramente elevados—. No por nada soy la Santa de la Vida.
Antes de que Karasu pudiera reaccionar, Shadow cruzó la distancia a una velocidad asombrosa. Un derechazo recto, cargado con toda la presión acumulada, se estrelló con un golpe seco en la mandíbula de la espadachín de Nanseikoku. La onda expansiva la levantó del suelo y la mandó a volar varios metros hacia atrás, haciéndola estrellarse violentamente contra los troncos caídos de un pinar cercano.
Karasu cayó de rodillas, tosiendo sangre y aferrándose el pecho con desesperación.
—Mi Vael es capaz de regenerar los tejidos a una velocidad increíble —explicó Shadow, caminando lentamente hacia ella y deteniéndose a unos pasos—. Cualquier corte, cualquier órgano dañado que mi cuerpo sufra, se repara de manera inmediata. Ese ataque tuyo fue magnífico... tan potente que sentí el filo destrozando cada músculo y cada vaso sanguíneo de mi torso. Estuve muerta por un segundo. Pero mi energía volvió a coserlo todo.
Karasu intentó levantarse, apoyando la mano temblorosa sobre el mango roto de su katana. Sus piernas apenas la sostenían; el desgaste físico, el colapso del Kakusei y la tensión del Flow habían llevado su organismo al límite absoluto.
Aprovechando su inestabilidad, Shadow lanzó una patada baja que barrió la pierna derecha de Karasu, desestabilizándola por completo y haciéndola caer de bruces sobre el fango.
Máximo, tendido a poca distancia, observaba la escena con la mente nublada por la fatiga. Apenas alcanzaba a procesar lo que veía: Shadow estaba allí, intacta, dominando a la mujer que momentos antes parecía un monstruo inalcanzable.
—Esa técnica... te debió de consumir una cantidad absurda de Vael —masculló Karasu contra el suelo, escupiendo un hilo rojo mientras intentaba apoyarse en los codos.
—Sí, así fue —admitió Shadow sin vacilar, respirando con algo de pesadez—. Pero aún me queda lo suficiente para terminar. En cambio, a ti no te queda nada, Karasu. ¿Aún quieres pelear?
El ego de la comandante de Nanseikoku, el orgullo de haber guiado a su nación y la responsabilidad de alimentar a sesenta millones de almas se rebelaron contra la derrota. A pesar de que sus músculos gritaban de dolor y su visión parpadeaba, Karasu se forzó a poner las palmas en la tierra. Con un esfuerzo sobrehumano, se puso de pie, tambaleándose, y se colocó de nuevo en posición de guardia frente a Shadow.
—Por mi gente... no puedo rendirme aquí —susurró Karasu con los dientes apretados.
Shadow la miró con una mezcla de respeto y absoluta firmeza.
—Sí que eres terca...
Un último destello cruzó el claro. Shadow se movió en un abrir y cerrar de ojos y asestó un golpe seco, directo y definitivo en la mandíbula de Karasu.
La espadachín de Nanseikoku ni siquiera llegó a caer con dignidad: sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó de espaldas sobre la hierba, completamente inconsciente.
La guerra de Surarada había llegado a su fin.
Al ver el combate concluido, Shadow exhaló un suspiro prolongado, disipando la tensión acumulada en sus hombros. De inmediato, se dio la vuelta y caminó a paso rápido hacia donde yacía Máximo.
Se arrodilló a su lado, colocó ambas manos sobre el pecho del joven y dejó fluir una suave y cálida oleada de Vael curativo. La energía recorrió los tejidos de Máximo, sellando los cortes profundos de sus palmas, cerrando la hemorragia de su muslo y aliviando el fuego abrasador en sus pulmones.
Sin embargo, la fatiga acumulada, el dolor muscular y el agotamiento mental no desaparecieron con la magia; su cuerpo seguía pesando como el plomo.
—Perdón por tardar tanto, Máximo —dijo Shadow con una dulce sonrisa de disculpa, secándole el sudor de la frente—. Mientras venía hacia aquí estuve asegurando el perímetro y dando atención a los heridos que encontré en el camino. Ya están estabilizados. Ahora solo falta saber qué vamos a hacer con los invasores que quedan.
Máximo, con la mirada fija en el cielo nublado que comenzaba a abrirse, sintió que un peso colosal se desprendía de sus hombros. Ya no tenía fuerzas ni para hablar, pero al recordar el sacrificio de Andrés, la resistencia de Timicha, la caída de William y el esfuerzo de todos los que pelearon a su lado, una pequeña y genuina sonrisa se dibujó en sus labios agrietados.
—Gracias... Shadow... —susurró apenas audible.
Con los ojos pesados y la certeza de que el peligro inmediato había terminado, Máximo dejó caer la cabeza hacia un lado y se entregó a un profundo y reparador sueño.