La brisa fría de Surarada mecía las copas de los árboles, removiendo las cenizas de un campo de batalla que apenas unas horas antes había ardido con furia. En el centro del claro principal, tres de los combatientes sobrevivientes de Nanseikoku permanecían inmovilizados, Iori Nakamura, Takeshi Ryu y Karasu, sujetos por ataduras de alta resistencia que anulaban cualquier intento de canalizar su Vael. A su alrededor, una formación mixta de soldados de Varkenia y los maestros de Kriegstal mantenía una vigilancia estricta.
Karasu permanecía sentada sobre un tronco caído, con la mirada perdida en el suelo, digiriendo la magnitud de la derrota.
La mayor parte del alto mando del Cuerpo Karasu había quedado fuera de combate: Ren, Riku y Jiro habían muerto en sus respectivos duelos; Antón y Lukas yacían inconscientes tras su brutal intercambio en la vanguardia; y la propia comandante había sido doblegada por la Santa de la Vida.
Entre los mandos reunidos, la tensión era palpable. Varios oficiales de Varkenia, con el dolor reciente de las bajas sufridas y el rencor de la invasión injustificada, exigían una resolución tajante.
—¡No hay nada que debatir! —exclamó alguien de infantería, señalando con rabia a los prisioneros—. ¡Atacaron nuestro territorio, destruyeron nuestros hogares y masacraron a nuestra gente! La única respuesta lógica es la ejecución pública. Que paguen con su vida la guerra que iniciaron.
Un murmullo de aprobación recorrió las filas de los soldados. El cansancio y la pérdida acumulados alimentaban el deseo de venganza. Ninguno de los prisioneros de Nanseikoku levantó la cabeza ni emitió una sola queja; sabían perfectamente que, bajo las reglas de la guerra, la derrota se pagaba con sangre.
Antes de que la discusión escalara a mayores, Shadow dio un paso al frente. Su Vael dorado ya se había estabilizado tras la regeneración, y su presencia imponente silenció los murmullos.
—Si los ejecutan, lo único que lograrán será sembrar las bases para la próxima guerra —dijo Shadow con voz firme y clara—. Dejarlos vivir es la única opción sensata. Si masacramos a los prisioneros, los millones de soldados que se quedaron en Nanseikoku no tardarán en organizar una campaña de represalias mucho más sangrienta. No podemos permitir que el ciclo de odio continúe indefinidamente.
Un sector de la tropa murmuró con indignación.
—¡Es muy fácil decirlo para ti! —gritó un soldado desde el fondo, perdiendo los estribos—. ¡Tú no eres de aquí! ¡Tu país no fue el invadido! ¡No tienes muertos enterrados en esta tierra!
El ambiente se volvió tenso y hostil hacia la intervención de la Santa. Sin embargo, antes de que alguien pudiera replicar, una voz ronca y pausada cortó el aire.
—Suficiente.
Máximo dio un paso al frente desde la primera línea. Su cuerpo todavía estaba cubierto de vendajes y las palmas de sus manos reposaban doloridas dentro de gasas esterilizadas. Su respiración era algo pesada, pero su mirada denotaba una convicción inquebrantable.
Giró el rostro hacia los soldados que habían abucheado a Shadow y habló con absoluta claridad:
—Shadow y los maestros de Kriegstal vinieron desde muy lejos y arriesgaron sus vidas para ayudarnos a defendernos. Si no hubiera sido por ellos, por su sacrificio y su fuerza, la mayoría de los que estamos aquí ahora mismo estaría muerta.
Máximo recordó fugazmente la imagen de Bruno deteniendo a Jiro, de Félix abatiendo a Riku desde la distancia, y el cuerpo ensangrentado de Shadow tras el tajo de Karasu.
—Ellos no tenían ninguna obligación de pelear nuestra guerra, y aun así lo hicieron —continuó Máximo, levantando ligeramente la voz—. Así que guarden silencio y muestren respeto.
En ese preciso instante, el Coronel Carlos emergió de entre la comitiva militar, cruzando el claro con su habitual porte severo pero justo. Se detuvo junto a Máximo y posó una mano firme sobre su hombro herido.
—Tienes toda la razón, Máximo —afirmó el Coronel, mirando a la tropa—. Le debemos una deuda impagable a nuestros vecinos. En verdad... gracias.
Shadow, un poco abrumada por la atención repentina, se cruzó de brazos y desvió la mirada con un leve gesto de fastidio.
—No es para tanto... —murmuró por lo bajo.
El Coronel Carlos volvió a erguirse y alzó la voz para que todos los presentes lo escucharan.
—Además, es una falta imperdonable de respeto que le hablen de esa forma a una Santa. Ese título no se le otorga a cualquiera; demuestra que la persona que lo porta es la máxima representación y cúspide absoluta en la disciplina que domina. El peso de una Santa se respeta sea donde sea.
Ante la reprimenda oficial y la abrumadora realidad de los hechos, los soldados que habían alzado la voz bajaron la cabeza en silencio, avergonzados por su arrebato.
Carlos giró entonces su atención hacia la comandante derrotada. Karasu seguía con los ojos cerrados, esperando el veredicto definitivo.
—Karasu —dijo el Coronel en un tono neutro, sin rastro de burla—. Sé perfectamente que esta invasión fue un intento desesperado por querer salvar a su país del colapso. Comprendemos sus motivos, pero eso no justifica el ataque. Tuvimos que defendernos. Y ahora, ustedes obedecerán las condiciones de los vencidos.
Karasu abrió lentamente los ojos, tensando el cuerpo.
—Les otorgaremos una cuarta parte de la producción alimentaria anual de nuestras tierras fértiles para que puedan alimentar a sus ciudadanos —anunció Carlos con firmeza—. Sé que no será suficiente para resolver el problema de toda su nación de la noche a la mañana, pero es todo lo que Varkenia puede ofrecer sin poner en riesgo a su propia gente. Los dejaremos regresar a su país, y enviaremos de vuelta los cuerpos de sus camaradas para que reciban un entierro digno.
Karasu se quedó completamente estupefacta. Sus labios se abrieron ligeramente. No cabía en su mente que, tras haber desatado una guerra y provocado incontables bajas, sus enemigos estuvieran dispuestos a ofrecerles alimentos y clemencia en lugar de cadenas o ejecuciones.