Kristeen

3

Hoy es sábado, por lo que no me preocupo por la hora en la que me levanto. Llevo despierta desde las siete de la mañana. Mi cabeza no para de darle vueltas a las palabras de aquel hombre que maté, no podía dejarlo libre, podría ir a su jefe y decir que me encontró.

Si es verdad que tengo un hermano de dos años. ¿Qué haré? Si no puedo cuidar ni de mí misma, ¿cómo cuidaré a esa pequeña criatura?

Suspiro con cansancio y me levanto con pereza de la cama. Necesito contactar a un amigo para que busque la información que tanto anhelo encontrar.

Me dirijo al baño y me apoyo en el lavabo. Fijo mi vista en el espejo.

La chica que me devuelve la mirada no tiene brillo en sus pupilas, tiene los ojos grandes y verde opaco, las mejillas naturalmente sonrosadas, pestañas largas, labios rosados y finos, el pelo castaño claro, desarreglado como siempre. Y por último, la cicatriz que va desde mi pómulo hasta la comisura de mis labios.

Intento sonreír al espejo, pero solo sale una triste mueca, ideal para una chica destrozada. Aparto mi mirada del simple trozo de cristal. 

Mis pies se mueven solos hacia la bañera, debo relajarme un poco. Abro la ducha y meto mi pequeño cuerpo debajo de él.

Unos minutos después salgo, envuelvo la toalla alrededor de mi figura. Me adentro en el laberinto de mi armario y de ahí saco un simple conjunto que consiste en camiseta básica blanca, unos jeans negros rotos, unos zapatos blancos y una chaqueta corta de color verde oscuro.

Salgo de mi habitación, cierro la puerta detrás de mí, bajo las escaleras con lentitud y entro en la cocina, sirvo leche en un tazón y agrego un poco de cereal. Me siento a comer, mientras reviso el móvil. Mastico con lentitud y pereza.

Veinte minutos después termino el desayuno, dejo los cubiertos que he utilizado en el fregadero, salgo de la cocina y subo a lavarme los dientes.

Me acerco a la puerta de la salida y salgo al exterior. Siento el aire fresco chocar contra mi cara, me doy la vuelta y cierro la puerta de la entrada con llave.

Camino con pasos calmados, iré al lugar que mi madre me enseñó una semana antes de morir. No he ido desde que ellos murieron. Soy una cobarde, porque sé que ella me dijo que si algún día me sentía triste, preocupada, angustiada o estaba en problemas que fuera a desahogarme en aquel lugar.

Llego nerviosa al bello río que ella me mostró. El sitio está rodeado de árboles enormes y entremedio de ellos, corre un hermoso arroyo de aguas cristalinas y transparentes. Y más arriba de ellos se encuentra una cascada, que cae chocando contra las piedras.

- Cómo extrañaba este lugar. - digo para mí. 

Me paro enfrente del riachuelo, pero justo antes de que pudiera sentarme a contemplarlo, escucho pisadas acercándose. Me escondo trás un enorme árbol viejo y me quedo observando.

Al principio no puedo reconocer bien a la figura masculina que de lejos parecería imponente pero viendo los golpes y las lágrimas rodando por sus ojos, todo aura de malicia desaparece.

Achino los ojos y puedo percatarme de que es el mismísimo Klaus Friedman.

La poca piel que se ve expuesta está llena de moratones y rasguños. ¿Qué le habrá pasado?

Se quita la sudadera que lleva puesta y se sienta encima de una roca, frente al río. Lo único que logro ver son más moratones y rastros de golpes. El singular sonido que se escucha es su llanto amargo y doloroso.

- Que estúpido me veo. - dijo con sequedad y amargura. - ¿Por qué no me matan de una vez? Soy un cobarde, no soy capaz ni de enfrentarlos yo sólo.

Decido salir, al fin y al cabo no me conoce y no creo que vuelva a verme sin la capucha, así que, ¿por qué no?

- Oye chico, no sé que es lo que te suceda, pero deduzco que por los golpes no ha sido para nada bueno. - se gira entre sorprendido y asustado, yo sólo avanzo decidida y despacio. -  Puedo ver en tus ojos que has sufrido mucho, pero no puedes rendirte así de fácil.

- Tú no lo entenderías. - dijo agachando la cabeza.

- Puede que no o puede que sí, ¿quién sabe? - digo encogiéndome de hombros.

- ¿Quieres sentarte conmigo? - dice después de unos segundos, dudando.

- Claro, ¿por qué no?

Él lo que quiere ahora mismo es una compañía que no lo juzgue, osea una persona que no lo conozca de nada y yo soy una de ellas, según lo que piensa él.

Estuvimos ahí como una hora, no hablábamos, sólo estábamos cada uno metido en su mundo u observando la hermosa vista que teníamos enfrente.

- Bueno, creo que me debo ir. - digo parándome.

- Está bien, supongo que nos veremos por ahí. - dijo dándome una pequeña sonrisa. - Gracias por los ánimos.

- No fue nada. - digo devolviéndole la sonrisa.

Me despido con la mano y voy directo a mi casa.
 




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