La anomalía del amor

Capítulo 17

ELENOR

El insomnio se adhirió a mis párpados toda la noche. Me había cubierto con las sábanas he intentado cerrar los ojos, pero antes de darme cuenta, estaba sentada en la cama con el cabello hecho un desastre, unas ojeras terribles y la luz del sol invadiendo la habitación a través de las oscuras cortinas de terciopelo.

Me deje caer de espaldas sobre la cama, con un tic sacudiéndome el ojo derecho. Un quejido de irritación escapo de mis labios cuando el dolor regreso con una oleada nauseabunda. Despegue la manta que traía encima, observando el yeso que me tapaba la muñeca. El sudor frio que me persiguió hasta hace unas horas hizo que la ropa se pegara al cuerpo, dejando una sensación pegajosa.

Tome el collar improvisado de la mesa de noche e intente colocármelo, falle varias veces hasta que al fin dio resultado. Sentí un cosquilleo en la punta de los dedos al rozar el cuarzo y luego aparte la mano como si se tratara de una corriente eléctrica.

—Ganas de llorar no me faltan y ni siquiera puedo salir para buscar comida —balbucee.

Unos golpes insistentes interrumpieron la creciente ansiedad que me revolvía el estómago. Me mantuve callada, esperando a que quien estuviera detrás decidiera hablar.

—Señorita, puede llamarme Samanta. Seré su criada durante su estadía.

—¿Mi criada?

—Así es. Si me permite pasar, la ayudare a prepararse.

—No hace falta. Si traes ropa, déjala en el suelo, la recogeré en un momento.

—Lo lamento, pero no puedo hacer eso. He recibido instrucciones exactas.

—De acuerdo… adelante.

Al recibir permiso, abrió la puerta y cruzo con pasos medidos, sosteniendo un conjunto de prendas cuidadosamente dobladas, junto a un corsé.

—Deme un segundo para preparar la tina.

Su semblante era inexpresivo, sin embargo, cada cosa que utilizaba lucia impecable.

Ella dejo la ropa sobre el tocador sin intercambiar palabra, dirigiéndose al cuarto de baño con pasos apresurados.

No pasaron ni tres minutos cuando escuche el sonido del agua agitándose.

La criada se acercó para ayudarme a levantarme de la cama y pasó uno de mis brazos por encima de sus hombros. Apenas intenté apoyar el pie, una punzada me recorrió la pierna.

—Despacio.

Asentí y dejé que cargara con parte de mi peso.

—Gracias…

El trayecto fue lento, sin mediar palabra, solo nos quedamos con ese breve intercambio.

Me ayudó a sentarme en el borde y, con cuidado, introdujo primero mi pierna herida en el agua antes de facilitarme el entrar por completo. Después dejó una esponja a un lado y comenzó a lavarme con una concentración admirable.

Trate de quitárselo y bañarme por mi cuenta, pero seguía tan débil que me daba mucha más vergüenza el no poder hacer siquiera eso. Escondí mi rostro entre los mechones de pelo que me hacían cosquillas en el cuello, queriendo que ella no me viera en ese estado. Pero aquello debió parecerle muy tonto. Además de que el silencio resultaba incómodo.

Sus movimientos eran cuidadosos. Evitaba las heridas de mi brazo y de mi pierna mientras limpiaba el resto de mi cuerpo con una delicadeza casi mecánica. Al llegar a mi cabello, lo humedeció y comenzó a lavarlo.

Cerré los ojos, concentrándome en el sonido de las gotas de agua cayendo al suelo. Podría jurar que me quede dormida por un corto tiempo, pero no fue hasta que termino que me di cuenta.

Samanta no dijo nada al respecto, solo me ayudó a salir de la bañera. Envolvió mi cuerpo con una toalla y volvió a sostenerme mientras caminábamos de regreso a la habitación.

Una vez allí, me indicó que me sentara.

Tomó el corsé que había dejado preparado y se colocó detrás de mí.

—Levante los brazos, señorita.

—¿Realmente es necesario que lo use?

—Lo es.

—Bien, hazlo, por favor.

—Con su permiso.

La criada rodeó mi cintura con el corsé y comenzó a cruzar las cintas. Al principio, sus dedos se movían con una delicadeza casi dudosa. Luego, la presión cambió: cada tirón se volvió firme y despiadado.

Después de unos cuántos tirones, se me hacía más difícil respirar.

—¿Está demasiado apretado, mi señorita? —murmuró, sin detener el movimiento de sus manos.

—No —mentí, con el hilo de voz que me quedaba.

Continuó. La prenda devoraba centímetros de mi cintura, acorralando mis costillas y obligando a mi espalda a erigirse en una postura rígida, casi innatural. Cuando el encaje no cedió más, remató el ajuste con un nudo ciego y seco.

Acto seguido, desplegó el vestido negro sobre mí. El tacto de la tela fría me provocó un escalofrío. Sus dedos subieron por mi columna, asegurando cada botón, uno a uno, mientras yo contenía la respiración y me convertía en una estatua de marfil.

Al terminar, sus palmas alisaron los pliegues sobre mis caderas con una precisión ensayada. Me cepillo el cabello como si tratara con una muñeca e inclino la cabeza, retrocediendo varios pasos.

—Perfecto.

Fijé la vista en el espejo. La silueta era impecable, trágica y hermosa; el vestido caía con de forma exacta, aplastando cualquier rastro de debilidad mientras mi pelo se veía tan impecable que no podía siquiera compararlo con el desastre de ayer.

—Gracias —musité al reflejo.

—A su servicio.

Me quede inmóvil, sosteniendo la tela del vestido entre los dedos; aunque era suave, el tono lúgubre me dejaba un sabor amargo en la boca.

Estaba tan metida en mis pensamientos que no me percate del momento en que Samanta abandonó la habitación, y como si mi cabeza no supiera hacer otra cosa además de torturarme, la imagen de Atlas sujetándome de la cara con brusquedad se superpuso con los ojos verde perla que me observaron llenos de odio en el vacío cubierto de lirios azules.

Trate de ignorar el remolino que se estaba formando en mi cabeza, pero fue casi imposible. Hasta que, otra vez, golpearon la puerta.




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