Fue difícil que Agatha aceptara irse a dormir, tenía muchas preguntas y, en esta ocasión, ninguna respuesta.
Hilario intentaba hacerle compañía, pero también estaba cansado, con enfado, se rindió y dejó a la niña con Arturo y Doña Chona... Tomás se retiró con un gesto de tristeza cuando Hilario se acercó a ellos con Agatha de la mano.
—Vente, mi niña, tu mamí nos dejó unos libros, vamos a leerte un cuento.
—Pero, Chona, ¿qué pasó?
Arturo se inclinó, se puso de rodillas y, viendo a la niña a los ojos, le dijo:
—¿Me haces un favor?, ve a tu habitación y antes de dormir escríbeme todas las preguntas que tengas, te prometo que las responderé todas.
—¿Me lo juras?
Arturo le mostró su dedo meñique y la niña lo tomó con el suyo.
—Las promesas del dedo chiquito no se rompen —sentenció la niña con mucha seriedad, yéndose por fin a su cuarto, acompañada por Doña Chona.
Arturo se quedó en el pasillo, solo, no quiso saber más, se fue a su cuarto.
—Mañana veremos, mañana.
Evaristo llegó al pueblo cercano, su ira lo hizo correr a cuatro patas sin que se diera cuenta, la distancia entre el pueblo y la Arboleda le había parecido un suspiro.
Observó las luces de las calles, apenas y se escuchaba el murmullo de la gente, aún no era de madrugada, se podían ver personas caminando por ahí.
Con miedo, se acercó a un transeúnte, aún furioso, sabía que tenía que ser amable para lograr el plan en su mente.
—Disculpe, don, ¿cómo llegó a la ciudad?
El hombre, de unos 40 años, lo observó, vio que era un deimo y respondió indiferente:
—La central de camiones está todo derecho por esta calle.
Evaristo agradeció y preguntó antes de irse:
—¿No me tiene miedo?
—¿Por qué debería?
—Por verme... pues, así.
Evaristo se señaló completo.
El hombre se encogió de hombros.
—A mí qué.
Remató alejándose.
Evaristo avanzó por donde el hombre le indicó.
—Voy a recuperar a mi familia —se decía, dándose cuenta de que a nadie le importaba su aspecto.
En una esquina, una solitaria cantina llamó la atención de Evaristo, el ruido de la música y las mujeres fuera de ella lo atrajeron casi por impulso.
—¡No, mi familia primero!
Pero no dejaba de mirar de reojo la cantina.
Desde el fondo de su cabeza surgió esa vocecita, cálida, tranquilizadora, demasiado familiar:
—Solo una, ¿no crees que te la mereces después de todo?
—No les quiero dar la razón.
—Vamos —insistió la voz—, ¿a quién le importa ese pendejo?
—Pero mi familia...
—No te vas a poner pedo, nada más es una cerveza, pedazo de mierda.
Evaristo dio la vuelta y caminó hacia la cantina.
Una mujer muy alta, con cabello rizado y una cortísima falda negra, lo observó de arriba a abajo desde la puerta de la cantina.
Cruzando los brazos preguntó:
—¿Traes con qué, lobito?
Evaristo no respondió, entró casi como si no quisiera dejar ir la idea de una sola cerveza antes de ir con su familia.
Se sentó en la barra.
—Una Corona.
Dijo al fastidiado hombre detrás de la barra.
Sacó una botella del refrigerador debajo de la barra y con un destapador colgado de una gastada agujeta intentó abrir la cerveza.
—No.
Lo detuvo Evaristo.
—Yo la abro.
Se quedó con la botella entre las patas delanteras, viéndola como si quisiera abrirla con la mirada, observando el contenido dorado como si fuera sagrado.
—Le vas a hacer agujero, lobito.
Escuchó la voz de la mujer de la puerta junto a él, ahí estaba, sentada junto a él, con sus largas piernas cruzadas.
—Si la rubia no te interesa, tal vez esta morena sí.
La mujer se acercó a él.
—No tengo dinero para alguien como tú.
—Nunca lo he hecho con un lobo, la casa invita.
Cruzando los brazos, la mujer mostró su busto a Evaristo.
Se quedó quieto, preguntándose cuántas veces había deseado que le pasara lo que estaba pasando.
—Mi familia...
—Solo es coger, lobito, no es terapia.
La mujer pareció algo fastidiada.
—Vamos, lo deseas —volvió a sonar la voz—. ¿Ya la viste? ¡Está buenísima!
—¿Y luego?
Dijo en voz alta.
La mujer no entendió.
—Me tomo la cerveza, tal vez una docena, me llevo a esta mujer y paso una noche increíble con ella... ¿y luego?
—Me estás aburriendo, lobito.
—¿Qué pasa mañana?, ¿regreso con la cola entre las patas, oliendo a culo y cerveza con mi familia?
La mujer hizo una mueca de fastidio y se alejó riéndose con desdén.
—Salió joto el lobito.
—Chinga tu madre.
—¿Qué dijiste, pinche pulgoso?
La mujer tomó una botella vacía de la mesa cercana y se la estrelló en la cabeza a Evaristo, mientras veía cómo el cantinero salía desde atrás de la barra y lo cargaba hacia la salida, ofendiéndolo a placer.
Con la botella de cerveza cerrada en la pata, caminó a la terminal de camiones, solo para darse cuenta de que le habían robado su poco dinero en la confusión.
Se empezó a reír a carcajadas, vagando entre las calles, durante el resto de la noche.
Completamente aturdido, herrático, no había abierto la cerveza aún en su mano.
—Voy a regresar —se dijo, cuando empezaba a salir el sol.
—Claro, pedazo de mierda, vas a demostrarles que tenían razón, ándale, arrástrate como la mierda que eres —dijo la voz dentro de él.
No respondió, solo comenzó a caminar de regreso a la hacienda, como si estuviera completamente borracho.
Cuando amaneció, Hilario salió de su habitación, no quería que Tomás fuera a saludarlo como era su costumbre, desde hacía tiempo no confiaba en él, se dio cuenta de que el resto de huéspedes también habían salido antes de que despertara Tomás, Agatha era la única excepción.
—Me quiero ir —dijo Amelia, ladeando su cornamenta y abrazándose con miedo.
El resto se vio la cara.
—Ya no confío en Tomás —apoyó Elena.
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Editado: 19.10.2026